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Cujo es la novela en la que King saca de la mesa todos sus monstruos y deja únicamente el mundo. Se publicó el 8 de septiembre de 1981 en Viking Press, con 319 páginas en su primera edición, y no tiene hotel embrujado, ni vampiro, ni entidad antigua debajo de las alcantarillas. Tiene un perro enfermo, un auto que no arranca y una tarde de calor. Con eso le alcanza y le sobra.
El libro funcionó de inmediato: se instaló bien arriba en las listas de más vendidos de Estados Unidos y ganó el Premio British Fantasy a la mejor novela en 1982 —el galardón que entonces llevaba el nombre de August Derleth—, además de quedar nominado al Locus y al Balrog. También entró en un ranking bastante menos honroso: según la Asociación Americana de Bibliotecas, fue el libro número 49 más cuestionado y prohibido en Estados Unidos entre 1990 y 1999.
Y es, además, el libro que su propio autor no recuerda haber escrito. En Mientras escribo King lo dice sin adornos: «Hay una novela, Cujo, que apenas recuerdo haber escrito. No lo digo con orgullo ni con vergüenza, solo con una vaga sensación de pena y de pérdida. Me gusta ese libro. Ojalá pudiera recordar haber disfrutado las partes buenas mientras las ponía en la página». Lo escribió en el peor tramo de su alcoholismo, un tema que en este sitio ya tratamos aparte en el artículo sobre las adicciones en su obra.
Verano de 1980 en Castle Rock, Maine. Los Trenton se habían mudado desde Nueva York en 1977 buscando lo de siempre: aire, espacio, un pueblo chico donde criar a un chico. Vic tiene una agencia de publicidad que se tambalea por un escándalo con una marca de cereales. Donna, su mujer, acaba de terminar un romance con Steve Kemp, un tenista local, y Vic se entera justo cuando el trabajo lo obliga a viajar. En el medio queda Tad, cuatro años.
Del otro lado del pueblo está Joe Camber, mecánico, que maltrata a su mujer Charity y a su hijo Brett, de diez. Charity gana cinco mil dólares en la lotería y los usa como moneda de cambio para arrancarle a Joe el permiso de llevarse a Brett a visitar a su hermana en Connecticut y mostrarle que existe otra vida posible. Joe acepta, y de paso planea su propia escapada a Boston con su vecino y compañero de póker, Gary Pervier.
Y está el perro. Cujo es un San Bernardo grande y manso, el perro de los Camber, que persigue a un conejo hasta una cueva pequeña y mete la cabeza adentro. Un murciélago le muerde el hocico y le pasa la rabia, contra la que nadie lo vacunó nunca. Entra en la fase prodrómica: se pone lento, se pone irritable. Y todos los que podían darse cuenta ya se fueron del pueblo.
Donna sube a Tad al Ford Pinto —que viene fallando hace semanas— y lo lleva al taller de Joe. El auto se muere en el patio de los Camber. No hay nadie en la casa. Hay un perro. A partir de ahí la novela se cierra sobre ese auto y no vuelve a abrirse: dos personas adentro, el sol arriba, y afuera algo que hasta hace un mes movía la cola.
El origen del libro es un episodio real y bastante menos épico de lo que uno esperaría. En la primavera de 1977, a King se le murió la moto camino a un taller en las afueras del norte de Bridgton, Maine. Lo contó con detalle en una entrevista con The Paris Review en 2006 —la número 189 de su serie «El arte de la ficción»— y en su propio sitio oficial: apenas llegó, del garaje salió un San Bernardo que se le puso a gruñir y terminó tirándosele a la mano. El mecánico lo frenó de un golpe de llave inglesa en los cuartos traseros. No pasó nada, pero King se quedó con el susto encima. A eso se le sumó una noticia que había leído en un diario de Portland, Maine, sobre un chico muerto por un San Bernardo. Y un tercer ingrediente, el más doméstico de todos: King tenía por entonces un Ford Pinto que andaba mal. El mismo modelo que maneja Donna hasta el taller.
El nombre del perro viene de un lugar todavía más raro. «Cujo» era el alias de Willie Wolfe, uno de los hombres que orquestaron el secuestro de Patty Hearst y su adoctrinamiento en el Ejército Simbionés de Liberación. King le puso a un San Bernardo enfermo el apodo de guerra de un secuestrador. Se puede leer como una casualidad, o como una pista de qué le interesaba del asunto: la mansedumbre que se da vuelta.
Lo que vuelve insoportable a esta novela no es el perro. Es que no hay culpable. En casi toda la obra de King hay una entidad que decide, una voluntad que elige a sus víctimas, y en el peor de los casos hay un pueblo que se lo tiene merecido. Acá no hay nada de eso. Hay una vacuna que no se dio, un alternador que falla, un marido que viaja justo esa semana, un vecino que se fue de escapada, un amante despechado que desvía la búsqueda. Cinco decisiones chicas, ninguna monstruosa, que se apilan hasta formar una trampa perfecta.
El libro es tajante en un punto y no lo suelta nunca: Cujo no es malo. Es un perro que siempre trató de tener contentos a sus dueños y al que un virus le arruinó el sistema nervioso. King lo repite hasta el epílogo, y esa insistencia es lo que separa a esta novela de cualquier relato de animal asesino. Uno no le teme al perro: le teme a la mala suerte, que es un antagonista mucho peor porque no se puede negociar con ella ni derrotarla en el tercer acto.
La otra decisión inteligente es no sacar nunca a Castle Rock del cuadro. Cujo está lleno de referencias a Frank Dodd, el policía que resultó ser el Estrangulador de Castle Rock en La zona muerta. El pueblo todavía no se repuso de aquello, y el sheriff George Bannerman —el mismo que trabajó con Dodd y descubrió que era el asesino— sigue en el cargo cargando con esa historia. No es un guiño para fans: es la manera de avisar que este es un lugar al que ya le pasaron cosas, y que acá las cosas pasan sin explicación sobrenatural incluida. El resto del mapa del pueblo está en su ficha.
Y está el manejo del encierro, que es donde el libro se juega todo. La secuencia del auto ocupa una porción enorme de la novela y no se apoya en sustos: se apoya en la temperatura, en la sed, en el cálculo aritmético de cuántos metros hay hasta la puerta de la casa y cuántos segundos tarda un San Bernardo en cubrirlos. Es incómodo de leer de una manera muy física, y es a propósito.
Esto es opinión mía y va como opinión: la novela se afloja cada vez que se sube al auto de los Camber. La línea de Charity y Brett en Connecticut ocupa mucho espacio y le sirve al libro sobre todo para sacar del tablero a las dos personas que podrían haber pedido ayuda. Como mecanismo es impecable. Como lectura, corta la respiración justo cuando la respiración cortada es el efecto que uno busca. Cada vez que King se va a Connecticut, uno quiere volver al Pinto.
Algo parecido pasa con Steve Kemp. Su irrupción en la casa vacía existe casi enteramente para que la policía sospeche de un secuestro y mire para el lado equivocado. Funciona, pero se le ve la costura: es un personaje que trabaja de retraso argumental.
Y después está el final, que fue lo que más se le criticó al libro en su momento —Christopher Lehmann-Haupt ya lo señalaba en su reseña de The New York Times del 14 de agosto de 1981— y que sigue partiendo lectores en dos. Lo hablo en la sección que viene, así que quien no leyó la novela puede cortar acá tranquilo.
Cujo mata a tres adultos antes de que la historia termine: primero a Gary Pervier, el vecino de los Camber, un veterano de la Segunda Guerra de sesenta años y alcohólico; después a Joe Camber; y finalmente al sheriff Bannerman, que llega a la casa buscando a Donna y a Tad y muere en el intento. Donna, mordida en el estómago y en una pierna, termina matando al perro con lo que queda de un bate de béisbol.
Y aun así pierde. Cuando Vic llega, Tad ya está muerto de deshidratación y golpe de calor. Ese es el final: la madre gana la pelea física, sobrevive, se cura, la pareja incluso aguanta —y el chico no vuelve. King ni siquiera concede el consuelo de que el sacrificio haya servido de algo.
El epílogo es todavía más frío, y es lo mejor del libro. Al perro le hacen una necropsia para confirmar la rabia antes de cremarlo. Charity, que ahora trabaja para mantenerse a ella y a su hijo, le regala a Brett un cachorro nuevo, esta vez vacunado. Y el narrador cierra con dos datos: que el agujero donde Cujo metió la cabeza nunca fue encontrado y que los murciélagos terminaron abandonándolo, y que Cujo era un buen perro que siempre había tratado de tener contentos a sus dueños. La novela se despide defendiendo a su propio monstruo.
La película de 1983 no se animó a eso: en la pantalla, Tad sobrevive. Es la diferencia entera entre las dos versiones, y explica por qué el libro sigue doliendo y la película, con todo lo bien filmada que está la parte del auto, se olvida antes.
La versión de 1983 la dirigió Lewis Teague, que en realidad fue el segundo: Peter Medak abandonó el rodaje a los dos días junto con el director de fotografía Anthony B. Richmond, y los reemplazaron Teague y Jan de Bont. Warner Bros. la estrenó en Estados Unidos el 12 de agosto de 1983, con Dee Wallace como Donna y Danny Pintauro como Tad. Costó seis millones de dólares y recaudó 21.156.152 en su mercado local, lo que la dejó como la cuarta película de terror más taquillera de aquel año, detrás de Jaws 3-D, Psycho II y Twilight Zone: The Movie. Las críticas fueron mixtas y hoy conserva un 60% en Rotten Tomatoes sobre 45 reseñas; el propio King, en cambio, la mencionó en una entrevista con Rolling Stone en 2014 como una de sus adaptaciones favoritas. El resto del catálogo de películas y series está en nuestra sección de adaptaciones.
Y va a haber otra. Netflix anunció el 11 de marzo de 2025 que estaba desarrollando una nueva adaptación con Roy Lee como productor, y una semana después, el 18 de marzo, se supo que Darren Aronofsky estaba en conversaciones para dirigirla. Conviene subrayar el condicional: hasta hoy no hay confirmación oficial de que la dirija ni fecha de estreno. Lo que se sabe lo contamos en esta noticia.
Si el libro deja ganas de más, hay dos caminos. Uno es hacia adelante: en 2024 King publicó «Rattlesnakes», incluida en Si te gusta la oscuridad, que él mismo describió como una secuela de Cujo y que está narrada en primera persona por Vic Trenton. Es la única vez que volvió a esta historia. El otro camino es lateral, hacia el pueblo: la muerte de Bannerman deja un cargo vacante, y el sheriff de Castle Rock que aparece después, en La mitad oscura (1989) y en La tienda de los deseos malignos (1991), ya es Alan Pangborn.
Y si lo que quedó fue el gusto por el King que castiga sin red, la parada siguiente es evidente: «Cementerio de animales», el otro libro suyo donde muere un chico y nadie llega a tiempo. Para el mismo mecanismo de encierro pero con un antagonista que sí decide, está «Misery».
Un 8,5. No es la novela más ambiciosa de King ni la mejor escrita, y la estructura partida le hace daño real: cada excursión a Connecticut le baja la presión a un libro que vive de la presión. Pero es la más honesta sobre lo que King entiende del miedo. Acá no hay pacto que romper ni maldición que desactivar; hay una cadena de descuidos cotidianos y un animal enfermo que nunca eligió nada, y el resultado es una tragedia que no admite lectura consoladora. Cuatro décadas y media después sigue siendo el libro suyo que más incómodo se hace de terminar, y tratándose de un autor que escribió sobre un payaso que vive en las cloacas, eso dice bastante.
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