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Los niños de King: por qué la infancia es el territorio más oscuro de su obra

En It, Stand By Me, The Talisman y The Institute, los niños son los únicos que pueden ver el horror tal como es. No porque sean especiales, sino porque todavía no aprendieron a no mirar. King lo sabe desde que era uno de ellos, creciendo en un pueblo pequeño de Maine.

La casa de Stephen King en Broadway, Bangor, Maine — el mismo paisaje que alimentó su infancia y su obra (foto: Warren LeMay, CC BY-SA 2.0)

Hay una pregunta que estructura buena parte de la obra de Stephen King y que pocas veces se formula con claridad: ¿por qué son los niños quienes ven al monstruo? En It, Bill Denbrough y los Losers Club son los únicos en Derry capaces de percibir la verdadera naturaleza de Pennywise. En The Shining, Danny Torrance ve lo que el Overlook Hotel le hace a su padre antes de que el padre mismo lo sepa. En Firestarter, Charlie McGee no eligió sus poderes; simplemente los tiene, como un peso que el mundo de los adultos le exige que contenga o elimine. En The Institute, Luke Ellis y los otros niños secuestrados son seleccionados precisamente porque su cerebro hace algo que el de los adultos no puede hacer. El patrón es demasiado constante para ser accidental. La infancia, en King, no es un período de inocencia: es el período de la visión.

Durham, Maine: el origen de todo

Stephen King nació en Portland, Maine, en 1947, y pasó gran parte de su infancia en Durham, un pueblo pequeño del interior del estado. Su padre abandonó a la familia cuando King tenía dos años, y su madre —Nellie Ruth Pillsbury— lo crió junto a su hermano mayor David en condiciones económicas muy ajustadas, mudándose varias veces mientras trabajaba en empleos de baja remuneración. King ha hablado en numerosas entrevistas y en On Writing de esa infancia como formativa en un sentido muy concreto: en los pueblos pequeños de Maine, los niños tienen acceso a mundos que los adultos deciden no ver. Los bosques que bordean las ciudades. Los edificios abandonados. Las historias que circulan sobre lo que pasó en tal o cual casa. King absorbió todo eso y lo convirtió en la materia prima de su ficción.

No es casualidad que la mayoría de sus mejores novelas transcurran en Maine y que muchas de ellas estén narradas desde la perspectiva de un niño o de un adulto que recuerda con precisión dolorosa lo que fue ser niño. Derry es Durham multiplicado por todos los miedos que un pueblo pequeño puede generar en alguien que lo vive desde abajo, desde la altura de un niño que todavía no tiene el poder de ignorar lo que ve.

It y el Club de los Perdedores: la infancia como defensa

It (1986) es probablemente la novela más ambiciosa de King sobre la infancia, y su premisa central es paradójica: los niños pueden derrotar a Pennywise precisamente porque son niños. El miedo de los adultos es diferente: está racionalizado, domesticado, convertido en ansiedad o en superstición vaga. El miedo de los niños es directo, concreto, sin mediaciones. Y esa capacidad de mirar el horror de frente sin querer negarlo —esa disponibilidad a creerle a la experiencia— es la misma que les permite combatirlo.

El Club de los Perdedores —Bill, Beverly, Ben, Richie, Eddie, Mike y Stan— funciona también como un retrato de la amistad en la infancia tal como King la vivió: intensa, total, fundada en la exclusión del mundo adulto. Cuando de adultos regresan a Derry en 1985 para cumplir la promesa que se hicieron de niños, el problema no es el miedo: es que han olvidado cómo tener miedo correctamente. La civilización adulta les enseñó a suprimir exactamente la capacidad que los hacía peligrosos para Pennywise. King no lo dice con estas palabras, pero la implicación es clara: crecer es, entre otras cosas, perder algo.

El cuerpo y Stand By Me: el instante en que todo cambia

The Body (1982), el relato que Rob Reiner adaptó como Stand By Me (1986), es quizás el texto más transparente de King sobre la pérdida de la infancia. Gordie Lachance y sus amigos —Chris Chambers, Teddy Duchamp y Vern Tessio— recorren veinticinco kilómetros de vía de tren para ver el cadáver de un chico de su edad. El relato está narrado por Gordie adulto, que mira atrás con la conciencia de que ese viaje fue el último en el que los cuatro estuvieron juntos de verdad. Chris muere de adulto de forma absurda e injusta; Teddy acaba en la cárcel; Vern desaparece de la vida de Gordie. El viaje al cadáver es el viaje al fin de la infancia, y King lo sabe.

La frase final de The Body es una de las más citadas de toda la obra de King: 'I never had any friends later on like the ones I had when I was twelve. Jesus, does anybody?' La pregunta es retórica, pero también es la pregunta que sustenta todo el edificio de sus novelas sobre la infancia: algo de lo que fuimos a los doce años —la capacidad de estar completamente presentes, de creer en la amistad como si fuera el mundo entero— no puede recuperarse. El terror sobrenatural de King es, con frecuencia, el envoltorio de ese duelo más cotidiano.

The Talisman y The Institute: poderes que el mundo quiere controlar

The Talisman (1984, escrita con Peter Straub) y The Institute (2019) comparten una estructura básica: un niño con capacidades extraordinarias es puesto en movimiento —voluntariamente en el primero, por la fuerza en el segundo— a través de un mundo que quiere usar esas capacidades para sus propios fines. Jack Sawyer, el protagonista de The Talisman, tiene doce años y recorre el continente americano y su equivalente oscuro —los Territorios— para encontrar el objeto que puede salvar a su madre. Luke Ellis, el protagonista de The Institute, tiene doce años y es secuestrado por una organización que experimenta con niños telépatas para usarlos como armas.

En ambos casos, la infancia es el estado de máxima capacidad y máxima vulnerabilidad al mismo tiempo. Los niños de King tienen poderes que los adultos desearían tener y que, precisamente por eso, los adultos intentan controlar o destruir. La infancia, en este esquema, no es inocencia: es una forma de poder que el mundo todavía no ha conseguido domar. The Institute es, en muchos sentidos, la versión contemporánea y políticamente más explícita de esa idea: la institución que secuestra niños para usarlos como instrumentos de la política exterior estadounidense es el Estado visto desde la perspectiva de quien no tiene protección legal ni poder para resistir.

Por qué los niños ven lo que los adultos no pueden

King ha explicado en distintas entrevistas su teoría sobre los niños como protagonistas del horror. La versión más sencilla es práctica: los niños están en una posición de vulnerabilidad real en el mundo, lo que hace que el peligro al que se enfrentan en sus novelas sea inmediatamente creíble para el lector. Un adulto tiene recursos, conexiones, autoridad. Un niño tiene que hacer lo que puede con lo que tiene. Eso genera tensión narrativa de forma natural.

Pero hay una dimensión más profunda que King también ha señalado: los niños no han aprendido todavía el escepticismo que los adultos usan como mecanismo de defensa. Cuando un niño ve algo que no debería ser posible, lo registra como real. Cuando un adulto ve lo mismo, su primer instinto es buscar una explicación racional, descartar la experiencia, no hablar de ella para no quedar como un lunático. Esa diferencia es la que hace que los niños sean los protagonistas adecuados del horror: son los únicos que no mirarán para otro lado.

Cincuenta años después de Carrie, la primera novela de King publicada, los niños siguen siendo el centro de su universo. The Institute terminó con Luke Ellis sobreviviendo y escapando. Los Losers Club venció a Pennywise dos veces. Danny Torrance sobrevivió al Overlook. Pero en todos los casos la victoria tiene un costo: la infancia termina en el momento en que el monstruo es derrotado. No hay forma de ganar sin perder eso. Es la única verdad que King repite, con variaciones, desde que empezó a escribir.