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La milla verde es la novela que King publicó a plazos. No es una manera de hablar: salió en seis tomitos de bolsillo, uno por mes, entre el 28 de marzo y el 29 de agosto de 1996, en el sello Signet de New American Library, y hasta el 5 de mayo de 1997 no existió como libro único. Los títulos de las entregas iban marcando el camino —The Two Dead Girls, The Mouse on the Mile, Coffey's Hands, The Bad Death of Eduard Delacroix, Night Journey y Coffey on the Mile—, y quien compraba el primero no tenía forma de saltearse al final. Ese detalle industrial explica más de esta novela que cualquier análisis temático.
Ganó el premio Bram Stoker a la mejor novela de 1996, y al año siguiente quedó nominada al British Fantasy y al Locus. En 2003 apareció en el listado de las doscientas novelas más queridas del Reino Unido que armó la BBC con su encuesta The Big Read. Para un libro que King fue entregando por partes, con capítulos que ya no podía corregir una vez impresos, no está nada mal.
Estamos en 1932, en el corredor de la muerte de la penitenciaría de Cold Mountain. Al bloque E lo llaman «la milla verde» por el color del linóleo del piso: el pasillo que los condenados recorren hasta la silla eléctrica. Lo supervisa Paul Edgecombe, cuarenta años, un hombre cuyo oficio consiste en tratar bien a gente que va a morir en unas semanas. La novela la narra él mismo, pero mucho después: en 1996, con ciento cuatro años, escribiendo a mano en una residencia de ancianos de Georgia.
Ese año llega al bloque John Coffey, un hombre negro de dos metros y tres centímetros condenado por violar y asesinar a dos nenas blancas. Es enorme, es analfabeto, llora casi todo el tiempo y le tiene miedo a la oscuridad. También —y esto se descubre pronto, así que no es spoiler— cura con las manos.
Alrededor hay un elenco chico y muy nítido: Eduard «Del» Delacroix, un cajún que adiestra a un ratón al que llama Mr. Jingles; William «Wild Bill» Wharton, un asesino múltiple decidido a hacer todo el daño que pueda antes de que le toque; Arlen Bitterbuck, condenado por matar a un hombre en una pelea por un par de botas. Y Percy Wetmore, un guardia joven y sádico al que nadie puede tocar porque es sobrino de la mujer del gobernador.
El formato no fue un capricho. Se lo propuso su agente Ralph Vicinanza, que a su vez lo había hablado con el editor británico Malcolm Edwards: Dickens publicaba sus novelas por entregas, a veces dentro de revistas y a veces como cuadernillos sueltos. Vicinanza le llevó la idea a King el año anterior al lanzamiento del primer tomo, y el argumento que lo convenció tiene dos filos. Uno mira al escritor: publicada la primera entrega, ya no hay forma de abandonar el libro. El otro mira al lector: no se puede espiar el final.
A King se le nota que le funcionó, pero también que le costó. En la introducción a la primera edición en un solo volumen, fechada en Bangor, Maine, el 6 de febrero de 1997, escribe: «La publicación por partes fue un punto delicado para mí y también para algunos lectores, porque el precio era muy alto para un libro de bolsillo: unos diecinueve dólares por las seis entregas (bastante menos si se compraban en una tienda de descuento)».
Se nota, y esto ya es lectura mía, en el pulso del texto. Cada uno de los seis bloques termina en un punto de tensión y arranca recuperando el aire, y hay una regularidad de metrónomo en cómo se administran las revelaciones que no aparece en las novelas largas que King escribió de un tirón. Es un libro con caja de compás.
Lo mejor de la novela es la voz de Paul viejo. King le da un tono de tipo cansado que ya no le debe nada a nadie, con esa forma de contar que se adelanta —«esto va a terminar mal»— y después cumple. Es un registro que le sale poco: acá no hay nada de la exuberancia de El resplandor ni de la retórica de los libros grandes, hay un hombre poniendo por escrito algo que lleva sesenta años sin contarle a nadie.
Lo segundo es Percy. Es la mejor pieza del libro y es completamente humano: no tiene poderes ni maldición, tiene un cargo y un tío político. La escena que lo define —la ejecución de Delacroix, en la que Percy no moja la esponja que va bajo el casco de electrodos y convierte una muerte de segundos en una agonía— es de lo más difícil de leer que King escribió, y no hay en ella un solo elemento sobrenatural. Ahí está el verdadero terror de la novela: no en las manos que curan, sino en un empleado mediocre al que nadie puede echar.
Y hay una decisión estructural que conviene señalar: lo sobrenatural es escaso y está racionado. En cuatrocientas páginas, los milagros de Coffey se cuentan con los dedos de una mano. Da la impresión de que King entendió que si el don aparecía cada veinte páginas dejaba de ser un milagro y pasaba a ser un mecanismo. Algo parecido hace en Corazones en la Atlántida, donde lo fantástico está apenas insinuado.
Coffey funciona más como una función que como un personaje. Casi no habla, casi no tiene pasado, casi no quiere nada por sí mismo. Todo lo que sabemos de él es lo que provoca en los demás —y sobre todo lo que le permite entender a Paul—, de modo que el hombre negro más importante del libro existe sobre todo para transformar moralmente a un guardia blanco. La objeción no es un invento retrospectivo: el historiador de cine Donald Bogle, en Toms, Coons, Mulattoes, Mammies, and Bucks, recoge que a parte del público afroamericano el personaje le resultó directamente incómodo, por su docilidad ante la acusación y por lo poco que hay detrás de él. A mí me pesa cada vez que lo releo, y me pesa más porque el resto del libro es mucho más fino que eso.
El otro problema es el marco. La residencia de ancianos, con Paul de ciento cuatro años y un empleado desagradable que le hace la vida imposible, es la parte más floja: repite en pequeño el conflicto de Percy sin agregarle demasiado, y cada vez que la novela vuelve ahí se le baja la temperatura. Se entiende para qué está —hace falta que alguien escuche la historia—, pero ocupa bastante más espacio del que se gana.
Frank Darabont escribió el guion en menos de ocho semanas y dirigió la adaptación, estrenada por Warner Bros. el 10 de diciembre de 1999. Dura 189 minutos, costó unos 60 millones de dólares y recaudó 286,8 millones en todo el mundo. Tom Hanks es Paul y Michael Clarke Duncan es Coffey; según contó el propio Duncan, lo recomendó Bruce Willis, con quien había trabajado en Armageddon el año anterior. La película tuvo cuatro nominaciones al Oscar —película, actor de reparto para Duncan, guion adaptado y sonido— y no ganó ninguna.
Es de las adaptaciones más fieles que existen de King, y los cambios que hay son mínimos y curiosos. El más llamativo: la acción se corre de 1932 a 1935 para poder incluir Top Hat, la película de Astaire y Rogers que no aparece en el libro. Hanks iba a interpretar también al Paul anciano, pero las pruebas de maquillaje no convencieron y el papel se lo dieron a Dabbs Greer.
La crítica se dividió por la duración, no por el fondo. Roger Ebert le puso tres estrellas y media sobre cuatro y defendió justamente lo que otros le reprochaban: escribió en RogerEbert.com, el 10 de diciembre de 1999, que la película «dura poco más de tres horas» y que agradeció «el tiempo extra, que nos permite sentir el paso de los meses y los años en la cárcel». En la vereda de enfrente, David Ansen la despachó en Newsweek, el 12 de diciembre de 1999, como un «melodrama pesado y engreído de tres horas que desafía la credibilidad a cada paso». En Rotten Tomatoes tiene 78 % sobre 134 reseñas y en Metacritic 61 sobre 100 con 36 críticos; el público encuestado por CinemaScore le puso una A. Un dato que dice bastante del tono real de la historia: la BBFC británica se negó a darle la calificación para mayores de 15 que pedían los distribuidores y le puso 18, la más estricta, alegando «terror intenso».
Vale la pena verla junto a la otra cárcel de Darabont, la de Andy Dufresne en Shawshank, que salió de un relato de Las cuatro estaciones. Son el mismo director adaptando al mismo autor con cinco años de diferencia, y la comparación es el mejor argumento de que las mejores adaptaciones de King no dan miedo. Hay más en la sección de adaptaciones.
Si no leíste la novela, saltate los dos párrafos que siguen.
Coffey es inocente. A las hermanas Detterick las mató Wild Bill Wharton, y Coffey estaba intentando revivirlas cuando lo encontraron con los cuerpos en brazos. Paul lo descubre demasiado tarde y sin ninguna forma de probarlo. Le ofrece a Coffey una salida y Coffey la rechaza: está cansado del dolor ajeno, que percibe todo el tiempo y no puede apagar, y prefiere morir. Su única petición en la silla es que no le pongan la capucha negra, porque le tiene miedo a la oscuridad. Es la última ejecución en la que Paul participa.
El cierre es más cruel de lo que parece. Los que Coffey curó viven de forma antinatural: Mr. Jingles llega a los sesenta y cuatro años, y Paul a los ciento cuatro habiendo enterrado a su mujer, a sus amigos y a casi todos los que conoció. Se puede leer como que la longevidad no es un premio sino la cuenta que le pasan por haber colaborado en matar a un inocente. Un libro que arranca pareciendo una fábula sobre la bondad termina siendo sobre una culpa que no prescribe.
Si venís de esta y querés otra cosa suya del mismo año, 1996 fue raro: King publicó además Desesperación y, como Richard Bachman, Posesión, dos novelas que reparten los mismos nombres entre personajes distintos. No se parecen en nada a esta. Lo que sí se le parece —King sin sobrenatural o casi, contando gente encerrada— está en Las cuatro estaciones y en Corazones en la Atlántida.
La ficha completa, con la sinopsis y los datos de edición, está en La milla verde.
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