El cuarto cerrado: por qué Stephen King encierra a todo el mundo
Una cama, un auto, un aula, una isla, un pueblo entero bajo una cúpula. King vuelve una y otra vez al mismo dispositivo, y lo interesante es que el encierro casi nunca es lo que mata: es lo que obliga a mirar.

Si uno hace la lista, incomoda un poco. Una mujer esposada a una cama en una casa junto a un lago. Un escritor con las dos piernas rotas en la habitación de huéspedes de una desconocida. Una madre y su hijo dentro de un auto en un patio de campo. Los pasajeros de la Ruta 50 en las celdas de un pueblo minero. Un príncipe en lo alto de una torre. Una isla incomunicada por la nieve. Un pueblo entero bajo una cúpula invisible. Un aula tomada por un alumno con un arma.
El encierro no es un recurso ocasional en la obra de Stephen King: es su forma preferida de armar una historia. Y lo que hace que valga la pena mirarlo de cerca es que, en casi todos los casos, el encierro no es lo que mata a nadie. Es apenas el dispositivo que obliga a mirar lo que ya estaba ahí.
El encierro más chico posible: una cama
Dos novelas llevan la idea al extremo. En Misery (1987), Paul Sheldon choca en Colorado durante una tormenta de nieve y lo rescata Annie Wilkes, una ex enfermera que vive cerca. Queda con las dos piernas gravemente fracturadas en su casa, y ahí empieza lo otro: Annie descubre que él mató al personaje de Misery en su manuscrito, lo obliga a quemar la novela que estaba escribiendo y a resucitarla. Después le corta un pie con un hacha, le quema el tobillo con un soplete y le corta el pulgar con un cuchillo eléctrico.
En El juego de Gerald (1992), Jessie Burlingame queda esposada a la cama de una casa de verano junto a un lago en Maine cuando su marido, que ignoró su pedido de parar, muere de un infarto en el forcejeo. Pasan días. Nadie los va a extrañar. Lo que llena esos días son alucinaciones de sed y pánico: distintas versiones de ella misma que le hablan —una versión puritana a la que llama la Goodwife, su yo de nena, una compañera de facultad, su antigua psicóloga— y una aparición aterradora, el Space Cowboy, que al final resulta no ser una alucinación.
Los dos se salvan de la misma manera, y esto es lo que llama la atención: destruyéndose una parte del cuerpo. Paul termina golpeando a Annie con la máquina de escribir; Jessie se corta la muñeca con un vidrio para poder deslizar la mano fuera de la esposa. En King, salir de la habitación cerrada tiene un precio y el precio se paga en carne.
Cuatro paredes de chapa
Cujo (1981) es probablemente la versión más pura del procedimiento. Donna Trenton lleva a su hijo Tad al taller de Joe Camber porque el Ford Pinto viene fallando, el auto se termina de romper en el patio y un San Bernardo rabioso los deja atrapados adentro. El monstruo está afuera y nunca entra. No hace falta: lo que mata es el sol de verano sobre un auto cerrado. Tad muere de deshidratación y golpe de calor. Es difícil pensar en otro escritor de terror que se haya animado a que el arma homicida sea, literalmente, la temperatura.
Cuando el que se encierra es un pueblo
El otro grupo es más grande y más incómodo, porque ahí el encierro deja de ser una trampa física y pasa a ser un experimento social. En La cúpula (2009), una barrera invisible y semipermeable cae sobre Chester's Mill, Maine, un 21 de octubre. Lo que sigue no es un problema de ingeniería sino de política: Big Jim Rennie usa el caos para quedarse con el poder corrompiendo a la policía, los recursos se agotan —el aire limpio antes que nada— y las facciones se destrozan entre sí. De unos cuatro mil habitantes, cuando la cúpula finalmente se levanta quedan vivos menos de treinta. El origen, cuando se revela, es casi una burla: unos alienígenas jóvenes la pusieron ahí para entretenerse, como quien mira una granja de hormigas.
En La tormenta del siglo (1999) el mecanismo es todavía más limpio. La peor tormenta en un siglo deja incomunicada a Little Tall Island, y André Linoge —que se dejó detener a propósito— pide una sola cosa a cambio de irse: un chico. El pueblo se reúne, discute y vota. Entrega a uno por sorteo. Linoge cumple su palabra y se va. En Desperation (1996), los viajeros detenidos por Collie Entragian terminan encerrados juntos en las celdas del pueblo, que es donde recién empiezan a entender qué los agarró.
Lo que el encierro revela
Puesto todo junto, se puede leer un patrón bastante consistente. Cuando King encierra a una persona sola, lo que aparece es su historia: Jessie tiene que atravesar su propia infancia antes de poder soltarse, y Paul tiene que volver a escribir para sobrevivir. Cuando encierra a un grupo, lo que aparece es de qué está hecha la comunidad, y la respuesta casi nunca es buena. Los vecinos de Chester's Mill se organizan alrededor del peor de todos; los de Little Tall Island votan entregar a un chico. El monstruo hace la pregunta y son ellos los que contestan.
Hay un caso que resume las dos cosas y es el más difícil de mirar. En Rage —la novela de 1977 que King terminó sacando de circulación— el encierro dura cuatro horas y ocurre en un aula: Charlie Decker toma de rehenes a sus compañeros y, mientras la policía negocia afuera, adentro los chicos empiezan a hablar y a identificarse con él. Es exactamente el mismo procedimiento de siempre —encerrar gente y ver qué sale— aplicado a una escuela secundaria, y el resultado fue tan eficaz que King decidió, décadas después, que era mejor que ese libro no siguiera circulando. Da la impresión de que ahí midió, mejor que en ningún otro lado, hasta dónde llega su propio dispositivo favorito.
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