
Reseña de Fin de guardia, de Stephen King
«Fin de guardia»: el cierre imperfecto que King le debía a Bill Hodges
Fin de guardia cierra la Trilogía Bill Hodges con una promesa y una traición. La promesa es resolver la cuenta pendiente entre Bill Hodges y Brady Hartsfield, el asesino del Mercedes que lleva dos novelas postrado en una cama de hospital. La traición es el género: King arrancó esta serie como un policial puro, sin un solo elemento sobrenatural, y en esta tercera entrega le inyecta telepatía, telequinesis y posesión de cuerpos. Publicada el 7 de junio de 2016 por Scribner, con 432 páginas en la edición original, la novela divide a los lectores de la trilogía exactamente por esa costura. Elizabeth Hand, en su reseña para The Washington Post, resumió lo que funciona: se termina el libro sintiendo una gran empatía por su protagonista.
Brady Hartsfield ya no necesita un coche
La premisa es incómoda a propósito. Hartsfield lleva años en estado vegetativo en el hospital, aparentemente destruido por el golpe que Holly Gibney le dio al final de Mr. Mercedes. Pero algo cambió adentro: después de la lesión cerebral, Brady descubrió que podía mover objetos con la mente y, peor, que podía entrar en la cabeza de ciertas personas susceptibles y manejarlas como títeres. King planta la semilla de esto al final de Quien pierde paga — el cuadro que se cae solo, el grifo que se abre sin que nadie lo toque — y acá la hace crecer hasta convertirla en el motor de la trama.
Desde su cama, Brady crea una aplicación de videojuegos hipnótica que potencia la sugestionabilidad del usuario. Una vez que los tiene bajo control, los empuja al suicidio. Sus objetivos son los mismos adolescentes que sobrevivieron al atentado que él planeó contra el concierto en Mr. Mercedes. La imagen es perturbadora: un asesino que ya no puede moverse y que sin embargo sigue matando, a distancia, con la mente y una pantalla. King, que nunca ocultó su desconfianza hacia la tecnología — sus máquinas llevan décadas rebelándose, como documenta el artículo sobre sus máquinas asesinas —, encuentra acá un cruce entre lo sobrenatural y lo digital que se siente más actual de lo que era en 2016.
El problema es que la trilogía no preparó este salto. Mr. Mercedes era un thriller donde el mal tenía las manos sucias y los pies en el suelo. Quien pierde paga seguía en ese registro, salvo por un par de señales en el último capítulo. Y de golpe, en Fin de guardia, el villano puede poseer cuerpos ajenos y mover vasos con el pensamiento. El lector que llegó hasta acá por el policial tiene que aceptar un cambio de reglas en el último tomo, y no todos están dispuestos. La reseña de Kirkus capturó el tono general: lo llamó una novela desenfrenadamente violenta que vuelve al registro de horror, y a algunos lectores eso les pareció exactamente lo que faltaba y a otros les pareció una ruptura de contrato.
Hodges contra el reloj, dos veces
Lo que salva la novela del riesgo de sentirse como un libro de poderes psíquicos injertado en una serie policial es Hodges. King le da cáncer de páncreas al detective retirado desde el primer capítulo. No es un giro dramático: es un dato clínico, frío, que Hodges acepta con la misma obstinación práctica con la que investigaba crímenes. Le quedan meses, y lo sabe.
Eso cambia la textura de todo. La carrera contra Brady no es solo una investigación: es la última. Hodges no puede esperar refuerzos, no puede tomarse tiempo, no puede delegar. Su cuerpo se está apagando mientras el enemigo, paradójicamente, se vuelve más fuerte desde su propia cama de hospital. Janet Maslin, en su reseña para The New York Times, lo señaló: cuando King escribe sobre el dolor en esta novela, lo hace con una honestidad asombrosa.
Holly Gibney carga buena parte del peso operativo. La mujer que en Mr. Mercedes apenas podía salir de su casa sin permiso de su madre y que en Quien pierde paga empezó a despegar como investigadora, acá se convierte en la socia que Hodges necesita y en la persona que va a tener que seguir cuando él no esté. Su arco a lo largo de la trilogía — de personaje secundario tímido a detective competente y valiente — es uno de los logros más limpios de la serie, y el artículo sobre la evolución de Holly lo documenta en detalle. King le dedicaría después tres novelas propias, y el germen de todo eso está acá.
El giro sobrenatural: lo que gana y lo que pierde
La decisión de introducir poderes psíquicos en el cierre de una trilogía policial no es un capricho. King lleva toda su carrera escribiendo sobre mentes peligrosas: desde Carrie White hasta Danny Torrance, desde Charlie McGee hasta los niños de El instituto. En su universo, los poderes psíquicos siempre tuvieron un precio, y el de Brady es coherente con esa tradición: la lesión cerebral que debería haberlo anulado le dio algo a cambio, pero ese algo lo consume. No es un superhéroe; es un enfermo terminal que encontró una forma nueva de hacer daño.
Lo que gana la novela con el giro es escala. Un Brady limitado a manipulaciones desde una cama de hospital, sin poderes, habría dado para una novela de intriga carcelaria, no para el cierre de una trilogía que necesita una confrontación final. El Brady telepático es un enemigo que puede estar en cualquier parte, en cualquier persona, y eso le da a Hodges y a Holly un adversario a la altura del último acto.
Lo que pierde es coherencia tonal. El lector que disfrutó de la mecánica policial de los dos primeros tomos — las pistas, los interrogatorios, la lógica deductiva — se encuentra con un villano que opera fuera de esas reglas. No hay forma de investigar la telepatía: o la aceptás o no. Alison Flood, en su reseña para The Guardian, fue más generosa: describió la novela como una cacería que escala a un ritmo aterrador hasta una confrontación sangrienta. Y es verdad que, si uno acepta las nuevas reglas, el último tercio funciona como un thriller de terror con reloj: Hodges muriéndose, Brady fortaleciéndose, Holly en el medio.
La serie de televisión y cómo se lee hoy
La adaptación televisiva llegó por la vía de Mr. Mercedes, la serie que Audience Network produjo con Brendan Gleeson como Hodges y Harry Treadaway como Brady. La segunda temporada, estrenada el 22 de agosto de 2018, adaptó material de Fin de guardia e incorporó los elementos sobrenaturales de la novela. La serie duró tres temporadas, y Gleeson le dio a Hodges una gravedad física que la novela describe pero que en la pantalla se vuelve otra cosa: un hombre grande y cansado que ya no puede correr pero se niega a parar.
Fin de guardia se lee hoy como el cierre necesario pero imperfecto de una trilogía que fue mejor que la suma de sus partes. Mr. Mercedes presentó un villano memorable y un detective que no se parecía a ningún otro personaje de King. Quien pierde paga amplió el mundo con una historia de lectores obsesivos que funcionaba casi sola. Fin de guardia tiene la tarea más difícil — cerrar todo, despedir a un personaje que el lector quiere y darle al villano un final proporcional a lo que hizo — y la cumple con más fuerza emocional que elegancia. El arco de Hodges se cierra con dignidad, el de Holly se abre hacia el futuro, y Brady Hartsfield recibe lo que le corresponde. Que King haya necesitado la telequinesis para llegar ahí es la objeción legítima, y también la que menos importa cuando uno está leyendo las últimas cincuenta páginas.
La ficha completa del libro, con la sinopsis y los datos de edición, está en la página de Fin de guardia. Para las reseñas de los tomos anteriores: la reseña de Mr. Mercedes y la reseña de Quien pierde paga. Y para seguir la historia de Holly Gibney desde sus orígenes hasta sus novelas propias, el artículo Holly Gibney: la detective que se robó el universo de King.
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