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Si El pistolero es la puerta más áspera que King le puso a su propia saga, este es el libro que explica por qué había que cruzarla. La llegada de los tres toma un western metafísico protagonizado por un tipo solo y le agrega lo que le faltaba: gente. Donald M. Grant lo publicó en mayo de 1987, con ilustraciones de Phil Hale.
Es también, para mucha gente, el punto donde la saga deja de ser una promesa y empieza a cumplir. Y el mecanismo con el que lo consigue es de una simplicidad que da envidia.
Después de lo que pasó al final del primer tomo, Roland Deschain despierta en la playa del Mar Occidental de Mid-World y encuentra tres puertas plantadas en la arena. Cada una da a Nueva York, y cada una a un momento distinto del tiempo. Por ahí tiene que «sacar» a las tres personas que necesita para llegar a La Torre Oscura.
Detrás de la primera, en 1987, está Eddie Dean, el Prisionero: un adicto a la heroína en mitad de un vuelo con una entrega encima. Detrás de la segunda, en 1964, Odetta Holmes, la Dama de las Sombras: una heredera afroamericana que perdió las piernas por debajo de la rodilla en un accidente de subte y que convive con una segunda personalidad, Detta Walker, que la odia todo lo que ella no se permite odiar. Detrás de la tercera, en 1977, la Muerte: Jack Mort, un empujador que causó cosas peores de las que se puede resumir sin arruinar el libro.
Las tres puertas son el mejor hallazgo estructural de la saga. Le resuelven a King tres cosas de un saque: le dan a Roland compañía y por lo tanto diálogo, le dan al lector un ancla en un mundo reconocible —Nueva York, con marcas, jerga y transporte público— y le dan a la novela una promesa de avance clarísima. Tres puertas, tres capítulos, tres personas. Después de un libro entero de caminar detrás de alguien, esto es casi una comedia de ritmo.
Y el truco de entrar a cada persona desde adentro de su cabeza, con Roland de pasajero, es lo que hace que funcione. Los capítulos de Eddie en el avión y en la aduana son de puro suspenso mecánico —hay una entrega escondida, hay un reloj— y están entre lo mejor escrito de los siete tomos.
Lo otro que cambia es Roland. En el primer libro era un principio ambulante; acá, obligado a cargar con otros, aparece algo que se parece a la culpa. La primera escena del libro lo deja mutilado: unos bichos de cuatro patas parecidos a langostas gigantes le arrancan dos dedos de la mano derecha y parte del dedo gordo del pie, las heridas se le infectan y arranca la novela con fiebre. Y la mano derecha es la mano con la que dispara: el pistolero pasa a ser zurdo a la fuerza. Es una decisión brutal y perfecta, porque a partir de ahí es un personaje y no un arquetipo. Gilead sigue siendo un rumor, pero el hombre que vino de ahí empieza a tener costuras.
Y hay un detalle de arquitectura que solo se aprecia releyendo: las tres puertas están rotuladas con nombres de cartas —el Prisionero, la Dama de las Sombras, la Muerte—, que King planta en el primer tomo, en la tirada que el hombre de negro le hace a Roland. En esa tirada salen siete cartas —entre ellas el Ahorcado, el Marino y la Torre— y tres de ellas son, literalmente, las tres puertas de este libro. O sea que el segundo tomo entero es el cumplimiento de una promesa hecha al final del primero, en un episodio que en su momento parecía puro adorno esotérico. Es la primera vez que la saga demuestra que sabe lo que está haciendo.
El personaje de Odetta Holmes es donde el libro se juega más. King escribe en 1987, desde su lugar, a una mujer negra con discapacidad y con lo que la novela presenta como dos personalidades, y usa a Detta Walker —la mitad furiosa, procaz, deliberadamente incómoda— para meter en el texto una rabia racial que el resto del libro no toca. La ambición es enorme y buena parte del tramo final se sostiene sobre ella.
Dicho eso, y esto ya es lectura mía: es la parte que peor envejeció. El habla de Detta está escrita como caricatura fonética y su función narrativa es, en el fondo, ser un obstáculo que hay que resolver. La novela quiere hablar de la ira de una mujer negra en los sesenta y termina tratándola como un síntoma a curar. Se puede leer con generosidad —como un intento honesto y torpe— o con incomodidad, y las dos lecturas se defienden.
La estructura de tres puertas es tan eficaz que se nota el molde. La tercera sección, la de Jack Mort, es la más floja: funciona como maquinaria de trama —resuelve varias cosas pendientes de golpe— pero el personaje no tiene el espesor de los otros dos, y King lo usa más como herramienta que como persona.
Y hay un problema que la saga arrastra desde acá: el mundo de Roland queda en pausa. Buena parte del libro transcurre en Nueva York, que es donde está la energía, y Mid-World —el motivo por el que empezaste la saga— se reduce a una playa y a un puñado de bichos. Es un intercambio que vale la pena, pero es un intercambio.
Conviene saberlo antes de comprar: este tomo circula en castellano con dos títulos distintos. La invocación es como se lo conoció durante años en las ediciones más viejas, y «La llegada de los tres» es la traducción más literal del original inglés que usan las ediciones recientes. Es el mismo libro. La edición de Debolsillo que maneja este sitio es de 2017, con 480 páginas.
Los lectores de Goodreads le ponen 4,24 sobre 5 con 298.240 votos, que en la escala de diez de este sitio son 8,5. Se deja tal cual, y el salto respecto del primer tomo —que promedia 3,91— describe con bastante exactitud lo que pasa entre los dos libros: el mismo lector que sufrió el desierto encuentra acá lo que fue a buscar.
Con el tercero, que es donde la saga alcanza su mejor forma. La Torre Oscura III: Las tierras baldías recupera a Jake Chambers, cierra la deuda que el primer tomo dejó abierta y mete al grupo entero en un mundo mucho más grande.
Si venís de atrás y te lo salteaste, la reseña de El pistolero explica qué esperar de la entrada. Y si lo que te ganó fue el grupo más que la Torre, Susannah Dean y Eddie Dean tienen ficha propia en el universo del sitio. La ficha completa de este tomo está en La llegada de los tres.
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