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La larga marcha es una novela de cien chicos que caminan hasta que quedan noventa y nueve muertos. Ese es el argumento entero, y no hace falta más. Se publicó el 3 de julio de 1979 en Signet, el sello de bolsillo de New American Library, firmada por un tal Richard Bachman, y lo que sostiene sus casi cuatrocientas páginas no es un misterio ni un monstruo: es un reglamento.
El reglamento cabe en un párrafo. Cien adolescentes arrancan en Maine y bajan por la Ruta 1 hacia el sur. Hay que mantener cuatro millas por hora —unos seis kilómetros y medio— sin parar nunca: ni para dormir, ni para comer, ni para curarse una ampolla. Bajar de esa velocidad durante treinta segundos es un aviso; aguantar una hora entera en regla borra uno. Con tres avisos encima, la próxima infracción la resuelve un soldado con un rifle desde el vehículo que sigue a la columna. En la jerga de los caminantes, a eso se le dice comprar el boleto. Gana el último que quede vivo, y el premio es literalmente lo que pida: cualquier cosa, para el resto de su vida.
No hay nada sobrenatural. No hay un pueblo de Maine con secretos, ni una entidad antigua abajo de las alcantarillas. Hay una carretera, un cronómetro y una multitud aplaudiendo desde la banquina. Es, con distancia, el libro más seco que King escribió, y también uno de los más difíciles de sacarse de encima.
Lo que vuelve insoportable a esta novela es que el horror está administrado. Los soldados no son sádicos: son funcionarios. Anotan la hora, cantan el número, cumplen. La violencia no llega con música ni con presagios, llega con papeleo, y esa decisión —que se sostiene sin una sola grieta durante todo el libro— es la razón por la que sigue funcionando casi cincuenta años después.
El protagonista es Ray Garraty, dorsal 47, dieciséis años, de Maine, al que la multitud adopta como favorito local. Su padre fue llevado por los Escuadrones por hablar de más, y ese dato suelto es toda la explicación política que el libro se digna a dar. A su lado camina Peter McVries, dorsal 61, el que le salva la vida más de una vez y el único al que Garraty le habla de verdad. Alrededor de ellos se arma un elenco chico y muy nítido: Gary Barkovitch, el número 5, que se propone sobrevivir haciéndoles la vida imposible a los demás; Hank Olson, el 70, que empieza fanfarroneando; Scramm, el 85, el favorito de las apuestas; Art Baker; Collie Parker; y Stebbins, el 88, que camina al fondo de la columna, casi no habla y evidentemente sabe algo que los demás no.
King no intenta que nos importen los cien. Se queda con diez y deja que los otros noventa sean lo que son en la lógica del espectáculo: números que se apagan. Es coherente, y también es incómodo, que es exactamente lo que busca.
Este dato cambia bastante la lectura: King escribió La larga marcha entre 1966 y 1967, durante su primer año en la Universidad de Maine. Es la primera novela que terminó en su vida, ocho años antes de que Carrie lo convirtiera en Stephen King. Estuvo guardada más de una década y salió recién en 1979, ya con el seudónimo de Bachman puesto; en 1985 se recogió junto a las otras tres primeras en el volumen The Bachman Books.
El origen es más raro y más chico de lo que uno esperaría. En su sitio oficial, en la ficha del libro, se explica que a principios de los sesenta las radios y los canales de televisión de todo el país organizaban caminatas de cincuenta millas, y ahí King lo cuenta él mismo: «Tenía eso en la cabeza. No tenía auto cuando escribí ese libro. Hacía dedo a todas partes. Igual no terminé mi caminata de cincuenta millas: me caí a las veinte».
Ese chiste seco explica el libro entero. La marcha no es una metáfora construida desde arriba: es la exageración de algo que el autor hizo, y del que se acuerda sobre todo por el momento en que su cuerpo dijo basta. De ahí que las páginas más convincentes no sean las del reglamento sino las de los pies.
También explica por qué esta novela no se parece al resto del catálogo. Los libros de Richard Bachman —Rabia, esta, Carretera maldita, El fugitivo y Maleficio— comparten un tipo de violencia que no viene del más allá sino del sistema: un pibe que se encierra en un aula, un tipo al que le expropian la casa para hacer una autopista, un desocupado que se anota en un programa de televisión que lo va a matar. Si esta te gusta, el vecino natural es El fugitivo, donde Ben Richards corre por las mismas razones económicas por las que Garraty camina.
La novela es repetitiva, y lo es a propósito. Pasan kilómetros en los que no ocurre nada más que conversación, calambres y el ruido del vehículo militar atrás. King apuesta a que el lector se canse un poco, porque los que caminan están cansados, y la apuesta sale bien: cuando alguien cae, el efecto no es de sobresalto sino de resignación, que es un registro muchísimo más difícil de conseguir.
El deterioro físico está escrito con una precisión casi clínica: las ampollas, la deshidratación, los calambres que llegan sin aviso, el momento en que dormir caminando deja de ser una figura retórica. Y la amistad entre Garraty y McVries —dos chicos que saben que solo uno puede terminar vivo y que igual se cuidan— es lo mejor del libro y una de las relaciones más limpias que King escribió nunca.
Hay además una idea que la novela sostiene sin subrayarla: el público. La gente sale a la ruta con reposeras y sándwiches, aplaude, apuesta, se emociona con el chico de Maine. Nadie está obligado a mirar. Es el mismo nervio que King iba a volver a tocar en los libros donde el poder es el monstruo, pero acá está en su versión más desnuda, sin villano a quien echarle la culpa.
La distopía es finita. El Mayor, que preside la Marcha, es un uniforme y unos anteojos espejados: funciona como símbolo y no como personaje, y cada vez que aparece el libro pierde temperatura en vez de ganarla. Del mundo de alrededor sabemos lo justo, y aunque se puede leer como una ambigüedad deliberada —el chiste sería que a nadie le hace falta una explicación para participar—, a mí hay tramos en que se me hace menos una elección que una novela primeriza que todavía no sabía construir un fondo.
El otro problema es de escala: cien participantes son demasiados para el tamaño del libro. Un puñado está vivo de verdad y el resto son dorsales, así que una parte de las muertes se lee como estadística. Es defendible desde el tema, pero el efecto acumulativo se desgasta antes del último tercio.
Nada de esto la hunde. Es una primera novela con las costuras a la vista y con una idea tan buena que las tapa casi todas.
La adaptación se estrenó el 12 de septiembre de 2025, dirigida por Francis Lawrence sobre guion de JT Mollner y distribuida por Lionsgate. Dura 108 minutos, costó unos 20 millones de dólares y recaudó cerca de 63 millones en todo el mundo. Cooper Hoffman hace de Garraty, David Jonsson de McVries, Garrett Wareing de Stebbins y Mark Hamill del Mayor. La recepción fue buena: 88 % de críticas positivas en Rotten Tomatoes sobre 293 reseñas, y 71 sobre 100 en Metacritic.
Los cambios importantes son tres y conviene saberlos antes de discutir si es fiel. Los caminantes pasan de cien a cincuenta, uno por estado, lo que vuelve el grupo manejable en pantalla. El ritmo obligatorio baja de cuatro millas por hora a tres. Y el final es otro, de lo que hablo abajo con aviso. Si venís del libro, lo que vas a extrañar es el goteo largo: el cine no tiene cómo reproducir la sensación de que esto lleva días sin cortar. Lo que gana, en cambio, es que con cincuenta caras se le puede dar a cada muerte un nombre. Hay más adaptaciones comentadas en la sección de adaptaciones.
Si no leíste la novela, saltate estos dos párrafos.
En el libro, Stebbins —el 88, el que camina atrás sin hablar— resulta ser hijo del Mayor, y esa revelación llega cuando ya casi no queda nadie para escucharla. Cae él, y Garraty queda como ganador sin terminar de entender que ganó. La última imagen no es una celebración: es Garraty viendo una figura oscura más adelante en la ruta y avanzando hacia ella, porque todavía le queda mucho por caminar. Es un final que se le reprocha por ambiguo y a mí me parece el único posible: cualquier cierre que explicara algo traicionaría las trescientas páginas anteriores.
La película lo cambia: ahí Garraty se sacrifica para que gane McVries, y en la versión de cines Pete termina matando al Mayor. La edición doméstica incluye además un final alternativo en el que le perdona la vida. Son decisiones defendibles para el formato —el cine quiere un gesto— pero apuntan al revés que el libro, que se cuida muy bien de no darle a nadie la satisfacción de una venganza.
Sí, y es además una de las mejores puertas de entrada a King para alguien que dice no leer terror, porque de terror sobrenatural acá no hay nada. Es corta, es implacable y no envejeció, en parte porque el reality show que imaginó en 1966 le fue quedando cada vez más cerca a la realidad. Le pongo un 9: pierde algo por el desgaste del tramo medio y por un mundo apenas esbozado, y gana todo lo demás por una premisa perfecta ejecutada sin una sola concesión.
Si querés seguir por acá: la ficha completa está en La larga marcha, el hermano temático es El fugitivo, y si lo que te interesa es la violencia social sin monstruos, Barton George Dawes —el protagonista de Carretera maldita— es el personaje más triste que King firmó como Bachman. La historia de por qué retiró «Rabia» de circulación completa el panorama de esos años.
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