Cargando el archivo…
Cargando el archivo…

Hay novelas que nacen de una decisión y novelas que nacen de una urgencia. El cazador de sueños (Dreamcatcher, 2001) pertenece al segundo grupo. Stephen King la escribió a mano, en cuadernos, durante los meses que siguieron al accidente de junio de 1999 que casi le costó la vida. No podía sentarse frente a la computadora por el dolor, así que agarró un bolígrafo. La terminó en seis meses. Es una novela febril, excesiva, despareja y difícil de soltar, y todo eso tiene que ver con las circunstancias en que fue escrita.
Cuatro amigos de la infancia —Jonesy, Pete, Beaver y Henry— se reúnen en una cabaña aislada de Maine para su viaje de caza anual. De chicos salvaron a Duddits, un compañero con síndrome de Down, de una paliza, y desde entonces comparten una conexión telepática que nunca terminaron de entender. Lo que encuentran en el bosque esa noche no es un ciervo: es una invasión extraterrestre que se propaga a través de un hongo rojizo y parásitos que gestan dentro del cuerpo humano.
La premisa suena a ciencia ficción de serie B y King no se molesta en disimularlo. Lo que levanta al libro por encima de eso es lo que siempre levanta sus mejores páginas: los personajes importan antes de que llegue el monstruo. Cuando Beaver muere en las primeras cien páginas, duele, porque King se tomó el tiempo de mostrar quién era.
El título de trabajo era Cancer, según cuenta King en el epílogo de la novela. Su esposa Tabitha lo convenció de cambiarlo. El título definitivo viene del atrapasueños que Duddits les regaló de chicos y que funciona como metáfora del libro entero: la idea de que ciertos pensamientos, ciertos recuerdos, quedan atrapados en una red, y otros se escapan. La novela de 620 páginas publicada por Scribner el 20 de marzo de 2001 es, en cierto sentido, la red donde King atrapó todo lo que le pasaba en ese momento: el dolor, el miedo, la gratitud por seguir vivo y las ganas de escribir cualquier cosa con tal de no parar.
La novela transcurre cerca de Derry, el pueblo ficticio que King inventó para It y que funciona como un imán para lo sobrenatural en su universo. No es casualidad: la conexión con It es deliberada, y Derry vuelve a ser el escenario de algo que lleva décadas incubándose bajo la superficie. La acción principal ocurre en una cabaña de caza aislada llamada Hole-in-the-Wall, en el Jefferson Tract, durante una tormenta de nieve que corta toda salida. King usa el aislamiento como siempre lo usa: para encerrar a sus personajes con el horror y obligarlos a decidir sin ayuda.
El motor de la trama es doble. Por un lado, la invasión alienígena y la carrera de Jonesy, cuya mente ha sido tomada por una entidad llamada Mr. Gray, para contaminar un reservorio de agua potable. Por otro, el coronel Abraham Kurtz —el nombre no es inocente— y su operación militar para contener el brote, que incluye matar a todo civil que haya estado en la zona de contacto. Henry tiene que convencer a un oficial disidente de que el verdadero peligro no son los sobrevivientes sino lo que viaja dentro de Jonesy.
Y en el centro de todo está Duddits, el chico que salvaron de niños, ahora adulto y enfermo terminal de leucemia. King convierte a Duddits en la pieza que falta, el vínculo que conecta la amistad de la infancia con la catástrofe del presente. Es el personaje más conmovedor del libro, y también el más arriesgado: una representación de la discapacidad que coquetea con la figura del santo inocente, pero que King sostiene porque nunca lo reduce a un símbolo.
King siempre escribió bien el horror corporal —Misery es un tratado sobre lo que le pasa a un cuerpo atrapado— pero acá se desborda. Los parásitos gestan en los intestinos y salen por donde se imaginan. Las escenas del baño son deliberadamente repugnantes, y funcionan porque King no las filtra: las escribe con el mismo detalle minucioso con el que describe una cena de Acción de Gracias. El cuerpo como campo de batalla es el tema de fondo de la novela, y no es difícil leer ahí la experiencia de un escritor que acaba de pasar meses con el suyo roto.
La otra gran virtud es la amistad del grupo. King viene trabajando el vínculo entre amigos de la infancia desde que escribió El cuerpo y lo perfeccionó en It. Acá lo hace otra vez, y las escenas de los cuatro amigos de chicos, especialmente la del rescate de Duddits y la de la búsqueda de una chica desaparecida, son de las mejores del libro. No hay ironía en cómo King escribe la lealtad: es sincero hasta resultar incómodo, y eso es lo que le da peso.
Cada uno de los cuatro amigos carga con su propio desastre. Henry es un psiquiatra que piensa en suicidarse. Jonesy arrastra la secuela de un atropello que le dejó la cadera destrozada. Pete es un alcohólico que no puede dejar de beber. Beaver vive a pura compulsión nerviosa, masticando palillos de dientes como si la ansiedad se pudiera morder. King los presenta rotos antes de romperlos más, y eso le da a la tragedia que viene después un peso que la premisa alienígena no tendría por sí sola.
El concepto de la "línea" —la traza telepática que deja el paso de una persona— y del "almacén de la memoria" donde Jonesy se atrinchera mentalmente contra Mr. Gray son inventos narrativos potentes. Roger Ebert, en su reseña de la película de 2003, señaló que el almacén de la memoria era lo bastante interesante como para sostener una película por sí solo, aunque la adaptación lo desperdició. En la novela King lo desarrolla mejor: Jonesy pelea contra el invasor desde adentro de su propia cabeza, y esas escenas tienen una tensión que el resto del libro no siempre sostiene.
No es un secreto que El cazador de sueños tiene problemas. El propio King le dijo a Rolling Stone en 2014 que no le gusta el libro, y que lo escribió bajo los efectos de la OxiContina que tomaba por el dolor del accidente. Publishers Weekly lo dijo con elegancia al publicarse: los defectos del libro gritan "autor desbocado", y se preguntó si alguien lo estaba editando.
El libro tiene 620 páginas y se nota que le sobran cien. La subtrama militar con Kurtz se estira más de lo necesario, las persecuciones en la nieve se repiten, y la resolución —que depende de que Mr. Gray desarrolle una adicción al tocino crudo— es deliberadamente absurda. King hace esas cosas: apuesta a lo grotesco como herramienta narrativa, y a veces la apuesta sale y a veces no. Acá no sale del todo.
La novela también carga con una tensión entre sus dos géneros que nunca termina de resolver. Es una historia de amistad que quiere ser una historia de invasión alienígena, y las dos mitades tiran para lados distintos. Las mejores páginas son las que hablan del grupo; las peores son las que describen la logística de la infección y el plan militar. King lo sabe, porque las escenas de acción están escritas con menos cuidado que las de memoria y vínculo, como si le importaran menos.
Hay algo revelador en que Kirkus Reviews, al momento de la publicación, la describiera como suspenso de primer nivel con un clímax surrealista. Eso es exactamente lo que es: funciona como máquina de tensión, pero cuando tiene que cerrar, elige lo surrealista antes que lo satisfactorio. No es un problema nuevo en King — es una variación del problema de los finales que sus lectores conocen bien — pero acá se nota más porque el libro promete una resolución épica y entrega una que depende del azar y de un gesto final que se parece más a la fe que a la estrategia.
La adaptación dirigida por Lawrence Kasdan y guionada por William Goldman se estrenó el 21 de marzo de 2003. El elenco —Thomas Jane, Jason Lee, Damian Lewis, Timothy Olyphant, Morgan Freeman y Donnie Wahlberg como Duddits— prometía más de lo que la película entregó. Con un presupuesto de 68 millones de dólares, recaudó apenas 75,7 millones en todo el mundo y fue considerada un fracaso. Rotten Tomatoes le da un 28 % de aprobación sobre 180 reseñas. Metacritic la ubica en 35 sobre 100.
Mick LaSalle, del San Francisco Chronicle, la definió como "un desastre simpático". Roger Ebert le dio una estrella y media sobre cuatro y escribió que la película arranca como la historia intrigante de amigos que comparten un don telepático y termina como una película de monstruos de una estupidez asombrosa. El propio Kasdan reconoció en una entrevista de 2012 con el LA Weekly que el fracaso lo hirió profesionalmente: tenía un proyecto con Tom Hanks basado en una novela de Richard Russo que se cayó como consecuencia directa, y pasaron años antes de que pudiera levantar otra película.
King, sin embargo, elogió la película al momento del estreno, diciendo que era una de las muy buenas adaptaciones de su obra y que haría por el inodoro lo que Psycho hizo por la ducha. Lo dijo en el libro de Goldman sobre el guion, publicado por Newmarket Press en 2003. Es una de esas opiniones de King sobre las adaptaciones de su obra que resultan difíciles de conciliar con el resultado final: la película no funciona, pero él la defiende, mientras que hay adaptaciones mucho mejores —como la de Kubrick— que detesta.
El cazador de sueños transcurre en Derry y comparte territorio con It. Los poderes psíquicos del grupo —telepatía, visión de la "línea", sueños compartidos— la emparentan con El instituto y con los poderes psíquicos que King viene escribiendo desde Carrie. La estructura de cuatro amigos unidos desde la infancia repite el esquema de It y de El cuerpo. Y la presencia de Derry como imán de lo sobrenatural refuerza una idea que King ha ido construyendo novela a novela: hay lugares en Maine que atraen el mal, y Derry es el peor de todos.
El libro también tiene ecos de la mitología de las invasiones encubiertas que aparece en varias obras de King. La idea de que el gobierno norteamericano lleva décadas ocultando contactos extraterrestres — desde el incidente de Roswell en 1947, según la novela — conecta con la desconfianza de King hacia las instituciones de poder, un tema que recorre su obra entera. Kurtz no es solo un villano militar: es la versión de King de lo que pasa cuando el miedo al contagio se vuelve más peligroso que el contagio mismo.
Quien quiera leer más sobre el contexto en que King escribió esta novela puede empezar por el accidente de 1999 y seguir con On Writing, el libro de memorias que King terminó poco antes de empezar El cazador de sueños. Para explorar la otra gran novela que escribió durante la recuperación, está la reseña de La Torre Oscura, la saga que retomó con urgencia después del accidente, convencido de que no iba a poder terminarla.
No es el mejor libro de King. Él mismo lo dice. Pero tiene páginas que solo podía escribir alguien que acaba de rozar la muerte y volvió con ganas de contarlo todo, aunque le saliera desordenado. Eso, viniendo de King, vale algo.
¿Te sirvió esta reseña?
Te avisamos cuando publicamos la próxima. Una vez cada quince días, nada más.