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Las tierras baldías termina con el ka-tet metido en un tren suicida y una pregunta sin responder, y King dejó a sus lectores ahí casi seis años: el tercer tomo salió el 3 de septiembre de 1991 y Mago y cristal no llegó hasta el 9 de agosto de 1997, en la edición de Donald M. Grant, con dieciocho ilustraciones de Dave McKean —los datos son del infobox de la Wikipedia en inglés, y el sitio oficial de King fecha en noviembre de ese año la edición general y acredita el audiolibro a Frank Muller—. Lo que llegó después de esa espera no fue la continuación que todo el mundo estaba esperando. Fue un flashback de quinientas páginas.
Esa es la discusión que sigue abierta con este libro casi treinta años después. Quedó cuarto en el Locus Poll anual de mejor novela de fantasía, según el índice de premios que cita la Wikipedia. Y sin embargo es el tomo del que más gente dice que se puede saltear. Después de leerlo, mi impresión es que las dos cosas son ciertas al mismo tiempo: es el mejor libro de la saga y es el que peor la sirve.
El arranque resuelve rápido el final anterior. Eddie descubre que a Blaine el Mono no se lo derrota con acertijos elegantes sino con chistes malos, la computadora no sabe qué hacer con lo ilógico y el tren descarrila. El ka-tet —Roland, Eddie, Susannah, Jake y Oy— baja en la estación de Topeka con heridas menores y varios miles de kilómetros ganados.
Pero no es la Topeka de nadie. Es un Kansas de los años ochenta vaciado por una pandemia: la supergripe de La danza de la muerte. Los detalles avisan de que es otro mundo y no el de Eddie —el equipo de béisbol de Kansas City son los Monarchs y no los Royals, la gaseosa popular se llama Nozz-A-La—, y en una rampa del turnpike hay una pintada que dice watch out for the walking dude, «cuidado con el tipo que camina». La Wikipedia en inglés la transcribe con página y todo (p. 95), y es el puente más explícito que King había tendido hasta entonces entre sus dos mundos grandes.
Acampados junto a una grieta dimensional que Roland llama thinny, el pistolero se sienta y cuenta. Lo que cuenta ocupa el resto del libro. Tiene catorce años, acaba de pelear con su maestro Cort para ganarse las armas antes de tiempo, y su padre Steven lo manda al este junto a Cuthbert Allgood y Alain Johns, a la baronía de Mejis, al pueblo de Hambry. La excusa oficial es un inventario de recursos para Gilead. Lo que hay de verdad es la conspiración de John Farson, «el Hombre Bueno», y una chica llamada Susan Delgado que está prometida al alcalde del pueblo como concubina, con fecha puesta: el Día de la Siega.
Lo que hace esta sección es algo que la saga no había intentado hasta acá: bajar el ritmo a propósito. Los tres primeros tomos avanzan por episodios —una persecución en el desierto, tres puertas en una playa, una ciudad en ruinas—, y funcionan por acumulación. Hambry, en cambio, es una novela entera con su propio reloj: un pueblo chico, un alcalde, un canciller, tres matones a sueldo —los Grandes Cazadores de Ataúdes, que responden a un pistolero fracasado llamado Eldred Jonas— y una bruja, Rhea de Cöös, a la que le confían la bola rosa de cristal de Maerlyn. King se toma doscientas páginas en poner las piezas antes de moverlas, y cuando las mueve ya sabés quién va a hacer qué y por qué. Eso no es estructura de terror: es estructura de tragedia, con el final anunciado desde el principio.
Y funciona porque el libro no está contando una aventura, está explicando a un personaje. Todo lo que en El pistolero parecía frialdad de cartón —el hombre capaz de sacrificar a un chico para no perderle el rastro a un enemigo— acá tiene origen y tiene factura. Me parece la operación más inteligente de toda la saga, y sobre todo la más honesta: King no justifica a Roland. Te muestra el momento exacto en que se convirtió en alguien capaz de eso y te deja a vos decidir qué hacer con esa información.
El otro acierto es el mundo. Hasta acá, Mid-World era sobre todo ruina: escenarios por los que el ka-tet pasaba de largo. Mejis tiene alcalde, canciller, funcionarios, un calendario propio con su fiesta de la cosecha y una economía de caballos y petróleo que le importa a alguien. Al cerrar el libro, el mundo de Roland deja de ser un decorado y pasa a ser un lugar con clases sociales, con política y con gente que se muere sin haber oído hablar de ninguna Torre en su vida.
El problema no es Hambry. Es todo lo que la rodea. Topeka funciona como puerta de entrada al flashback, pero el cierre —el ka-tet llegando a una ciudad esmeralda sospechosamente familiar, con su mago adentro— es el tramo más flojo del libro. El homenaje a El mago de Oz está tan literal que se lee como un capricho, y la revelación de que el mago es Marten Broadcloak, es decir Randall Flagg, tendría que ser un golpe y llega como un trámite. Da la impresión de que King necesitaba volver al presente y eligió el atajo con más brillo.
Hay además una costura que el propio libro deja a la vista. Al conectar Topeka con la peste de Apocalipsis, las fechas no cuadran: la Wikipedia en inglés lo señala en su sección de conexiones —la edición completa de la novela transcurre en 1990, la primera versión de 1978 transcurría en 1980, y acá el ka-tet aterriza en 1986—. La saga tiene una salida elegante para eso, porque «hay otros mundos además de estos», pero es una salida, no una explicación. Si te interesa el hilo, el final de Apocalipsis explicado y la reseña de la novela cubren ese otro extremo del puente.
Y queda el reproche estructural, el que da lugar a la fama de tomo salteable: en 787 páginas, la misión principal no avanza. El grupo se baja de un tren y vuelve al Sendero del Rayo. Todo lo que ganás es pasado. A mí me alcanza —el pasado que ganás es enorme—, pero entiendo perfectamente a quien llega al tomo V con la sensación de haber estado seis años esperando una película y haber recibido un prólogo.
Este párrafo cuenta el desenlace del relato del pasado. Si no leíste el libro, saltá al apartado siguiente.
El plan de Roland funciona: los chicos vuelan los tanques de petróleo de Citgo, atraen a los hombres de Farson hacia el Cañón Eyebolt y los empujan al thinny. Ganan la batalla y pierden todo lo demás. Susan es capturada, entregada y quemada en la hoguera como sacrificio de la cosecha por haberse mezclado con un pistolero. Roland lo ve en la bola de cristal, junto con su propio futuro, y ahí empieza la obsesión con la Torre que sostiene los otros seis libros: la bola no le muestra un objetivo, le muestra una condena y él la acepta. Después, ya en el presente, el cristal le enseña al ka-tet el día en que Roland mató a su propia madre sin querer. Que Eddie, Susannah y Jake decidan seguirlo igual, sabiendo eso, es el verdadero final del libro.
No lo saltees. La recomendación de leer un resumen y pasar al tomo V es la peor que circula sobre esta saga: sin Hambry, Lobos del Calla y lo que viene después pierden el único contrapeso emocional que tienen, y Roland se vuelve otra vez el tipo de piedra que era en el primer libro. Si venís de Las tierras baldías, este es el tomo que le da sentido a todo lo anterior; si estás empezando la saga, conviene saber que el vocabulario —qué es el ka-tet, el ka, el Sendero del Rayo— se termina de asentar acá.
La ficha completa, con la sinopsis y los datos de edición —880 páginas en la edición de Debolsillo—, está en La Torre Oscura IV: Mago y cristal.
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