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En 1978, en Boulder, se le rompió el auto a Stephen King. Volviendo a pie a buscarlo, al atardecer, cruzó un puente de madera y pensó en un troll ahí abajo, como en el cuento de los tres chivitos. Lo cuenta en su sitio oficial, donde además aclara qué hizo con esa idea los siete años siguientes: nada. «Una buena idea es como un yo-yo: puede llegar hasta la punta del piolín, pero no se muere ahí, solo duerme.»
Lo que la despertó fue el recuerdo de la biblioteca de Stratford, Connecticut, donde King sacaba libros de chico. La sala infantil y la de adultos estaban unidas por un pasillo corto. Y ahí entendió qué tenía entre manos: «el pasillo era también un puente, uno que todo chivito de chico tiene que arriesgarse a cruzar para volverse adulto». En el verano de 1981 se sentó a escribir: o escribía sobre el troll del puente, dice, o lo dejaba ahí para siempre.
Esa imagen es la novela entera. Las 1.138 páginas de la primera edición de Viking, del 15 de septiembre de 1986, son la ampliación de un tramo corto de alfombra entre dos salas de una biblioteca de pueblo. Y de ahí sale todo: lo mejor de It es haber encontrado una forma narrativa para ese pasillo, y lo peor es haber bajado a la alcantarilla a señalarlo con el dedo.
King no alterna capítulos con buenos modales. Corta en el medio de una escena: Bill adulto levanta la vista en una esquina de Derry y el párrafo siguiente es Bill de once años en esa misma esquina, sin aviso ni transición. Las dos líneas —1957-1958 y 1984-1985— no corren en paralelo: se pisan. La novela no explica que la memoria funciona como una interrupción; la ejecuta como interrupción.
Ese entrelazado no es un adorno estructural, es el argumento: los Perdedores adultos no se acuerdan de su infancia porque el pueblo se las borró, y el lector la tiene enfrente todo el tiempo. Sabemos más que ellos sobre ellos mismos, y esa asimetría mueve las primeras setecientas páginas. Es también la razón por la que ninguna adaptación pudo con el libro: Andy Muschietti resolvió el problema haciendo dos películas, una por línea temporal — It (2017), en su momento la de terror más taquillera de la historia con más de 700 millones de dólares, y It: Capítulo 2 (2019). Funciona como cine y pierde lo único irrepetible que tenía la novela.
El tercer reloj es Mike Hanlon: el único que se quedó, bibliotecario del pueblo —King no disimula nunca— y autor de los interludios sobre la historia de Derry. La fundición Kitchener, la banda Bradley, el incendio del Black Spot. Sin ellos, Eso es un monstruo con un ciclo de veintisiete años. Con ellos, es una función que el pueblo cumple.
La parte adulta arranca con un crimen de odio: tres adolescentes tiran a un hombre gay, Adrian Mellon, del puente al canal. King no lo inventó. El 7 de julio de 1984, en Bangor —la ciudad real que le sirve de molde a Derry, donde él vivía con su familia—, tres adolescentes tiraron a Charlie Howard del puente de State Street al Kenduskeag. «Cuando empecé a escribir It, el asesinato de Howard acababa de pasar. Lo tenía fresco y encajaba con mi idea de Derry como un lugar donde pasaban cosas terribles», declaró al Bangor Daily News. Otra vez un puente: en este libro nunca es casualidad.
Ahí está la tesis moral de la novela, bastante más incómoda que cualquier payaso: Eso no obliga a nadie. Sugiere, aprovecha, se alimenta. Los que tiran a Mellon al agua son vecinos. El padre de Beverly es su padre. La crueldad de Henry Bowers no necesita ninguna explicación sobrenatural. Pennywise no es el villano de It: es el síntoma de un pueblo que cada veintisiete años necesita una amnesia colectiva para poder seguir yendo a trabajar el lunes. El terror del libro no es que haya un monstruo abajo de Derry. Es que Derry lo prefiere así.
Y después está el último tramo, donde King hace lo que hace siempre: le pone cuerpo a algo que funcionaba mejor sin cuerpo. El Ritual de Chüd, la Tortuga, el Macroverso, la araña. Una entidad que durante ochocientas páginas fue la forma que toma tu peor miedo termina siendo un bicho con patas y huevos. Es la versión menos aterradora de todo lo que el libro venía construyendo, y no es culpa de la miniserie de 1990 con Tim Curry, a la que se le suele achacar ese final: está en el libro.
Y está la escena de la alcantarilla. Después de la primera pelea, perdidos en los túneles, Beverly —once años— tiene sexo con los seis chicos, uno tras otro, para que el grupo encuentre la salida. King la explicó más de una vez. En 2013, a través de su oficina, contestó en el foro de su sitio oficial que no estaba pensando en el aspecto sexual: el libro trataba sobre la infancia y la adultez, y el acto conectaba las dos — «otra versión del túnel de vidrio que conecta la biblioteca infantil con la de adultos». Agregó que los tiempos cambiaron y que hoy hay más sensibilidad con el tema. En 2017 le dijo a Vulture que le resultaba fascinante que se comentara tanto esa única escena de sexo y tan poco los múltiples asesinatos de chicos.
La explicación es exacta y no alcanza. Es exacta porque la escena es, al pie de la letra, el pasillo de la biblioteca: la misma imagen de la que nació la novela, ejecutada sin traducir. Y no alcanza porque contesta una objeción moral con un argumento de arquitectura. Que una escena cierre el esquema no la vuelve necesaria. El libro ya había dicho lo mismo mucho mejor y varias veces —en la batalla de piedras, en el dique del arroyo, en la casa de Neibolt Street—: que la única salida es el grupo, y que salir cuesta. La escena no agrega: subraya, y subraya usando lo único que las mil páginas anteriores tratan con cuidado, que es el cuerpo de estos chicos. No es un tabú roto, es un error de criterio. Y la respuesta de 2017, con toda la puntería que tiene, esquiva el punto: los asesinatos los comete Eso; la escena la escribió él.
It fue el libro más vendido de Estados Unidos en 1986 según Publishers Weekly y ganó el British Fantasy Award al año siguiente, y ninguna de las dos cosas explica por qué se sigue leyendo. Se sigue leyendo por las setecientas páginas del medio: el verano del 58, la banda de chicos, el barrio, la bicicleta de Bill, el terror concreto de tener once años y que ningún adulto te crea. Eso no tiene equivalente en la obra de King ni en casi ninguna otra. Que el último tercio se desinfle no lo cancela, y que el medio sea enorme no salva el último tercio. Cualquier reseña que elija una sola de las dos cosas miente.
Si nunca leíste a King, no empieces por acá, y no por miedo: por logística. Mil ciento treinta y ocho páginas y un final flojo son una pésima primera cita. Si ya lo leíste, es obligatoria: Derry vuelve en Insomnia, Dreamcatcher, 22/11/63 y, desde octubre de 2025, en la precuela de HBO IT: Bienvenidos a Derry. Todo ese pueblo se entiende mejor después de haber estado en los túneles.
Y si la leíste a los quince y lo único que te quedó es la araña, releela. Te va a pasar lo mismo que a los Perdedores, que volvieron a Derry convencidos de que se acordaban.
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