
Reseña de Joyland, de Stephen King
«Joyland»: el verano que define una vida entera
Joyland es una novela de Stephen King publicada el 4 de junio de 2013 por Hard Case Crime, la editorial de género policial que ya había sacado The Colorado Kid en 2005. Tiene 288 páginas en la edición original, salió primero en paperback — sin edición digital, porque King quería que se comprara en papel — y fue nominada al Edgar Award 2014 en la categoría de Best Paperback Original. Es una novela breve para los estándares de King, y esa brevedad le sienta bien: no hay una página de relleno, no hay subtramas que se pierdan, no hay un final que necesite doscientas páginas para llegar. Joyland dice lo que tiene que decir y se calla.
La historia está contada desde la memoria de Devin Jones, un estudiante universitario de veintiún años que en el verano de 1973 consigue trabajo en Joyland, un parque de atracciones en la costa de Carolina del Norte. Devin llega con el corazón roto — su novia Wendy acaba de dejarlo — y con la necesidad de estar lejos de todo lo que le recuerde a ella. Lo que encuentra es un trabajo físico, ruidoso, lleno de jerga carnavalesca, y una comunidad de gente que vive de hacer felices a desconocidos durante unas horas. También encuentra un misterio: años atrás, una chica llamada Linda Gray fue asesinada en la Casa del Horror del parque, y su fantasma sigue ahí.
De qué va: un verano, un fantasma y un chico en silla de ruedas
King dijo en una entrevista en NPR Fresh Air, el 28 de mayo de 2013, que la novela nació de una imagen que llevaba veinte años en la cabeza: un niño en silla de ruedas volando un barrilete con forma de Jesús en una playa. Esa imagen es el centro emocional de la novela. A medida que el verano avanza, Devin conoce a Annie Ross, una mujer reservada que vive cerca del parque con su hijo Mike, un chico de diez años con distrofia muscular que se desplaza en silla de ruedas. Mike tiene algo que la novela nunca nombra del todo: una percepción de las cosas que va más allá de lo ordinario, algo que conecta con la tradición de los niños con el resplandor que atraviesa la obra de King.
El misterio del asesinato de Linda Gray avanza de fondo, sin apuro. Erin, una compañera de trabajo de Devin, investiga el caso y descubre que la muerte de Linda no fue un hecho aislado: hay un patrón de asesinatos similares que la policía nunca conectó. Pero Joyland no es un policial clásico. La investigación importa menos que lo que pasa alrededor de ella: Devin que aprende el lenguaje del parque y descubre que tiene un talento natural para vestir el traje de Howie el Perro Feliz, la mascota de Joyland; Devin que salva a una nena de atragantarse y se gana la confianza del dueño del parque; Devin que se acerca a Mike y a Annie con la torpeza de alguien que no sabe bien qué ofrecer.
El desenlace llega en invierno, cuando el parque está cerrado y Devin se ha quedado como cuidador. El asesino resulta ser alguien del entorno inmediato — Lane Hardy, el operador de la rueda de la fortuna con quien Devin trabajó todo el verano —, y la revelación se resuelve en una escena corta y violenta durante una tormenta. Mike muere en primavera, y la novela termina con Devin volviendo a la universidad, más viejo de lo que sus años dicen.
Lo que funciona: la nostalgia que no miente
Lo mejor de Joyland es su tono. King escribe desde la voz de un Devin viejo que mira hacia atrás, y esa distancia le da a cada escena un peso que no tendría si estuviera contada en presente. Sabemos que el verano se va a terminar, sabemos que Mike no va a curarse, sabemos que hay algo que Devin no recupera nunca. Pero no es una novela triste: es una novela que sabe que ciertas cosas no vuelven y lo dice sin autocompasión. The Guardian la definió como «un libro mucho más amable, más profundo y más reflexivo de lo que aparenta», más cercano al tono de The Body que al del King de terror (Alison Flood, 22 de junio de 2013). Es una descripción precisa.
La ambientación es el otro punto fuerte. King ambienta la novela en los años setenta y en un parque de atracciones que ya era viejo cuando Devin llegó, y la combinación genera una doble capa de nostalgia: la del personaje por su juventud y la de la novela por un tipo de entretenimiento que ya casi no existe. El lenguaje del parque — «carnie», «rubes», «wearing the fur» para referirse a vestir el traje de mascota — es tan específico que la Los Angeles Review of Books le dedicó un párrafo entero, elogiando el «placer casi delirante» de leer esa jerga y acostumbrarse a ella (Max Winter, 30 de julio de 2013). King se tomó el trabajo de investigar cómo habla la gente de los parques itinerantes, y se nota: el mundo de Joyland tiene textura.
Mike es el personaje que ancla emocionalmente la novela. Un chico que sabe que se va a morir, que no se queja, que tiene una inteligencia perceptiva que desarma a todos los adultos que lo rodean. No es un personaje construido para dar lástima — King no cae en eso —, sino alguien cuya presencia obliga a Devin a medir lo que importa contra lo que no. La escena en que Devin organiza un día privado en el parque para Mike, con los empleados que quedan sacando todas las atracciones del letargo, es una de las mejores que King escribió en toda la década. Es pura generosidad: gente haciendo algo hermoso para alguien que lo necesita, sin ningún motivo ulterior.
Lo que no funciona: el misterio como pretexto
El problema de Joyland es que tiene un misterio que no está a la altura de lo que lo rodea. El asesinato de Linda Gray es el motor nominal de la trama, pero King lo trata como un trámite. La investigación de Erin ocurre fuera de escena. Las pistas son escasas y no construyen tensión. Y la revelación del asesino — Lane Hardy, el compañero amable de la rueda de la fortuna — llega tan tarde y se resuelve tan rápido que no tiene el peso dramático que la novela necesitaría para que ese hilo justifique su existencia.
No es que el misterio esté mal ejecutado: es que nunca fue el centro de la novela, y King no se esforzó en disimularlo. Para quien llega buscando un policial, el libro va a ser una decepción. Para quien entiende que la novela es sobre otra cosa — sobre crecer, sobre perder, sobre veranos que definen una vida — el misterio es el andamiaje que sostiene lo que importa, y cumple su función sin brillar. Es un recurso narrativo, no un fin.
El otro punto débil es el elemento sobrenatural. Linda Gray como fantasma funciona en el tono de la novela, pero la capacidad psíquica de Mike queda en un terreno ambiguo que no se resuelve ni se explora. King tiene novelas enteras sobre niños con percepciones especiales — Danny Torrance, Charlie McGee, Abra Stone — y en esas novelas el don se desarrolla, tiene consecuencias y tiene reglas. En Joyland, Mike simplemente sabe cosas, y eso se acepta sin cuestionamiento. Funciona dentro de los límites de una novela corta, pero deja la sensación de que hay algo que King eligió no contar.
Un King distinto, y de los buenos
Joyland no es una novela de terror. No es un policial. No es exactamente una novela de misterio, aunque tenga uno. Es una novela de formación — un coming-of-age — disfrazada con una portada de pulp y publicada por una editorial de género negro. King la escribió como un homenaje a las novelas de bolsillo que leía de joven, y el formato le sirvió para hacer algo que rara vez hace: ser breve, ser contenido, no decir más de lo necesario.
Dentro de su obra, Joyland se conecta con la tradición de los veranos decisivos: el verano de 1958 de It, el viaje por las vías del tren de The Body, la temporada en el parque de The Colorado Kid. King vuelve una y otra vez a la idea de que hay un momento de la juventud que define todo lo que viene después, y Joyland es su versión más destilada de esa idea. También es una novela que dialoga con Revival — publicada un año después — en su tratamiento de la fe y de la muerte: donde Revival mira el abismo y no parpadea, Joyland mira la pérdida y encuentra algo que se parece a la gracia.
Walter Kirn, en su reseña para The New York Times del 20 de junio de 2013, la comparó con «un manojo de algodón de azúcar: llena la boca de dulzura esponjosa que se disuelve rápido cuando uno empieza a masticar». Es verdad, pero lo dijo como un elogio, y así hay que leerlo: Joyland no pretende ser la gran novela de nadie. Es un libro que se lee en dos tardes, que deja un gusto agridulce que dura más que la lectura, y que demuestra que King puede ser un escritor sutil cuando decide serlo. No es poco.
La ficha completa del libro, con la sinopsis y los datos de edición, está en la página de Joyland. Para más sobre cómo King escribe a los jóvenes y a los chicos que ven lo que los adultos no pueden, está el artículo sobre los niños en la obra de Stephen King. Y quien quiera otra novela breve de King con una fuerza que su tamaño no haría esperar, la reseña de La larga marcha es un buen lugar para seguir.
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