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Un chico de once años aparece asesinado en un parque de Flint City, Oklahoma, y las pruebas señalan a una sola persona con una contundencia que da vergüenza ajena: huellas, ADN, media docena de testigos que lo vieron. El acusado es Terry Maitland, profesor de inglés y entrenador del equipo infantil de béisbol, un tipo al que conoce y quiere todo el pueblo. El problema es que, al mismo tiempo, hay pruebas igual de sólidas de que Terry estaba a setenta millas de ahí. El visitante arranca con esa contradicción y se pasa media novela negándose a resolverla.
Scribner la publicó el 22 de mayo de 2018, con 561 páginas en la primera edición. En español la editó Debolsillo en 2020, con 592.
El detective Ralph Anderson decide detener a Maitland en mitad de un partido, delante del pueblo entero, y esa decisión —tomada con el expediente más sólido de su carrera— es el motor de todo lo que viene después. Porque la coartada del acusado también es perfecta. Y King no hace lo que uno espera de un policial, que es demostrar que una de las dos pruebas está mal: deja las dos en pie y obliga a los personajes a convivir con algo que no puede ser.
La primera mitad es procedimiento puro: interrogatorios, cintas de video, informes forenses, un fiscal que quiere titulares. Recién cuando el caso se vuelve indefendible entra Holly Gibney, la investigadora que King venía criando desde Mr. Mercedes, y que acá deja de ser secundaria para llevarse la novela puesta.
Lo mejor del libro es que King se toma el policial en serio. No lo usa de excusa para llegar al monstruo: construye un caso real, con cadena de custodia y errores de procedimiento, y se toma doscientas páginas para que el lector entienda por qué un detective competente haría exactamente lo que hace Ralph. La detención en el estadio es una escena de manual sobre cómo una decisión razonable puede ser catastrófica.
Lo segundo que hace bien es no dejar que la trama se lleve puesto el daño. La detención pública no es un giro: es una bomba que le estalla a una familia entera y King se queda a mirar las esquirlas. La mujer de Maitland y sus dos hijas quedan expuestas en un pueblo que ya dictó sentencia, y la novela dedica capítulos enteros a lo que pasa con ellas cuando la certeza colectiva se da vuelta. Esa es la parte del libro que no depende de ninguna criatura para doler, y es la que mejor envejece.
Y está Holly. En la trilogía de Bill Hodges era el personaje raro que aportaba los detalles que a los demás se les escapaban; acá es el eje. Su método —tomar en serio lo que nadie toma en serio, porque es lo único que queda cuando lo racional se acabó— es lo que mueve la trama, y King la escribe sin condescendencia: sus manías no son un chiste ni una superpotencia disfrazada, son cómo funciona. No sorprende que después de esta novela se llevara La sangre manda y su propia serie.
El cambio de género tiene un costo. Durante media novela King te enseña a leer un policial —a desconfiar de los testigos, a pesar las pruebas— y después cambia las reglas del juego. Es un movimiento deliberado y en parte es el tema del libro, pero deja una sensación rara: el rigor de la primera mitad deja de importar, y varias de las piezas que uno estuvo ordenando con cuidado terminan siendo decorado.
El otro reparo es de ritmo. El tramo central, cuando el grupo ya aceptó a qué se enfrenta y le queda viajar y confirmarlo, se estira más de lo que la tensión aguanta. Y el reparto secundario de Flint City, que en la primera parte estaba dibujado con precisión, se adelgaza a medida que la novela se va del pueblo.
Si no la leíste, saltate este bloque.
Lo que explica la contradicción es El Cuco, una entidad que cambia de forma, se apropia del ADN y del aspecto de una persona y se alimenta del sufrimiento ajeno, con predilección por los chicos. Holly llega a él por el folclore: el coco con el que se asusta a los nenes en medio mundo hispanohablante, y variantes emparentadas en otras tradiciones. La idea que sostiene el libro es que esas historias para que los chicos se porten bien no serían un invento sino la degradación de una advertencia real que alguien dejó hace mucho.
Lo que sostiene el hallazgo es que Holly no llega a él por una revelación sino leyendo: rastrea la figura del coco por las tradiciones hispanohablantes y sus parientes en otras culturas, y arma un patrón con casos viejos que nadie había puesto uno al lado del otro. Es investigación de biblioteca, no intuición, y por eso convence.
Es una buena idea y King la usa bien, pero también es donde el libro se vuelve más convencional: la criatura, una vez nombrada y explicada, da menos miedo que las doscientas páginas en las que no se sabía qué era. El terror de la primera mitad era epistemológico —dos verdades incompatibles, las dos probadas— y ese es un miedo que ninguna criatura con nombre puede igualar.
HBO la adaptó en diez episodios que se emitieron entre el 12 de enero y el 8 de marzo de 2020, con guion de Richard Price. Ben Mendelsohn hace de Ralph Anderson —y produce— y Cynthia Erivo es Holly Gibney. Es una adaptación lenta a propósito, más interesada en el duelo y en el pueblo que en el monstruo, y funciona mejor como acompañamiento del libro que como sustituto: se toma libertades con la ubicación y con el final. Está en la sección de adaptaciones del sitio junto al resto.
El reparto de apoyo es de los que sostienen una serie entera: Bill Camp, Mare Winningham, Paddy Considine, Julianne Nicholson, Yul Vázquez y Jeremy Bobb. Y hay una decisión de producción que explica el tono: la serie se toma diez episodios para contar una novela que en papel avanza bastante más rápido, así que respira donde el libro corre y se detiene en el duelo de los padres y en el desgaste del matrimonio de Ralph. Quien venga buscando sustos va a impacientarse; quien venga por el clima, no.
Los lectores de Goodreads le ponen 4,01 sobre 5 con 399.211 votos, que en la escala de diez de este sitio son 8,0. Se deja tal cual: el consenso describe bastante bien lo que se argumenta acá arriba —una novela muy sólida en su primera mitad, con un giro que gana y pierde cosas a la vez— y nada de lo que le reprocho justifica apartarse de él.
Si te ganó Holly, el orden natural hacia atrás es Mr. Mercedes, Quien pierde paga y Fin de guardia, donde aparece por primera vez y va creciendo; hacia adelante, La sangre manda, que le dedica una novela corta entera.
Y si lo que te interesó fue el King que escribe policiales con una grieta rara en el medio, El Instituto es la parada siguiente. La ficha completa de esta novela, con la sinopsis y los datos de edición, está en El visitante.
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