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Hay un problema que King se creó a sí mismo al final del segundo tomo, y Las tierras baldías es, en su mejor mitad, la novela de resolverlo. Donald M. Grant lo publicó en 1991 en edición limitada, con ilustraciones a color de Ned Dameron. En castellano lo edita Debolsillo desde 2008, con 560 páginas.
Es el tomo que más gente señala como el mejor de los siete, y es fácil ver por qué: tiene la mecánica narrativa más ingeniosa de la saga, el mejor escenario, y el peor final imaginable en el mejor sentido de la expresión.
Al intervenir en Nueva York en el tomo anterior, Roland Deschain salvó la vida de Jake Chambers — el chico al que, en el primer libro, había dejado caer bajo las montañas. El resultado es una paradoja: Roland recuerda las dos cosas. Recuerda haber conocido a Jake en la estación de tren y haberlo dejado morir, y recuerda un viaje en el que Jake nunca estuvo. Las dos memorias conviven y le están rompiendo la cabeza.
Y del otro lado pasa lo mismo. En el Nueva York de 1977, Jake recuerda haber muerto bajo unas montañas que no existen y recuerda no haber muerto, y se va desarmando en el colegio ante la mirada de un padre que no está en condiciones de ayudarlo. Que King se anime a escribir un tercio de novela sobre dos personas volviéndose locas por una contradicción lógica, y que además sea legible y angustiante, es la mejor credencial del libro.
La salida la encuentra Eddie Dean, que descubre que necesita tallar una llave de madera, y que tiene que terminarla antes de que Jake pueda cruzar. Es la primera vez que la saga le da a un personaje que no es Roland la responsabilidad de resolver algo grande, y es también el momento en que Eddie deja de ser el chiste del grupo.
La segunda mitad es otra novela, y es la que más se recuerda. El grupo —Roland, Eddie, Susannah Dean, Jake y Oy— sigue el Sendero del Haz hacia el este y llega a Lud, una ciudad enorme en descomposición donde dos bandas —los Pubis y los Canos, jóvenes contra viejos— se matan desde hace generaciones sin que nadie recuerde bien por qué. Lo que se oye desde lejos son los tambores de dios, que salen por altoparlantes que nadie apagó; Eddie, que viene de nuestro mundo, reconoce el ritmo: es la percusión de «Velcro Fly», de ZZ Top. Ese detalle solo vale por media novela: la ciudad venera como sagrado un loop que quedó puesto.
Lud es lo mejor que King construyó en Mid-World: una civilización que tuvo tecnología avanzada y hoy la venera sin entenderla, con puentes que se caen y máquinas que siguen funcionando solas décadas después de que muriera quien sabía para qué eran. La sensación de mundo agotado —de que llegaste tardísimo a algo que fue enorme— es la promesa que el primer tomo hacía y que recién acá se cumple del todo.
Y ahí adentro está Blaine, un monorriel consciente que enloqueció hace mucho, que habla como un chico con la voz de un adulto y que le propone al grupo un trato: los lleva, pero tienen que ganarle a las adivinanzas o los mata a todos. Es un antagonista absurdo sobre el papel y funciona igual, porque King entiende que nada da más miedo que algo muy poderoso y muy caprichoso.
Blaine merece un párrafo aparte porque es donde King se permite lo más raro de la saga. El monorriel no quiere matarlos por maldad: quiere jugar, y está aburrido hace siglos. Su condición —adivinanzas o muerte— convierte el clímax de una novela de aventuras en un concurso de acertijos, que sobre el papel suena a error garrafal y en la práctica funciona porque el enemigo es alguien a quien no se le puede ganar por la fuerza. Es la misma idea que sostiene media saga: contra lo que Roland enfrenta, disparar casi nunca alcanza.
El final. La novela corta de golpe con el grupo dentro de Blaine, a toda velocidad, con el duelo de adivinanzas recién empezado. Como decisión formal es coherente —la saga entera trata de caminos que se interrumpen— pero como experiencia de lectura es de una crueldad notable: los lectores de 1991 esperaron seis años el tomo siguiente. Hoy se resuelve pasando a otro libro, y por eso este tomo envejeció mejor que ningún otro.
Y el grupo, que es lo mejor que tiene la saga a esta altura, queda un poco desdibujado en la segunda mitad: Susannah y Jake tienen menos que hacer de lo que el libro promete cuando los junta, y Oy, que es un hallazgo, funciona más como mascota que como personaje hasta bastante más adelante.
El otro reparo es de equilibrio interno. Las dos mitades son excelentes pero no se parecen en nada: la primera es psicológica, lenta y de mecanismo; la segunda es aventura pura. La costura entre las dos se nota, y hay un tramo de transición —el episodio del oso guardián, Shardik— que queda como estampa memorable pero sirve sobre todo para mover fichas.
No es casual y conviene saberlo: el tomo se llama así por «The Waste Land», el poema que Eliot publicó en 1922. La elección dice bastante sobre lo que King estaba haciendo — un paisaje arruinado, fragmentos de una cultura que ya no se entiende a sí misma, voces sueltas que no terminan de armar un relato— y explica por qué Lud está escrito como está escrito.
Los lectores de Goodreads le ponen 4,25 sobre 5 con unos 255.000 votos, que en la escala de diez de este sitio son 8,5. Se deja tal cual. Es prácticamente el mismo promedio que el segundo tomo, y me parece justo: uno tiene la mejor estructura y el otro el mejor escenario, y elegir entre los dos es cuestión de gusto y no de calidad.
Con el cuarto, y cuanto antes, porque este termina en el aire. La Torre Oscura IV: Mago y cristal resuelve lo de Blaine en las primeras páginas y después se va a otro lado por completo: es la novela de la juventud de Roland, y es el tomo más querido por unos y más resistido por otros.
Si venís de atrás, la reseña de La llegada de los tres explica cómo se formó el grupo, y la de El pistolero qué esperar de la entrada a la saga. La ficha completa de este tomo está en Las tierras baldías.
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