Los viejos en la obra de Stephen King: los que ven y los que se comen a los jóvenes
Los chicos de King son famosos. Los viejos, menos, y sin embargo llevan cuarenta años ocupando dos puestos muy precisos en sus novelas: son los únicos que entienden lo que está pasando, o son monstruos que se alimentan de gente joven para no morirse. A veces, en el mismo libro.

Cuando se habla de Stephen King se habla de los chicos: el Club de los Perdedores, los pibes de las vías del tren, Danny Torrance en el triciclo. Es justo, porque ahí está buena parte de su mejor escritura. Pero al costado de casi todos esos chicos hay siempre alguien de setenta o de ochenta años, y ese personaje no está puesto de relleno. En cuarenta años de novelas, los viejos de King ocupan dos casilleros bastante precisos, y son casi opuestos entre sí.
Los que ven
El primer casillero es el del vecino que sabe. En Cementerio de animales (1983), Jud Crandall es el viejo de la casa de enfrente que se convierte en una especie de padre postizo para Louis Creed, y es quien lo lleva más allá del deadfall, al cementerio mi'kmaq donde los muertos vuelven. Jud sabe lo que hay ahí. Sabe incluso lo que pasó con Timmy Baterman, y se lo cuenta a Louis como advertencia. Y aun así lo lleva. Esa contradicción —el viejo que conoce el precio y de todos modos abre la puerta— es lo que hace de Jud algo mucho más interesante que un guía sabio.
El caso más literal es Insomnia (1994). Ralph Roberts es un jubilado viudo que empieza a despertarse cada día un poco más temprano, hasta quedarse durmiendo apenas una hora por noche. Y entonces empieza a ver: auras de colores alrededor de la gente, y unos seres que él llama los hombrecitos calvos. Vale detenerse acá, porque es una de las ideas más elegantes que King tuvo: lo que le abre la percepción de los otros niveles de la realidad no es un accidente, ni un don heredado, ni un experimento del gobierno. Es un síntoma de la vejez. El insomnio del viejo, tratado en cualquier otra novela como un detalle de color, acá es la puerta.
Los tres hombrecitos se llaman Cloto, Láquesis y Átropos, que son los nombres de las tres Moiras griegas: las que hilan, miden y cortan el hilo de cada vida. Los dos primeros actúan con dignidad; Átropos, el que corta, es un renegado que disfruta arruinando vidas y trabaja para el Rey Carmesí. Y el final de Ralph es el que corresponde a esa lógica: entrega su vida a cambio de la de Natalie, una nena. El viejo que ve termina pagando por la que recién empieza.
Los que se comen a los jóvenes
El segundo casillero es el contrario, y es donde King se pone verdaderamente incómodo. En Doctor Sueño (2013), el Nudo Verdadero es un grupo de nómades casi inmortales que recorre el país. Lo que los mantiene vivos durante siglos es el vapor: la esencia psíquica que despiden las personas con el resplandor cuando mueren con dolor. Como los chicos con el resplandor dan el mejor vapor, el Nudo Verdadero caza chicos. Su líder es Rose the Hat, y a las víctimas les dicen «Rubes», los primos, los giles.
Es difícil imaginar una metáfora más directa de una generación consumiendo a la siguiente para no envejecer. Y por si quedara alguna duda de que a King le interesa el tema más allá de lo sobrenatural, diez años después volvió a escribir lo mismo sin ningún poder de por medio.
La misma idea, sin nada sobrenatural
En Holly, publicada el 5 de septiembre de 2023, los villanos son Rodney y Emily Harris: un matrimonio de profesores universitarios jubilados. No tienen poderes, no vienen de otro plano, no hay caravana. Tienen una jaula en el sótano. Encierran ahí a sus prisioneros, los obligan a comer hígado crudo, y después los matan y se los comen, porque están convencidos de que la carne humana los va a curar. Ella tiene ciática. Él, los primeros síntomas del Alzheimer.
Puesto al lado del Nudo Verdadero, el matrimonio Harris se lee como la versión desnuda de la misma idea: no hace falta el vapor psíquico ni la inmortalidad para que dos personas mayores decidan que la vida de alguien joven vale menos que unos años más de la propia. King le sacó a la historia todo lo fantástico y lo que quedó fue peor. Da la impresión de que ese era exactamente el punto.
El que acompaña a morir
Y sin embargo, en el mismo libro donde están los monstruos que roban vida joven, King puso lo contrario. Dan Torrance —el chico del triciclo de El resplandor, ahora un hombre que dejó de tomar— trabaja en un hospicio. Su tarea es acompañar a los pacientes terminales en el momento de morir, usando el resplandor para hacerles el trance menos aterrador. Lo asiste un gato llamado Azzie que siempre sabe quién se va esa noche y se le acuesta al lado. De ahí le viene el apodo que da título a la novela: Doctor Sueño.
Ese contrapunto está adentro de un solo libro y no parece casual. En Doctor Sueño conviven la fantasía de esquivar la muerte a costa de otros y el oficio, mucho más difícil, de sentarse al lado de alguien que se está muriendo y quedarse ahí. King le da al primero toda la mitología —caravanas, siglos, poderes— y al segundo, un tipo con un gato.
Vale la pena mirar las fechas: Cementerio de animales es de 1983, cuando King tenía treinta y pico; Insomnia es de 1994; Doctor Sueño, de 2013; Holly, de 2023. El escritor nació el 21 de septiembre de 1947, así que la preocupación por la vejez le llegó bastante antes de ser viejo y no se le fue nunca. Se puede leer, incluso, como una de las líneas más constantes de toda su obra: los chicos de King están en peligro, pero los viejos son los que tienen que decidir qué hacen con lo que saben.
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