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El fugitivo —The Running Man— es una novela sobre un desocupado que se anota en un concurso de televisión donde el premio por sobrevivir un mes son mil millones de dólares y el trámite habitual es que te maten en el segundo día. Salió el 4 de mayo de 1982 en Signet, el sello de bolsillo de New American Library, directamente en rústica (219 páginas en aquella edición) y firmada por Richard Bachman. Está ambientada, según la propia ficha del libro en el sitio oficial de King, en 2025.
Ese detalle vuelve la lectura de hoy bastante incómoda. King escribió en los años setenta una fecha que a él le sonaba lejana, y a nosotros ya se nos pasó.
La estructura es lo primero que se nota: 101 capítulos, muy cortos, numerados en cuenta regresiva. El primero se titula «Minus 100 and Counting…» y a partir de ahí el número baja hasta «Minus 000 and Counting». No hay forma de leerlo tranquilo. El libro te dice desde la página uno cuánto falta para el final, y lo que falta es cada vez menos.
Ben Richards tiene 28 años, vive en Co-Op City y está en una lista negra laboral: no lo toma nadie. Su hija Cathy necesita una medicación que él no puede pagar y su mujer, Sheila, se prostituye para sostener la casa. Con ese panorama va a las oficinas de la Red de Juegos, la corporación que produce los programas que el país entero mira en el Free-Vee, y se anota.
Los concursos del catálogo dan la temperatura del mundo. En Treadmill to Bucks se paga a cardíacos por aguantar sobre una cinta que acelera; en Swim the Crocodiles el título ya explica el formato. The Running Man es el escalón más alto, el que reparte el premio más grande porque nadie lo cobra.
El reglamento cabe en un párrafo. Al concursante se lo declara enemigo del Estado y se le dan doce horas de ventaja antes de que salgan a buscarlo los Cazadores, asesinos profesionales a sueldo de la Red. Puede ir a donde quiera: no hay estadio, no hay circuito, el escenario es el país entero. Cobra 100 dólares por cada hora que siga vivo y 100 más por cada Cazador o policía que mate. Si aguanta 30 días, se lleva mil millones. A cambio tiene que enviar dos videos por día contando dónde está —o, mejor dicho, contando algo, porque la ubicación es justamente lo que trata de no revelar—, y cualquier ciudadano que lo delate cobra. Arranca con 4.800 dólares y una cámara. El récord anterior de supervivencia es de 197 horas: poco más de ocho días.
Ahí está el hallazgo. La cacería no la hacen solo los Cazadores: la hace todo el mundo. El vecino, el mozo, el chico de la esquina. Es la misma idea que sostiene «La larga marcha», donde el público sale a la ruta con reposeras a ver morir adolescentes, pero acá está llevada un paso más allá: en aquella novela la gente miraba, en esta cobra por participar.
Se la suele presentar como una anticipación del reality show, y lo es, pero esa lectura se queda corta y además envejeció mal, porque la parte de la televisión es la menos interesante del libro. Lo que sostiene la novela es otra cosa: Richards no se anota por ambición ni por gloria. Se anota porque su hija está enferma y no hay otra forma de conseguir el dinero. La primera escena de peso no es una persecución, es una sala de espera con formularios.
Es el mismo motor que atraviesa buena parte del catálogo —lo tratamos en el trabajo y el dinero en la obra de King— y en los libros de Richard Bachman está en su versión más desnuda: un pibe que se encierra en un aula en Rabia, un tipo al que le expropian la casa para hacer una autopista en Carretera maldita, un chico que camina hasta morirse en La larga marcha. Ninguno pelea contra un monstruo. Todos pelean contra una situación económica que ya estaba perdida antes de que empezara el libro.
La segunda mitad afila eso. Richards se cruza en un gueto de Boston con Bradley Throckmorton, un pandillero que lo esconde y le explica lo que él no sabía: el aire de las ciudades está envenenado y la salud es un lujo que los pobres no pagan. Richards intenta meter eso en los videos que está obligado a mandar. La Red los censura. Ese es, para mí, el mejor tramo del libro y el que explica por qué sigue leyéndose: el concurso no está ahí para entretener, está ahí para que nadie mire otra cosa. La conexión con el poder como monstruo en la obra de King es directa.
Después el itinerario se vuelve reconocible para cualquier lector del sitio: de Nueva York a Boston, de ahí a Manchester y a Portland, y el tramo final en un aeropuerto de Derry. Sí, ese Derry. King ya estaba plantando el mapa cuatro años antes de It.
El primer borrador es de febrero de 1973, casi una década antes de que se publicara. En Mientras escribo (2000), King cuenta que lo sacó en una sola semana, contra su ritmo habitual de unas dos mil palabras o diez páginas por día.
Él mismo la describió después. En «The Importance of Being Bachman», la introducción que escribió para la edición de 1996 de The Bachman Books, la llama «un libro escrito por un tipo joven que estaba enojado, lleno de energía y encaprichado con el arte y el oficio de escribir». Las tres cosas se ven. La prosa es rápida y sin adorno, los capítulos duran dos o tres páginas, no hay una sola digresión. El King que se toma ochenta páginas para presentarte un pueblo acá no aparece: no hay tiempo.
Y hay algo más honesto todavía. Hablando con USA TODAY el 15 de noviembre de 2025, con la película nueva recién estrenada, King dijo sobre esos años: «Ya no soy ese tipo. Todavía tengo algunas características antisociales, pero no estoy enojado como lo estaba antes». En la misma nota explicó de dónde salió la idea: «Los concursos se habían vuelto cada vez más depredadores, y en aquel momento lo único sobre lo que me parecía que esto se podía construir era la lucha libre profesional, donde parecía falso pero también muy violento».
El personaje. Richards es un vehículo eficientísimo y bastante hueco: aguanta, calcula, mata cuando toca, y su rabia está más declarada que construida. Comparado con Ray Garraty, que se desarma en escena delante nuestro durante trescientas páginas, Richards llega entero al final porque nunca terminó de estar vivo. Es el precio de escribir en una semana.
El otro problema es el tramo medio. Entre la salida de Boston y el aeropuerto hay una secuencia de escondites, disfraces y coches robados que se repite con variaciones y que la cuenta regresiva no logra tensar del todo. Y la rehén que Richards toma en el último tercio, Amelia Williams, funciona más como dispositivo —alguien a quien explicarle el mundo— que como personaje.
También conviene avisar de algo: es un libro de 1982 escrito por un autor joven y enojado, y el lenguaje sobre las mujeres y sobre los negros del gueto tiene pasajes que hoy raspan. No lo invalida, pero está ahí.
La de 1987, con Arnold Schwarzenegger, conservó el título, los nombres y poco más: convirtió la cacería a cielo abierto en un show de estadio con villanos disfrazados. King señaló la distancia con un detalle de casting: en el libro Richards es esmirriado y pretuberculoso, todo lo contrario del cuerpo que se le puso en pantalla.
La de 2025 va en serio con el material. La dirigió Edgar Wright sobre guion suyo y de Michael Bacall, con Glen Powell como Richards y un reparto que incluye a Josh Brolin, Colman Domingo, Lee Pace, Michael Cera, William H. Macy y Emilia Jones. Se estrenó el 14 de noviembre de 2025 en Estados Unidos —premiere en Londres el 5 y estreno británico el 12—, dura 133 minutos, costó unos 110 millones de dólares y recaudó cerca de 69 millones en todo el mundo. Es una adaptación mucho más fiel que la anterior, aunque cambia el final. Sobre eso King le dijo a Entertainment Weekly: «Me gusta mucho el final de la versión de Edgar de The Running Man. No puedo decir demasiado —spoilers—, pero creo que los lectores de la novela van a quedar satisfechos porque se lo llevan de las dos maneras». Hay más adaptaciones comentadas en la sección de adaptaciones.
Si no lo leíste, saltate estos dos párrafos.
Richards rompe el récord de 197 horas y llega al aeropuerto de Derry, donde secuestra un avión haciendo creer que lleva explosivos. A bordo, la Red le hace una oferta que es el verdadero remate de la novela: le proponen el puesto de Cazador jefe, el de Evan McCone, el hombre que lo estuvo persiguiendo todo el libro. El concurso nunca fue una cacería, era una entrevista de trabajo. Y entonces se entera de lo único que le importaba: su mujer y su hija están muertas desde hace más de diez días. Todo lo que hizo fue para nada.
Lo que sigue es la escena que hace que este libro sea imposible de leer hoy como se leía en 1982. Richards mata a la tripulación y a McCone, obliga a Amelia a saltar en paracaídas y estrella el avión contra la torre donde funciona la Red. La última línea de la novela dice: «La explosión fue tremenda, iluminando la noche como la ira de Dios, y llovió fuego veinte cuadras a la redonda». King escribió eso diecinueve años antes del 11 de septiembre de 2001, y hoy no hay forma de leerlo sin esa imagen encima: cuesta imaginar una adaptación estrenada después de aquello que se anime a filmar el plano tal cual está escrito. La versión de 2025, de hecho, cambia el final, aunque Wright no lo explicó públicamente por ese motivo. Es también un final perfecto para el libro: la única forma que le queda a Richards de aparecer en televisión diciendo lo que quiere decir. Quien discuta el problema de los finales de King tiene acá el contraejemplo más rotundo de su bibliografía.
Sí, sobre todo si venís de la película de 2025 y querés saber qué había abajo. Es corta, es brutal y se lee en dos sentadas; la cuenta regresiva funciona; y la idea de fondo —que el espectáculo existe para tapar la información, no para reemplazarla— es más filosa hoy que cuando se escribió. Le pongo un 8: pierde por un protagonista al que le falta interior y por un tramo medio repetitivo, y gana por una premisa impecable, un último tercio extraordinario y el mejor final que King le puso a una novela corta.
Si querés seguir por acá: la ficha completa está en El fugitivo, la hermana mayor es La larga marcha —misma lógica de reglamento, mejor personaje— y si lo que te interesa es la desesperación económica sin espectáculo de por medio, Barton George Dawes, el protagonista de Carretera maldita, es el más triste de todos los que King firmó como Bachman.
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