Antes del monstruo llega la factura: el trabajo y el dinero en la obra de Stephen King
Sus personajes casi nunca son ricos y casi nunca pueden irse. King escribió durante años ganando 1,60 dólares la hora en una lavandería industrial, y esa experiencia dejó una marca que atraviesa toda su obra: en sus libros, la trampa se cierra por motivos económicos mucho antes de que aparezca lo sobrenatural.

Hay un detalle que se pasa por alto cuando se habla de Stephen King como «el rey del terror», y que sin embargo explica buena parte de por qué lo lee tanta gente: en sus libros, el monstruo llega segundo. Primero llega otra cosa, mucho más común y bastante menos sobrenatural. Primero llega el problema de plata.
Sus protagonistas no son millonarios excéntricos ni detectives con recursos infinitos. Son maestros de secundaria, empleadas domésticas, escritores que no venden, obreros de fábrica, gente que hace cuentas en la cabeza en el supermercado. Y —esto es lo decisivo— casi nunca pueden irse del lugar donde están pasando cosas horribles, porque irse cuesta dinero que no tienen.
1,60 dólares la hora
El origen de esa mirada no es literario sino biográfico. A principios de los setenta, King pasó varios veranos trabajando en la New Franklin Laundry, una lavandería industrial del barrio de las «tree streets» de Bangor, Maine. Ganaba 1,60 dólares la hora: unos 60 dólares por semana. Con los años lo describiría como el peor trabajo que tuvo en su vida.
Cuando dejó la lavandería fue para dar clases de inglés en Hampden Academy por 6.400 dólares al año, un ascenso que no alcanzaba para mucho: vivía en un tráiler doble con Tabitha y manejaba un Buick sostenido con alambre y cinta adhesiva. Para llegar a fin de mes también trabajó de conserje y atendiendo surtidores en una estación de servicio.
El detalle más elocuente es el de la máquina de escribir. King no tenía una propia: usaba la Olivetti portátil que Tabitha había comprado para la facultad, apoyada sobre un escritorio improvisado en el cuarto de lavado del tráiler, encajado entre el lavarropas y la secadora. Ahí escribió las primeras páginas de «Carrie», que terminaron en la basura hasta que Tabitha las rescató y le insistió en que siguiera.
La planchadora que se come a los obreros
La deuda con la lavandería quedó saldada de la manera más literal posible en «The Mangler», relato publicado en la revista Cavalier en diciembre de 1972 y recogido después en «El umbral de la noche». El monstruo del cuento es una planchadora industrial poseída que mastica a quienes la operan. No hace falta ser crítico literario para leer ahí lo que había: un tipo de veintipico, agotado, mirando una máquina enorme y caliente que podía sacarle una mano, e imaginando que la máquina quería hacerlo.
El mismo escenario reaparece, ya sin criatura sobrenatural, en «Roadwork», la novela que King publicó como Richard Bachman en 1981. Barton Dawes se entera de que una ampliación de autopista va a demoler dos cosas al mismo tiempo: la planta de lavandería donde trabaja y la casa donde vive. La novela no tiene monstruos; tiene un hombre al que le sacan el empleo y el techo por decisión administrativa, y que se atrinchera armado esperando a las topadoras. Es probablemente el libro más furioso que King escribió, y no es de terror.
Jack Torrance no puede irse del hotel
El caso más perfecto de esta mecánica es «El resplandor», y suele contarse mal. Jack Torrance no llega al Overlook porque sea un escritor bohemio buscando soledad: llega porque lo echaron. Daba clases en la escuela preparatoria Stovington, en Vermont; sacó del equipo de debate a un alumno, George Hatfield, y el chico se vengó rajándole las gomas del auto. Jack lo agarró in fraganti y le pegó delante de todos. Ese golpe le costó el puesto.
El trabajo de cuidador de invierno se lo consigue un amigo, Al Shockley, y Jack lo acepta con la esperanza de recomponer tres cosas a la vez: su familia, su carrera y una obra de teatro sin terminar. Es un hombre sin margen aceptando la única oferta disponible. Por eso funciona el encierro: cuando el hotel empieza a mostrar lo que es, la pregunta lógica —¿por qué no se van?— ya tiene respuesta desde el capítulo uno. No hay a dónde ir ni con qué. La nieve solamente termina de sellar una puerta que la economía había cerrado antes.
El terror de los que trabajan
Repasada así, la obra de King es también un catálogo de oficios mal pagos. Dolores Claiborne limpia la casa de una mujer rica durante décadas. Jake Epping, en «22/11/63», es profesor de secundaria. Los adultos de sus pueblos de Maine son mecánicos, camareras, empleados de comercio, policías de barrio. Cuando aparece alguien con mucho dinero —el millonario de «Un saco de huesos», el empresario de «Under the Dome»—, suele estar del lado del problema, no de la solución.
Ahí hay algo que el terror gótico clásico nunca tuvo y que explica el alcance de King mejor que cualquier análisis del miedo. El castillo y el conde perdieron potencia porque nadie vive en un castillo. La factura de la luz, el auto que no arranca, el jefe que puede echarte mañana: eso lo entiende todo el mundo, y el que lo escribió lo entendía de primera mano. King no bajó a la clase trabajadora para retratarla desde afuera; escribió desde adentro, mientras todavía estaba ahí, con la máquina de escribir prestada entre el lavarropas y la secadora.
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