
Reseña de Cell, de Stephen King
«Cell»: el apocalipsis cabe en el teléfono que llevás en el bolsillo
Cell es una novela apocalíptica de Stephen King publicada el 1 de febrero de 2006 por Scribner. Tiene 450 páginas en la edición original y está dedicada a Richard Matheson y a George Romero, las dos influencias más visibles del libro: la soledad del último hombre de I Am Legend y la horda colectiva de Night of the Living Dead. La premisa es brutal en su sencillez: una señal transmitida a través de la red global de telefonía celular convierte a todos los que estaban hablando por teléfono en criaturas violentas y desprovistas de razón. Clay Riddell, un artista gráfico de Maine que acaba de cerrar un contrato por su primera novela gráfica en Boston, sobrevive porque en ese momento no tenía el celular en la oreja. Lo que sigue es un viaje a pie por una Nueva Inglaterra destruida, con un objetivo tan humano como desesperado: encontrar a su hijo.
King la escribió como lo que declaró ser: una novela de zombis para el siglo XXI, donde el vector de contagio no es un virus sino la tecnología que llevamos en el bolsillo. La comparación con Apocalipsis es inevitable — otra vez la civilización se derrumba en horas y un grupo de supervivientes camina hacia algo que no entienden — pero Cell es una novela más corta, más sucia y más pesimista. No hay Zona Libre, no hay reconstrucción, no hay líderes carismáticos. Hay una carretera, una mochila y la esperanza menguante de que del otro lado haya alguien a quien le importe.
De qué va: el Pulso y la marcha hacia el norte
Clay está en el parque Boston Common cuando ocurre el Pulso. En segundos, toda persona que estaba usando un teléfono celular se convierte en algo que King llama «los telefónicos»: no muertos en el sentido clásico, sino seres vaciados de identidad que atacan a cualquiera que se les acerque. La ciudad se incendia. Clay se une a Tom McCourt, un hombre de mediana edad, y a Alice Maxwell, una adolescente de quince años que arrastra una zapatilla Nike de niño como talismán contra el horror. Los tres escapan de Boston a pie.
La marcha hacia el norte estructura la novela. Clay necesita llegar a Kent Pond, Maine, donde viven su hijo Johnny y su exmujer Sharon. En el camino el grupo descubre que los telefónicos están cambiando: de noche se agrupan en rebaños que se apagan como máquinas, y de día muestran capacidades telepáticas que crecen con cada generación del Pulso. Aparece un líder entre ellos — el Hombre Harapiento, un tipo con una sudadera rota de Harvard — y una mente colectiva que puede entrar en los sueños de los supervivientes.
En la Gaiten Academy, un internado de New Hampshire, Clay y los suyos conocen a Jordan, un alumno de doce años, y a Charles Ardai, el director del colegio. Juntos queman un rebaño entero de telefónicos dormidos con un camión cisterna. La represalia es inmediata: los telefónicos obligan a Ardai a suicidarse por telepatía y marcan al grupo como «intocables», condenados a ser rechazados por los demás supervivientes. Alice es asesinada por otros normales, manipulados también por la mente colectiva. El grupo sigue adelante, cada vez más reducido.
El destino final es Kashwak, un pueblo de Maine donde los telefónicos reúnen a los supervivientes para una ejecución masiva. Pero Jordan intuye que el programa que causó el Pulso está corrompido — como un gusano informático que infecta su propio código — y que los telefónicos más recientes ya no responden a la mente colectiva. Ray Huizenga, un obrero de demolición que se suicida para que los telefónicos no le lean el plan, deja un autobús cargado de explosivos que el grupo detona contra el rebaño. Clay encuentra a Johnny, pero el chico recibió una versión corrupta del Pulso: no es del todo telefónico ni del todo humano. La novela termina con Clay marcando un número en un celular y acercándoselo al oído a su hijo, apostando a que una segunda dosis de la señal corrupta anule la primera. No sabemos si funciona.
Lo que funciona: la primera mitad y el grupo como motor
Las primeras doscientas páginas de Cell son King en su mejor registro de catástrofe. El Pulso ocurre en la página uno y la novela no para a explicar nada: la ciudad se desintegra en tiempo real, la gente muere de formas concretas y gráficas, y Clay toma decisiones de supervivencia segundo a segundo. Es la misma energía que abre Apocalipsis — el derrumbe contado desde abajo, sin panorámica — y funciona por la misma razón: King sabe escribir el caos como experiencia sensorial, no como descripción.
El trío que se forma en Boston es el corazón de la novela. Tom McCourt, con su pragmatismo de clase media suburbana, es el tipo de compañero que King escribe mejor: alguien común que se descubre capaz de cosas que no se imaginaba. Alice Maxwell, la adolescente que aprieta una zapatilla de niño cada vez que el miedo la desborda, tiene la intensidad de los chicos de It trasladada a un escenario postapocalíptico. Y Clay Riddell, el artista que solo quiere encontrar a su hijo, es un protagonista sólido porque su motivación es simple y verificable: no quiere salvar el mundo, quiere llegar a casa.
Hay escenas que funcionan por pura imagen. Los rebaños de telefónicos dormidos de pie en un campo de fútbol, apagados como pantallas, emitiendo un zumbido colectivo. La quema del rebaño en la Gaiten Academy, con sus implicaciones morales que el grupo no puede permitirse examinar en ese momento. La carretera nocturna con los incendios de fondo. King tiene un talento particular para la escala — para hacer sentir que el mundo es grande y que casi todo se perdió — y acá lo ejerce con la misma eficacia que en sus otras novelas de colapso.
Lo que no funciona: la segunda mitad y un final que no cierra
A partir de la muerte de Alice, la novela pierde velocidad de un modo que no recupera. Los telefónicos evolucionan hacia algo cada vez más abstracto — telepatía, manipulación de sueños, levitación —, y la amenaza concreta que tenían en las primeras páginas se diluye en una cosmología que King no termina de definir. El Hombre Harapiento debería ser el antagonista central, pero nunca llega a ser más que una imagen: un tipo con una sudadera rota que aparece en sueños y no dice nada revelador.
El concepto del Pulso como programa informático corrupto es interesante, pero King lo introduce tarde y lo desarrolla poco. Jordan, que es quien propone la teoría, tiene doce años y la presenta como una analogía con un gusano de computadora. La explicación se acepta porque la novela la necesita, no porque esté construida. En La cúpula, publicada tres años después, King también plantea una catástrofe con causa tecnológica, pero la sostiene mejor porque la cúpula es visible, mensurable y constante. El Pulso, en cambio, muta de página en página hasta que deja de estar claro qué puede y qué no puede hacer.
Y después está el final. Clay le acerca un celular a su hijo — que fue parcialmente transformado por el Pulso — y marca un número, apostando a que la señal corrompida va a cancelar la primera y devolver a Johnny. La novela se corta ahí, sin resolución. Es un gesto que se puede leer como valentía narrativa — el autor que se niega a cerrar con un arco limpio — o como evasión — el autor que no sabe cómo terminar y le deja el trabajo al lector. King mismo reconoció que el final del libro no lo convencía: cuando escribió el guion de la adaptación cinematográfica de 2016, cambió el desenlace.
La película, dirigida por Tod Williams y protagonizada por John Cusack y Samuel L. Jackson — los mismos actores de 1408, otra adaptación de King —, no mejoró las cosas. La producción fue pobre, la recepción crítica muy negativa y el estreno se hizo directo a video bajo demanda, sin paso previo por salas. Es una de las adaptaciones más olvidables de King, y su existencia subraya el problema del material de origen: una premisa potente que no encuentra su resolución.
El lugar de Cell en la obra de King
Lo que hace interesante a esta novela, a pesar de sus problemas, es su posición dentro de la bibliografía de King. Es su libro de zombis, el que escribió como homenaje explícito a Matheson y a Romero, y al mismo tiempo es su comentario más directo sobre la dependencia tecnológica. La escribió en 2005, cuando el smartphone todavía no existía: el iPhone salió un año después de la publicación. La idea de que un aparato que todo el mundo lleva encima puede destruir la civilización en segundos tenía entonces un aire de ciencia ficción que hoy se lee con más incomodidad.
No es una novela que suela aparecer en las listas de las mejores de King, y se entiende: la segunda mitad no sostiene lo que promete la primera, y el final abierto divide más de lo que provoca. Pero las primeras doscientas páginas son tan buenas como cualquier cosa que haya escrito en el género del desastre, y el grupo de supervivientes — Clay, Tom, Alice — tiene la calidez y la fragilidad de los mejores grupos de King. Quien busque el King del apocalipsis ya tiene Apocalipsis y La danza de la muerte; Cell es la versión condensada y rabiosa de esa misma pulsión, con menos ambición pero con un nervio de serie B que las otras no tienen.
La ficha completa del libro, con la sinopsis y los datos de edición, está en la página de Cell. La reseña de Apocalipsis cubre la otra gran novela de colapso civilizatorio de King. Y para un recorrido por cómo King usa la tecnología como amenaza, desde los coches poseídos hasta los celulares asesinos, está el artículo sobre las máquinas asesinas de Stephen King.
¿Te sirvió esta reseña?
Te avisamos cuando publicamos la próxima. Una vez cada quince días, nada más.