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Hay un dato que conviene tener a mano antes de abrir este libro: King lo eligió como su favorito. No de pasada ni una sola vez —lo dijo en la entrevista de Playboy de junio de 1983 y lo repitió en 1987, en la revista The Highway Patrolman, con una frase que explica la novela mejor que cualquier sinopsis: «En cierto modo es mi historia favorita, sobre todo por lo que dice de los pueblos chicos. Ahora mismo son una especie de organismo que se está muriendo».
Fijate lo que no dice. No dice «por lo que dice de los vampiros». El misterio de Salem's Lot se publicó el 17 de octubre de 1975 en Doubleday, un año después de Carrie, y es dos cosas a la vez: la novela de vampiros de King y el libro donde encontró el procedimiento que iba a usar durante el resto de su carrera. Poner un pueblo entero abajo del microscopio y esperar a que se pudra.
Es su segunda novela publicada y ya está casi todo el catálogo: el chico que entiende antes que los adultos, el escritor que vuelve al lugar del que se fue, el pueblo de Maine con su censo de rencores viejos. Lo que todavía no está —y es exactamente por eso que el libro se sostiene tan bien— es la seguridad. Se le nota a alguien probando si el truco funciona.
El origen lo cuenta el propio King en su sitio oficial, y es de una modestia casi decepcionante. Daba una materia de secundaria llamada Fantasía y Ciencia Ficción, y una de las novelas que enseñaba era Drácula. «Una noche, durante la cena, pregunté en voz alta qué pasaría si Drácula volviera en el siglo XX, a Estados Unidos», escribe. La respuesta se la dio Tabitha: «Probablemente lo atropellaría un taxi amarillo en Park Avenue y lo mataría». Ahí se terminó la conversación, pero no la idea. King acabó concluyendo que su mujer tenía razón si el conde aterrizaba en Nueva York; la pregunta que le quedó dando vueltas fue la otra. ¿Y si aparecía en un pueblito de campo, dormido?
El título tardó en llegar. La novela se llamó primero Second Coming; Tabitha le sugirió cambiarlo a Jerusalem's Lot, y los editores lo acortaron a 'Salem's Lot porque el anterior les sonaba demasiado religioso. Fue una decisión comercial que resultó correcta por razones literarias: «'Salem's Lot» es como lo dicen los que viven ahí, con la contracción y la pereza de la boca incluidas. Desde la tapa, el libro ya habla con el acento del pueblo.
Lo que separa a esta novela del resto del subgénero es cómo reparte el tiempo. Durante tramos largos no pasa nada vampírico: pasa el camión de la leche, pasa la inmobiliaria, pasa el colectivo escolar, pasa una vecina mirando por la ventana lo que hace la otra. King se toma capítulos enteros en censar Jerusalem's Lot casa por casa —con sus deudas, sus infidelidades y sus chismes— antes de dejar que nadie muerda a nadie.
Ese armado es lo que después habilita el efecto principal, y es un efecto de contabilidad: cuando el pueblo empieza a caer, ya sabés quién falta. Cada desaparición resta un nombre de una lista que el lector aprendió de memoria sin darse cuenta de que la estaba aprendiendo. Un pueblo genérico habría producido un titular; este produce un velatorio.
Se puede leer, además, como una novela sobre la negación administrada. Nadie en Salem's Lot niega los hechos: los reencuadra. Se fue a la ciudad, se lo llevó el padre, estará con gripe. Da la impresión de que King entendió antes que muchos que el terror colectivo no funciona por ignorancia sino por comodidad: siempre hay disponible una explicación más barata, y el pueblo la elige. Ben Mears y Mark Petrie no pelean solo contra Kurt Barlow; pelean contra la vecindad entera, que prefiere no enterarse.
El propio King fechó ese miedo. En «The Fright Report», publicado en la revista Oui en enero de 1980, dijo: «Escribí 'Salem's Lot durante el período en que sesionaba el comité Ervin… el horror no terminaría nunca… Toda novela es hasta cierto punto un retrato psicológico involuntario del novelista, y creo que la obscenidad indecible de 'Salem's Lot tiene que ver con mi propia desilusión y con el miedo por el futuro que vino con ella. En cierto modo, está más emparentada con La invasión de los usurpadores de cuerpos que con Drácula. El miedo detrás de 'Salem's Lot parece ser que el Gobierno invadió a todo el mundo».
El comité Ervin era el del Senado que investigaba el caso Watergate. La lectura es de King y conviene tomarla en serio, porque reordena el libro: si el vampiro es un ocupante que va convirtiendo vecinos de a uno hasta que el pueblo entero es otra cosa con la misma cara, entonces la novela no está adaptando a Stoker. Está adaptando el clima político de 1974, con dientes.
Le veo dos problemas, y el primero es Barlow. Como amenaza atmosférica es perfecto; como personaje que habla, se desinfla. Cada vez que abre la boca suena a villano de ópera, y el pueblo —que venía siendo lo mejor del libro— pasa a segundo plano para hacerle lugar. Es un problema que la miniserie de 1979 resolvió por la vía radical, y a eso llegamos enseguida.
El segundo es el último tercio. La novela pasa de radiografía social a procedimiento: estacas, crucifijos, agua bendita, quién entra a qué sótano y con qué. Está bien ejecutado, pero es un libro distinto del que veníamos leyendo y el cambio de marcha se siente. A mí me funciona bastante menos, y no por falta de tensión: lo que hacía nueva a esta novela era justamente no ser eso.
Hay también un detalle de escritura de época. Es un escritor todavía joven que a veces subraya lo que ya había mostrado: explica el símbolo dos párrafos después de haberlo clavado. Se perdona sin esfuerzo, pero está.
Ben Mears y Mark Petrie terminan destruyendo a Barlow y huyendo del pueblo. Y ahí King hace la jugada que, a mi juicio, justifica el libro entero: el epílogo los trae de vuelta un año después, y no vuelven a rescatar a nadie. Vuelven a prenderle fuego a Salem's Lot.
No es un final feliz disfrazado ni una purificación. Es la admisión de que el pueblo era irrecuperable, y de que probablemente lo era desde antes de que nadie se mudara a la Casa Marsten: matar al vampiro no devuelve a los vecinos. Lo único que se puede hacer con Jerusalem's Lot es borrarlo del mapa. Es una conclusión bastante más dura que la que suele recordarse de esta novela, y explica por qué el libro sigue incomodando medio siglo después.
La versión que casi todo el mundo recuerda es la miniserie de CBS de 1979, dirigida por Tobe Hooper y emitida en dos partes el 17 y el 24 de noviembre, con David Soul como Ben Mears, James Mason como Straker, Lance Kerwin como Mark Petrie y Reggie Nalder como Barlow. Ahí está la decisión que la volvió memorable: el productor Richard Kobritz convirtió al Barlow culto y parlanchín del libro en un monstruo mudo. Lo explicó así: «Volvimos al viejo concepto alemán del Nosferatu, donde él es la esencia del mal, y no algo romántico ni empalagoso». Sacarle la voz le arregló al personaje el problema que tiene en la novela. La miniserie se llevó tres nominaciones a los Emmy de 1980: diseño gráfico y secuencias de títulos, maquillaje y composición musical.
Después vinieron A Return to Salem's Lot (1987), la secuela apócrifa de Larry Cohen; la miniserie de TNT de 2004, dirigida por Mikael Salomon; y Chapelwaite (Epix, 2021), que no adapta la novela sino el relato «Jerusalem's Lot». La más reciente es la película que Gary Dauberman escribió y dirigió para Max, estrenada el 3 de octubre de 2024, con Lewis Pullman como Ben Mears y Pilou Asbæk como Barlow. Le fue tibio: 46 % de críticas positivas sobre 103 reseñas en Rotten Tomatoes, con una media de 5,3 sobre 10. El problema de fondo parece estructural, y lo arrastra cualquier versión en formato película: lo que hace grande al libro es el tiempo que le dedica al pueblo, y el tiempo es lo primero que se cae cuando hay que entrar en dos horas. Vale la pena mirarlo contra el resto de las adaptaciones de King para ver que el patrón se repite.
Jerusalem's Lot tiene más literatura de la que parece. En El umbral de la noche (Doubleday, 17 de febrero de 1978) hay dos relatos del mismo territorio: «Jerusalem's Lot», que se publicó por primera vez en ese libro y funciona como precuela epistolar, y «One for the Road», aparecido antes en la revista Maine en el número de marzo-abril de 1977, que cuenta lo que pasó después.
Y está el hilo largo. El padre Donald Callahan, el cura alcohólico cuya fe flaquea en el momento exacto en que no debería, no se queda en esta novela. King lo recupera veintiocho años más tarde en La Torre Oscura V: Lobos del Calla: aparece primero como indigente en Nueva York, descubre que puede detectar vampiros y se dedica a cazarlos, hasta que despierta en Mundo Medio y Roland lo encuentra en el pueblo de Calla Bryn Sturgis. Lo acompaña hasta el final de la saga. Es probablemente el mejor rescate de un personaje secundario en toda la obra de King.
Si venís de It o de El resplandor, esta es la novela que las hizo posibles: el mismo motor —un lugar que enferma y una comunidad que prefiere no mirar— pero todavía en versión chica y sin red. Y si arrancaste por Carrie, es el paso siguiente natural, porque es donde King deja de escribir sobre una persona y empieza a escribir sobre un mapa.
Puntuación: 8,5. Le descuento el último tercio y le perdono todo lo demás. Medio siglo después, Jerusalem's Lot sigue siendo el mejor personaje que King escribió antes de inventar Derry.
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