
Reseña de El viento por la cerradura, de Stephen King
«El viento por la cerradura»: King volvió a la Torre cuando ya no tenía que llegar a ninguna parte
Hay una rareza en la bibliografía de King que se explica sola con un número: este es el octavo libro de La Torre Oscura que se publicó, y el cuarto y medio que hay que leer. Salió en 2012, ocho años después de que la saga terminara, y no continúa nada: se mete entre Mago y cristal y Lobos del Calla. Lo dice el propio King en el prólogo del libro: hay que colocarlo en el estante entre esos dos, lo que lo convierte, escribe, en «La Torre Oscura 4.5».
Donald M. Grant lo publicó el 21 de febrero de 2012, con portada de Jae Lee —el ilustrador principal de las adaptaciones de la saga que hizo Marvel—, en 336 páginas; Scribner sacó la edición masiva en mayo. El origen es más modesto de lo que sugiere el aparato: en una entrevista con USA Weekend en marzo de 2009, King contaba que se le había ocurrido un relato y que entonces pensó en buscar tres más parecidos para armar un libro que fuera casi como cuentos de hadas modernos; la cosa fue sumando piezas hasta volverse novela. Anunció el título en su sitio oficial el 10 de marzo de 2011. Hay un detalle que da la medida de lo poco que se esperaba de este libro: en una encuesta que King puso en su web en diciembre de 2009 para que los lectores eligieran qué escribía después, este perdió —por poco— contra Doctor Sueño. Los escribió los dos igual.
Tres historias, una dentro de otra
La estructura es una muñeca rusa, y es lo primero que hay que entender del libro. En la capa de afuera, Roland Deschain y su ka-tet —Eddie, Susannah, Jake y Oy— cruzan un río en la balsa de un viejo que les avisa de que se viene un starkblast, una tormenta de frío capaz de arrasar con todo, y les indica dónde refugiarse. Llegan justo. Y mientras esperan a que pase, Roland se pone a contar.
Lo que cuenta es la segunda capa: «El hombre de la piel», un caso de su juventud. Poco después de la muerte de su madre, su padre lo manda al oeste, al pueblo de Debaria, junto a su amigo Jamie De Curry, a cazar a un cambiaformas que se transforma en animales por la noche y masacra granjas enteras. El tren descarrila antes de llegar y los dos terminan el viaje a caballo. De paso atraviesan Serenity, una comunidad de mujeres donde vivió la madre de Roland después de perder la cabeza a raíz de su relación con Marten Broadcloak —uno de los muchos nombres de Randall Flagg—. En Debaria, con el sheriff Hugh Peavy, deducen que el asesino es un minero de sal de un pueblo cercano, y aparece un testigo: Bill, un chico que perdió a su padre en el último ataque y que vio los pies del asesino en forma humana.
Y dentro de esa historia va la tercera, que le da título al libro. Mientras esperan a que Jamie traiga a los sospechosos, Roland le cuenta a Bill un cuento que le contaban a él de chico en Gilead: «El viento por la cerradura». Tres niveles, entonces: el ka-tet escuchando a Roland, Roland de joven en Debaria, y un cuento popular de Mid-World dentro del cuento. La novela pasa la mayor parte de su extensión en el nivel más profundo.
Lo mejor del libro es el cuento de hadas
«El viento por la cerradura» cuenta la historia de Tim Ross, un chico de una aldea olvidada que vive con su madre, Nell. Al padre lo mató un dragón en el bosque, o eso le dijeron. Sin ese ingreso, Nell no puede pagar el impuesto anual que viene a cobrar el Hombre del Pacto, y se casa con el mejor amigo y socio de su marido, Bern Kells, un borracho que empieza a maltratarlos a los dos. Cuando el Hombre del Pacto —que es, otra vez, Flagg bajo otro nombre— pasa a cobrar, cita a Tim en el bosque y le revela quién mató de verdad a su padre.
Lo que sigue es King escribiendo un cuento de hadas sin comillas ni ironía: un chico con un arma que le presta su maestra se interna en un bosque peligroso siguiendo a un hada tramposa llamada Armaneeta, cae en una ciénaga, sobrevive a un dragón, lo rescatan unos habitantes del pantano que lo confunden con un pistolero y le dan un aparatito parlante de la gente antigua, y llega a un Dogan donde hay un tigre enjaulado con una llave colgada del cuello. Encima se viene otro starkblast.
Funciona, y funciona muy bien, porque King se toma el registro en serio. No hay guiño posmoderno ni distancia irónica: es un cuento con su bosque, su hada mentirosa y su animal encantado, contado por alguien que se pasó cuarenta años estudiando cómo se cuenta el miedo a los chicos. Y la elección de meterlo en la boca de Roland tiene su propia carga: el hombre más seco de la saga se pasa media novela contando un cuento infantil para calmar a un huérfano. Es lo más parecido a la ternura que King le concedió nunca a este personaje.
Hay además un efecto de espejo que el libro construye sin subrayarlo: las tres historias tratan de chicos que pierden al padre y quedan a merced de un adulto que no les conviene. Tim con Kells, Bill con el asesino suelto, Roland con lo que le hizo Marten a su familia. Leídas juntas, las tres capas dicen lo mismo desde tres distancias distintas, y esa es la mejor razón estructural para que este libro exista.
Qué no termina de funcionar
El reproche más justo se lo hizo James Kidd en The Independent en abril de 2012: esto no es una novela, escribió, sino un tríptico de novelas cortas anidadas una dentro de otra. Es exacto. La capa exterior —el ka-tet esperando a que pase la tormenta— ocupa apenas unas páginas al principio y al final, y no está ahí para contar nada: está para justificar el envoltorio. Kidd también le apuntaba a la prosa, que describió como una mezcla de la sabiduría popular de King y un Shakespeare de imitación; a mí no me molesta tanto, pero el reparo se entiende en las partes donde el dialecto de Mid-World se espesa.
El otro problema es de expectativa, y es insalvable: el libro no hace avanzar la saga ni un metro. Los que llegan buscando algo sobre la Torre, sobre el Rey Carmesí o sobre el final que King dio en el séptimo tomo se van con las manos vacías. No amplía la mitología, no corrige nada, no responde ninguna de las preguntas abiertas. Es un paréntesis, y hay que aceptarlo como paréntesis desde la primera página o el libro se vuelve una decepción administrativa.
Y hay un desequilibrio de peso: el caso del cambiaformas, que en teoría es la trama de la capa media, queda claramente por debajo del cuento de Tim. Uno se resuelve con procedimiento policial —testigo, seña particular, rueda de reconocimiento—; el otro tiene un tigre encantado y una manta que vuela. Cuando el libro vuelve de la historia de Tim a Debaria, se nota la bajada de voltaje.
Aviso de spoilers: cómo se cierran las dos historias
Los dos párrafos siguientes cuentan los desenlaces. Si no leíste el libro, saltá al apartado siguiente.
En el cuento, Tim descubre que el tigre enjaulado es en realidad Maerlyn, un mago blanco al que la magia negra tenía preso en esa forma. Maerlyn le da una poción para curar la ceguera de su madre y lo manda de vuelta a casa en una manta voladora. Tim la cura, Kells lo ataca en su propia casa, y quien termina con él es la madre, con el hacha del marido muerto. El chico no salva a nadie: la que resuelve es ella.
En Debaria, Bill reconoce al asesino por un tatuaje de anillo azul en el tobillo. El hombre se transforma en serpiente y mata a dos personas antes de que Roland lo baje con una bala de plata que había mandado fundir al llegar al pueblo. Las mujeres de Serenity adoptan a Bill, que quedó huérfano, y le entregan a Roland una nota que su madre escribió durante su estancia allí: Marten le había predicho que su hijo la mataría un día, eso la fue enloqueciendo, y aun así la nota termina perdonándolo y pidiéndole perdón. Es el golpe emocional del libro, y llega en la capa que parecía la menos importante.
Cómo se lee hoy y en qué orden
La crítica de la época fue mayormente amable con él. Zack Handlen escribió en The A.V. Club el 30 de abril de 2012 que, donde otros libros de la serie se empantanaban intentando en vano darle sentido a todo, este tiene un toque ligero. Kevin Quigley, en FEARnet, ya había señalado en febrero que el libro conserva la estructura de búsqueda de los cuatro primeros tomos y funciona como puente necesario entre las dos mitades de la serie. Las dos observaciones envejecieron bien, y explican por qué hoy se recomienda tanto.
Sobre el orden, mi recomendación es la contraria a la del propio King, y con un motivo: leerlo en su lugar cronológico, entre el cuarto y el quinto, frena la saga justo cuando por fin agarró velocidad. Funciona mucho mejor después, como regreso: cuando ya sabés cómo termina todo, un libro que no lleva a ninguna parte deja de ser un desvío y pasa a ser lo único que se puede hacer. Si estás empezando la saga, el orden sigue siendo El pistolero primero, y este al final de todo.
Es, además, el mejor punto de entrada suelto que tiene la saga para alguien que no piensa leerla entera: las tres historias se entienden sin haber leído ninguno de los otros siete tomos, porque ninguna depende de la trama principal. Los datos de edición y la sinopsis están en la ficha de El viento por la cerradura. Y si lo que buscás es el tomo donde la saga sí se juega algo, es Lobos del Calla, el que viene justo después de este en la cronología interna.
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