Los que no encajan: la discapacidad en la obra de Stephen King
King llenó sus novelas de personajes con discapacidad décadas antes de que fuera habitual, y casi siempre les dio algo a cambio: un don, una percepción, un poder. Es a la vez lo mejor y lo más discutible de ese gesto.

Hay un tipo de personaje que aparece en la obra de Stephen King con una frecuencia que llama la atención, sobre todo si uno mira las fechas. Un ayudante de sheriff sordo que no habla. Un hombre con discapacidad intelectual que resulta ser el más útil de todos. Una nena ciega que escucha lo que nadie escucha. Un chico con síndrome de Down que termina siendo decisivo. Una mujer sin piernas que dispara mejor que casi cualquiera. Un condenado a muerte enorme que apenas sabe su propio nombre y cura enfermedades con las manos.
King venía escribiendo estos personajes desde los años setenta, cuando el resto de la ficción popular los usaba —cuando los usaba— como decorado o como chiste. Es una de las cosas más notables de su obra. También es una de las más discutibles, y vale la pena mirar las dos caras.
El don compensatorio
El patrón es bastante consistente: al personaje le falta algo y King le da otra cosa a cambio. En «Los langoliers» (1990), Dinah Bellman es ciega y tiene capacidades psíquicas: es la primera que oye venir a las criaturas mientras el resto de los pasajeros discute. En El cazador de sueños (2001), Douglas «Duddits» Cavell es un chico con síndrome de Down al que cuatro amigos rescatan de una patota, y de esa amistad los cuatro salen con telepatía; el más poderoso de todos, al final, es él. En La milla verde —publicada en 1996 en seis entregas mensuales de bolsillo, entre marzo y agosto— John Coffey mide más de dos metros, sabe su nombre y poco más, no puede atar un nudo, y cura infecciones y tumores cerebrales con el tacto.
En los tres casos la mecánica narrativa es la misma: la discapacidad no es un obstáculo que el personaje supera, sino la condición de su poder. Dinah percibe mejor porque no ve. Duddits está conectado con los otros de un modo que ninguno de ellos alcanza. Coffey siente el dolor ajeno con una intensidad que lo destruye.
El problema del molde
Acá conviene ser honesto, porque el patrón tiene un nombre en la crítica y no es un elogio. La figura del personaje con discapacidad que existe en la historia para tener un don sobrenatural, o para redimir emocionalmente a los personajes sin discapacidad, es un molde bastante señalado. Y King lo usa una y otra vez.
Hay algo más incómodo todavía, y es lo que pasa con estos personajes al final. Dinah muere apuñalada por Craig Toomy, que la confunde con un langolier, después de haber sido la única que insistió en no matarlo porque el grupo lo necesitaba vivo. Duddits muere en el esfuerzo de frenar al alienígena. Nick Andros —el ayudante de sheriff sordo de Shoyo, Arkansas, en Apocalipsis (1978)— muere en la explosión que Harold y Nadine ponen contra el comité de Boulder. John Coffey, cuya inocencia termina probándose, se deja ejecutar igual: está cansado de la crueldad del mundo. Cuatro de los personajes más queridos del corpus, y los cuatro se van salvando o ayudando a otros.
Se puede leer de dos maneras y ninguna anula a la otra. Una: King le da a estos personajes el lugar más noble de sus historias. La otra: los sacrifica con una regularidad que ya no parece casual.
Los dos que sobreviven
Por eso las excepciones son lo más interesante. Tom Cullen, el hombre con discapacidad intelectual de May, Oklahoma que aparece en Apocalipsis, es al que todos subestiman: la Zona Libre lo manda como espía al territorio de Flagg precisamente porque nadie va a sospechar de él. Sobrevive. Y en el tramo final es él quien encuentra a Stu Redman al borde de la muerte y lo salva dándole antibióticos, guiándose por la voz de Nick Andros —que para entonces ya está muerto—.
Ese cruce es de lo mejor que hay en la novela: el hombre que no puede hablar le habla, desde donde sea que esté, al hombre al que nadie escuchaba, para que salve al protagonista. Los dos personajes que la Zona Libre trataba con condescendencia terminan sosteniendo el final entero.
La otra excepción es Susannah Dean, y es distinta a todas. Perdió las dos piernas por debajo de las rodillas en un accidente de subterráneo en Nueva York, y llega a la saga de La Torre Oscura partida en dos personalidades que no se conocen entre sí: Odetta Holmes, culta y militante de los derechos civiles, y Detta Walker, violenta e incontrolable. Roland no la cura: la obliga a que las dos se enfrenten hasta integrarse en una sola persona. Lo que sale de ahí es una pistolera cuya puntería rivaliza con la de cualquiera del ka-tet, y es además la única del grupo que se va viva, por decisión propia, cruzando una puerta hacia otra realidad.
Da la impresión de que Susannah es el personaje donde King resuelve mejor el asunto, justamente porque ahí no hay don compensatorio. No dispara bien a pesar de no tener piernas ni gracias a eso: dispara bien porque aprendió. Y no se sacrifica por nadie. Se va.
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