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La máquina de escribir que Annie Wilkes le consigue a Paul Sheldon es una Royal usada a la que le falta la «n». Más adelante pierde la «t», después la «e». Paul completa a mano las letras que faltan y termina escribiendo el manuscrito entero a mano. King reproduce esas páginas adentro de su propia novela: agujereadas primero, manuscritas después. Es el mejor detalle del libro y también su programa: escribir es rellenar a mano lo que la herramienta ya no te da.
Misery salió en Viking el 8 de junio de 1987, con el título de trabajo *The Annie Wilkes Edition*, y estuvo a punto de aparecer firmada por Richard Bachman. Ganó el primer Bram Stoker a mejor novela, compartido con *Swan Song* de McCammon. Todo eso es trivia. El dato que cambia la lectura es otro: King la escribió en el peor tramo de su adicción, y años después lo dijo con todas las letras.
Se suele resumir esta novela como «la de la fan psicópata». Es una lectura pobre y encima inexacta: Annie no quiere matar a Paul. Quiere el próximo libro. Y él se lo escribe. Y —acá está lo que de verdad incomoda— le sale bien. Este es el único libro donde King admite que lo que lo estaba matando y lo que lo mantenía vivo eran la misma cosa, y que desde adentro no se distinguen.
En su sitio oficial, King cuenta que la idea se le ocurrió dormitando en un vuelo a Londres, a partir de un relato de Evelyn Waugh sobre un prisionero obligado a leerle Dickens a su captor: «Me pregunté cómo sería si el prisionero fuera el propio Dickens». Pero el disparador real estaba más cerca. Venía de *Los ojos del dragón*, fantasía sin terror que buena parte de su público recibió como traición personal, y de casi una década de consumo que ya no podía esconder. En 2014 le dijo a *Rolling Stone*: «*Misery* is a book about cocaine. Annie Wilkes *is* cocaine. She was my number-one fan». En *Mientras escribo* había puesto algo peor: «Annie era la merca, Annie era el alcohol, y decidí que estaba cansado de ser el escritor mascota de Annie».
Lo decisivo es que esas tres cosas —la droga, el público y la compulsión de escribir— ocupan un solo cuerpo. Annie es fan, enfermera, carcelera y proveedora: la que administra el Novril. King nunca separó esos roles porque en su vida tampoco lo estaban. El que te da lo que necesitás es el mismo que te tiene agarrado.
Y sin embargo Annie no es una alegoría con patas. En *Mientras escribo* King anota que «puede parecernos psicópata, pero es importante recordar que a ella misma le parece perfectamente cuerda y razonable; heroica, de hecho, una mujer asediada tratando de sobrevivir en un mundo hostil lleno de mocosos maleducados». Ahí está la razón de que funcione: tiene una moral completa, coherente y monstruosa, y la aplica sin titubear. El terror no viene de que sea impredecible, sino de que es previsible y vos igual no podés hacer nada.
Lo que más impresiona a casi cuarenta años es todo lo que King se sacó de encima. No hay pueblo de Maine con coro de vecinos, no hay chico con poderes, no hay entidad antigua, no hay una sola escena que se pueda leer como sobrenatural. Hay una cama, una silla de ruedas, una puerta que se abre, un frasco de analgésicos que baja de nivel y una máquina de escribir.
La estructura trabaja a favor: cuatro partes tituladas «Annie», «Misery», «Paul» y «Goddess». Fijate el orden. Empieza con ella, pasa por el personaje de ficción que los une, llega a él —el único tramo donde Paul recupera algo parecido a la iniciativa— y termina elevándola a diosa. No es un arco de liberación: es un arco de deificación. Los capítulos son desparejos a propósito, de varias páginas o de una sola frase, y esa arritmia le hace al lector lo que el dolor le hace a Paul.
(Desde acá, algo del segundo tercio. El final no se toca.)
La escena por la que todos conocen este libro —la del hacha y el soplete— es en la novela mucho más seca de lo que recuerda quien solo vio la película. Rob Reiner y William Goldman la cambiaron por una almádena y dos tobillos, y no fue cobardía sino traducción: en cine la amputación te expulsa de la historia. Kathy Bates ganó por ese papel el Oscar a mejor actriz el 25 de marzo de 1991, el único que se llevó jamás una adaptación de King. El personaje ya estaba escrito así.
Pero el hacha no es lo importante. Lo importante es que después Paul sigue escribiendo, Annie sigue leyendo y el trato continúa. Él se compara con Sherezade y tiene razón a medias: ella cortaba el relato para llegar viva a la mañana siguiente, Paul tiene que entregar el producto entero y sin atajos. Cuando resucita a Misery Chastain con una salida barata, Annie rechaza el capítulo: le dice que hizo trampa, y lo argumenta con los seriales de matiné donde el héroe se salvaba porque sí. No es una lectora tonta, es una lectora estricta. Es —y esto es lo más cruel que escribió King sobre su público— una editora.
*Fast Cars*, la novela «seria» con la que Paul iba a salirse de la saga romántica que lo hizo rico, arde en el primer cuarto del libro. Suele leerse como el martirio del artista y no lo es: King se cuida de no canonizar ese manuscrito. Nunca sabemos si era bueno; sabemos que Paul necesitaba que lo fuera.
Lo que sí sabemos es que *El retorno de Misery* —el encargo, escrito bajo amenaza, en una Royal rota, por un tipo mutilado— le sale bien. Mejor que las anteriores de la saga, y King intercala fragmentos para que lo comprobemos. En algún momento Paul deja de escribir para salvarse y empieza a escribir porque quiere saber cómo termina. Ese es el horror verdadero del libro, y es un horror de escritor: la coacción y la vocación producen la misma euforia.
De ahí sale una honestidad que King no alcanzó en ningún otro texto sobre su oficio, ni siquiera en *Mientras escribo*, que al lado de esto es un manual amable. El escritor popular no está atrapado por su público sino de acuerdo con él, y la parte de él que odia a Annie es más chica que la parte que necesita que ella dé vuelta la página.
Lo que le impide la perfección es el mismo material que la vuelve honesta. El tramo en que King explica a Annie por su pasado —el álbum de recortes, el inventario de lo que hizo antes de Paul— es el más flojo: es información, y Annie no necesitaba explicación sino presencia. Y los fragmentos de *El retorno de Misery*, aunque cumplen su función probatoria, son pastiche competente, que es lo que deben ser, pero pastiche. Las únicas páginas prescindibles de un libro que en todo lo demás no tiene grasa.
Si nunca leíste a King porque te intimidan las mil y pico de *Apocalipsis* o la contabilidad de La Torre Oscura, este es el libro por el que hay que entrar: no pide continuidad, no pide Castle Rock, no pide fe en lo sobrenatural. Y si arrastrás la sospecha de que sin monstruos King se desinfla, acá está la refutación: es su novela más eficiente porque no tiene dónde esconderse.
Lo que no vas a encontrar es el terror de lo desconocido. Acá no hay nada desconocido: hay una señora amable que te trae la sopa, que te salvó la vida, que sabe exactamente cuánto calmante te toca y a qué hora, y que quiere leer el próximo capítulo. Es peor.
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