
Reseña de Rabia, de Stephen King
«Rabia»: el aula como zona de guerra y confesionario
Rabia es la primera novela que Stephen King publicó bajo el seudónimo de Richard Bachman. Salió el 13 de septiembre de 1977 por Signet Books con 211 páginas. King empezó a escribirla en 1966, cuando todavía estaba en la secundaria, bajo el título Getting It On. La terminó en 1971 y la guardó. Seis años después la publicó con otro nombre y sin ninguna promoción. Hoy es el único libro suyo que no se puede comprar nuevo en ninguna librería del mundo: King le pidió a su editorial que lo descatalogara en 1997, después de que apareciera por cuarta vez vinculado a un tiroteo escolar. La historia completa de esa decisión está en el artículo sobre la retirada del libro. Esta reseña es sobre otra cosa: sobre lo que el libro hace como novela, sobre lo que funciona y sobre lo que no.
De qué va Rabia (sin spoilers del desenlace)
Charlie Decker es un alumno de último año en la escuela secundaria de Placerville, Maine. Una mañana lo citan al despacho del director para hablar de un incidente en el que agredió a un profesor de química. Charlie va al despacho, vuelve a su salón, saca un arma semiautomática del casillero, le prende fuego al casillero y mata a su profesora de inglés de dos disparos. Después se sienta frente a sus veinticuatro compañeros de clase y empieza a hablar.
Lo que sigue no es un thriller de acción. No hay un asedio policial tenso ni una negociación con rehenes al estilo de una película. Lo que hay es una conversación. Charlie habla, provoca, cuenta cosas de su familia — un padre violento, una madre que no interviene — y obliga a sus compañeros a hacer lo mismo. Uno por uno, los alumnos empiezan a soltar lo que no dicen en ningún otro lado: las humillaciones, las mentiras que sostienen en sus casas, la presión que sienten por encajar en un molde que no eligieron. La policía rodea el edificio, el director grita por el intercomunicador, pero dentro del aula ocurre algo que se parece peligrosamente a una sesión de terapia con un arma cargada sobre el escritorio.
El único que se resiste es Ted Jones, el alumno perfecto, el que tiene las respuestas correctas y la vida ordenada. Charlie lo señala desde el principio como su antagonista. La tensión entre los dos estructura toda la segunda mitad del libro.
Lo que funciona: la voz de Charlie y la incomodidad que genera
King tenía diecinueve años cuando empezó a escribir esta historia, y se nota en un sentido positivo: la voz de Charlie suena genuina. No es la voz de un adulto escribiendo lo que cree que piensa un adolescente; es la voz de alguien que está cerca de esa edad y que todavía tiene las heridas frescas. Charlie es inteligente, sarcástico, a veces gracioso y siempre incómodo. No pide simpatía ni la merece. Lo que hace es terrible. Pero King no lo convierte en un monstruo de cartón: lo convierte en una persona que hizo algo monstruoso, y eso es mucho más difícil de procesar.
La novela está narrada en primera persona, y esa elección es crucial. Estás dentro de la cabeza de Charlie durante todo el libro. Ves lo que él ve, escuchás lo que él escucha. Cuando empieza a desarmar a sus compañeros con preguntas incómodas, la novela se vuelve una especie de radiografía del aula como espacio de poder: quién manda de verdad, quién obedece por miedo y quién se esconde detrás de una máscara. King volvería a esa dinámica de grupo muchas veces — en Carrie, en El cuerpo, en El Instituto —, pero Rabia es la primera vez que la usa, y la más cruda.
Hay una escena que condensa todo el libro: un alumno cuenta, casi sin darse cuenta, un secreto familiar que lleva años guardando. Lo cuenta porque Charlie creó un espacio donde la verdad se dice, aunque ese espacio sea un aula tomada por un compañero armado. Es perturbador precisamente porque funciona: la violencia creó una zona de honestidad que la escuela, la familia y el sistema nunca crearon. King no celebra eso. Pero tampoco finge que no existe.
Lo que no funciona: la segunda mitad pierde tensión
La primera mitad de Rabia es compacta y eficaz. La segunda se estira. Una vez que el patrón queda establecido — Charlie habla, un compañero se abre, el equilibrio de poder dentro del aula se reacomoda —, la novela repite la fórmula sin subir la apuesta. Los flashbacks sobre la familia de Charlie son necesarios para entender de dónde viene su rabia, pero algunos son más largos de lo que necesitan ser, y a una novela de 211 páginas cualquier exceso se le nota más que a una de seiscientas.
La resolución con Ted Jones es el punto donde la novela aprieta de vuelta, pero King la resuelve demasiado rápido. Lo que les pasa a los compañeros de clase — el giro psicológico que cierra el libro — es una idea potente que necesitaría más espacio para desarrollarse de manera convincente. Tal como está, funciona como imagen final pero no del todo como desenlace dramático. King admitió, en el prólogo de Blaze (2007), que la novela estaba «fuera de catálogo, y era algo bueno», lo cual sugiere que él mismo la consideraba un trabajo temprano con limitaciones que no le interesó corregir.
Comparada con las otras novelas de Bachman, Rabia es la más irregular. La larga marcha tiene una estructura más sólida y un crescendo imparable. El fugitivo es más veloz y más despiadada con su protagonista. Maleficio tiene un concepto más limpio. Rabia es más ambiciosa que todas ellas — intenta decir algo sobre la escuela, la familia y la violencia al mismo tiempo —, pero no tiene el oficio para sostener esa ambición. Es un primer libro, y se lee como un primer libro: con momentos brillantes y costuras a la vista.
El libro y su sombra: por qué importa haberlo leído
No se puede hablar de Rabia sin hablar de lo que pasó después de su publicación. Entre 1987 y 1997, el libro apareció vinculado a cuatro incidentes de violencia escolar en Estados Unidos. King escribió en su ensayo Guns (2013), publicado después de la masacre de Sandy Hook: «Sí vi en Rage un posible acelerante, y por eso lo retiré de la venta. No se deja un bidón de nafta donde un chico con tendencias pirómanas pueda agarrarlo.» Y aclaró: «Mi libro no los rompió ni los convirtió en asesinos; encontraron algo en mi libro que les hablaba, porque ya estaban rotos.»
Esas dos frases dicen algo importante sobre el libro como objeto literario. Si Rabia fuera una novela mediocre sobre un tiroteo escolar, no habría necesitado retirarse. Nadie retira un libro que no le habla a nadie. King la retiró precisamente porque funcionaba: porque la voz de Charlie era lo bastante real y lo bastante persuasiva como para que alguien roto se reconociera en ella. Eso no convierte al libro en culpable de nada, pero sí lo convierte en algo más que una novela de género olvidable.
Para quien lee a King desde Carrie, Rabia es un ensayo previo. Carrie White y Charlie Decker comparten más de lo que parece: los dos son adolescentes humillados que explotan, los dos se vuelven contra la institución que los aplastó y los dos provocan un desastre que destruye todo a su alrededor. La diferencia es que Carrie tiene poderes telequinéticos — su violencia se filtra por lo sobrenatural — y Charlie tiene una pistola. Rabia es la versión sin filtro de la misma rabia que mueve Carrie. King publicó Carrie en 1974, tres años antes que Rabia, pero la escribió después: Rabia vino primero, en 1966. Carrie es la versión pulida; Charlie es el borrador en bruto.
También hay un parentesco con Misery, aunque más oblicuo. Annie Wilkes encierra a Paul Sheldon y lo obliga a escribir. Charlie Decker encierra a sus compañeros y los obliga a hablar. Los dos crean un espacio cerrado donde las reglas del mundo exterior dejan de funcionar, y los dos descubren que el encierro saca de la gente cosas que la libertad no saca. King es un autor del encierro — lo escribió así en el artículo sobre el cuarto cerrado —, y Rabia es el primer ejemplo de ese mecanismo en su obra.
La ficha completa del libro está en la página de Rabia. Para la historia del seudónimo y de cómo Bachman fue desenmascarado, la historia de Richard Bachman lo cuenta entero.
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