19 de junio de 1999: el accidente que reescribió la obra de Stephen King
Una caminata de rutina por una ruta de Maine estuvo a punto de terminar con su vida. Lo que vino después —una novela escrita a mano, una saga terminada a contrarreloj y el autor metiéndose dentro de su propio libro— cambió su obra más que cualquier decisión literaria que haya tomado.

Casi todas las bisagras en la carrera de un escritor son decisiones: cambiar de género, dejar una editorial, animarse a un libro que da miedo escribir. La de Stephen King no fue una decisión. Fue una camioneta.
Lo que pasó en la ruta
El 19 de junio de 1999, King hacía lo mismo que hacía todas las tardes: caminar por la ruta, cerca de la casa que tiene en North Lovell, Maine. Bryan Smith venía manejando una furgoneta por ese camino y se distrajo con su perro, que iba suelto dentro del vehículo. Cuando volvió a mirar la ruta, King estaba adelante.
El parte médico da una idea de la violencia del impacto: la pierna derecha con múltiples fracturas, la cadera rota, varias costillas quebradas, un pulmón perforado y una herida en la cabeza. Pasó por cinco operaciones y los médicos calcularon hasta nueve meses de rehabilitación. Estuvo en silla de ruedas y empezó fisioterapia antes de poder volver a apoyar la pierna. Smith fue imputado por conducción temeraria y agresión agravada; se declaró culpable del cargo menor y recibió seis meses de prisión en suspenso más un año sin licencia. Murió en el año 2000.
Una lapicera en lugar de un teclado
El detalle que mejor explica lo que vino después es puramente físico: King no podía sentarse frente al escritorio el tiempo necesario para tipear. Cinco meses después del accidente seguía con la pierna en una férula que le dolía y con una adicción al OxyContin instalándose de a poco. Así que agarró una pluma Waterman de cartucho y un cuaderno, y escribió a mano el primer borrador completo de «El cazador de sueños», entre noviembre de 1999 y mayo de 2000.
No es un dato de color. Escribir a mano una novela de esa extensión lo obligó a un ritmo distinto: más lento, más cerca de cada palabra. King diría después que la experiencia lo puso en contacto con el lenguaje como no lo estaba hacía años, y llamó a esa pluma, sin ironía, el mejor procesador de textos del mundo. El accidente le sacó la velocidad, que había sido su marca registrada durante veinticinco años, y le devolvió otra cosa.
Terminar la Torre antes de que fuera tarde
El otro efecto fue menos técnico y más existencial. King llevaba desde los años setenta escribiendo «La Torre Oscura» a un ritmo que se medía en décadas, con años entre un volumen y otro. Sobrevivir a un accidente que lo pudo matar lo puso frente a una cuenta pendiente muy concreta: si se moría, esa historia quedaba sin final, y sus lectores se quedaban sin la Torre.
La reacción fue escribir los tres últimos volúmenes uno detrás de otro, sin pausa, para asegurarse de terminarlos. «Lobos del Calla», «Canción de Susannah» y «La Torre Oscura» se publicaron entre 2003 y 2004; los tres en menos de un año. Una saga que había tardado treinta años en llegar al quinto tomo se cerró en un envión. Que a muchos lectores el final no los haya conformado es otra discusión: sin el 19 de junio de 1999, es razonable pensar que ese final no existiría.
Meterse dentro del propio libro
Y después hizo la maniobra más extraña de su carrera: se escribió a sí mismo dentro de la historia. En «Canción de Susannah», Roland y Eddie cruzan a nuestro mundo y van a buscar a un escritor llamado Stephen King, que está bloqueado y le tiene miedo al libro que debería estar escribiendo. Roland lo hipnotiza y le da una instrucción: escuchá la canción de la Tortuga, y cuando la oigas, escribí.
El accidente también entra en la ficción, pero corregido. En los últimos tomos, cuando la camioneta va a atropellar a King, Jake Chambers se interpone y lo empuja fuera del camino. El chico salva al autor. Es difícil imaginar una imagen más transparente de lo que un escritor le debe a sus propios personajes, y King la puso en la página sin ningún pudor.
La segunda carrera
Todo lo que King escribió después lleva la marca de ese día. La conciencia de la muerte propia, que antes era un tema que manejaba desde afuera, pasó a ser el motor de sus libros siguientes: la viudez imaginada de «La historia de Lisey», la mutilación y el arte de «Duma Key», la pregunta sin consuelo de «Revival». El escritor que a los treinta años inventaba monstruos para asustar a otros se convirtió, después de los cincuenta, en uno que escribe sobre el cuerpo que falla y el tiempo que se acaba.
Hay una ironía que King debe haber notado antes que nadie. Se pasó la vida escribiendo sobre gente común a la que le pasa algo espantoso, sin aviso, en un lugar corriente. En junio de 1999 le tocó ser el personaje. Y como buen profesional, tomó notas.
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