El final de Revival explicado: qué es el Null y quién es Mother
No hay cielo. Lo que Charles Jacobs encuentra al abrir la puerta es el Null, una dimensión de caos donde los muertos son atormentados por siervos de una criatura llamada Mother. Qué pasa exactamente en las últimas cien páginas, de dónde salió ese final y por qué divide al fandom.

El final de Revival es tan fácil de resumir como difícil de digerir: no hay cielo. Cuando el reverendo Charles Jacobs consigue por fin abrir una puerta al otro lado, lo que encuentra no es un premio para los piadosos ni un castigo para los malos, sino el Null: una dimensión de caos donde los muertos no descansan, sino que son atormentados por criaturas con forma de hormiga que sirven a unos seres dementes. La más poderosa de todas es una entidad llamada Mother. Eso es todo lo que hay después de la muerte, y le pasa a todo el mundo.
Aviso antes de seguir, porque no hay forma de explicar este final sin destriparlo entero: de acá en adelante el artículo cuenta la novela completa, incluidas las últimas cien páginas. Si todavía no leíste Revival, este es el momento de cerrar la pestaña.
La novela se publicó el 11 de noviembre de 2014 en Scribner, con 405 páginas. La sinopsis oficial que King aloja en su propio sitio la vende con una promesa poco habitual incluso para una faja de editorial: la llama «la conclusión más aterradora que Stephen King haya escrito». Es publicidad, sí, pero delata algo cierto sobre el libro: está construido de atrás hacia adelante. Todo lo que pasa en las trescientas páginas anteriores está puesto ahí para que ese último acto duela.
Cómo se llega hasta ahí: cincuenta años de electricidad
La historia la cuenta Jamie Morton en primera persona, mirando hacia atrás. Empieza cuando es un chico en Harlow, Maine, y al pueblo llega un pastor metodista joven y carismático, Charles Jacobs, con su mujer Patsy y su hijo Morrie. Jacobs le cae bien a todo el mundo, y en las reuniones semanales con los chicos del pueblo comparte su obsesión personal: la electricidad. Cuando Con, el hermano mayor de Jamie, se queda sin voz tras un accidente esquiando, Jacobs le pone un cinturón de bajo voltaje alrededor del cuello y le devuelve el habla estimulándole los nervios. El pueblo lo toma por un milagro.
Poco después, Patsy y Morrie mueren en un accidente de coche espantoso. Jacobs, destrozado y sin respuesta posible para el problema del mal, sube al púlpito y usa el sermón para renegar de Dios y de la religión entera. Lo echan del pueblo. Antes de que se vaya, Jamie va a despedirse y le agradece lo que hizo por su hermano; Jacobs le contesta que aquello no fue más que un efecto placebo. Ese giro —el cura que pierde la fe y la sustituye por otra cosa— es el motor de todo lo que sigue, y encaja con un patrón que King repite en toda su obra: lo repasamos en Dios, el diablo y el fanático: la religión en la obra de Stephen King.
Jamie crece, se hace músico y, tras un accidente de moto, cae en los analgésicos y de ahí en la heroína. Su banda lo abandona en un hotel de Tulsa, Oklahoma. Sin dinero y sin dónde dormir, va esa noche a una feria buscando droga y se encuentra con Jacobs montando un número llamado «Portraits in Lightning», retratos hechos enteramente de electricidad. Jacobs lo reconoce entre el público, lo recoge y le cura la adicción y la pierna rota con una forma de electroterapia. El tratamiento funciona. Los efectos secundarios aparecen después: sonambulismo, y episodios de fuga en los que Jamie se clava objetos afilados en el brazo, como si intentara inyectarse. Que King eligiera la heroína para su narrador no es casual, y tampoco es la primera vez que el tema aparece: sobre eso va La botella y la máquina de escribir.
Años más tarde, Jamie y su jefe Hugh Yates descubren que Jacobs se gana la vida haciendo giras de sanación, fingiendo curar por la fe cuando en realidad está usando electricidad. Yates le confiesa a Jamie que a él lo curó de la sordera con el mismo método. Van juntos a una de esas reuniones, pero Yates se va a los pocos minutos: tuvo una visión —él las llama «prismáticas»— en la que vio a los asistentes convertidos en hormigas gigantes. Es la primera pista del final, colocada cientos de páginas antes, y en una primera lectura no hay manera de reconocerla como tal.
Jamie empieza entonces a rastrear a otras personas curadas por Jacobs, y encuentra un patrón feo: muchas arrastran secuelas parecidas y varias se han suicidado o han matado a alguien. También descubre que Jacobs lleva tiempo estudiando textos ocultos, entre ellos el De Vermis Mysteriis. Cuando lo confronta, Jacobs no lo niega: sostiene que solo un puñado de pacientes sufre esos efectos y que ya dejó de curar gente. Le ofrece a Jamie ser su asistente. Jamie se niega y se va.
El experimento con Mary Fay, paso a paso
El chantaje llega unos años después. Jacobs le manda a Jamie una correspondencia que incluye una carta de Astrid Soderberg, su novia de la adolescencia, que tiene cáncer. La oferta es explícita: Jacobs la cura, y a cambio Jamie le hace de asistente en un último experimento. Jamie acepta a regañadientes y Astrid se salva.
Lo que Jacobs le enseña entonces es aquello con lo que llevaba décadas trabajando en secreto: no es electricidad común, sino algo que él llama «electricidad secreta», una fuente de energía omnipotente que explica retroactivamente todas sus curaciones. El plan es capturar una descarga masiva de esa energía mediante un pararrayos y canalizarla hacia el cuerpo de Mary Fay, una mujer con una enfermedad terminal a la que ha trasladado a su laboratorio en las montañas de Maine.
El objetivo de Jacobs no es resucitarla en el sentido corriente. Es más preciso y más obsceno que eso: quiere que Mary Fay esté clínicamente muerta y, aun así, pueda comunicarse con él y contarle qué hay del otro lado. Lleva toda su vida adulta persiguiendo esa respuesta, desde el día en que enterró a su mujer y a su hijo. Es, en el fondo, el mismo motor que King viene usando desde hace cuarenta años en libros muy distintos entre sí, y que analizamos en El duelo como motor: el monstruo no es la criatura, es lo que el personaje está dispuesto a hacer para no aceptar una pérdida.
El experimento funciona. Ese es exactamente el problema.
Qué es el Null y quién es Mother
Mary Fay revive, pero no vuelve como Mary Fay: se convierte en una puerta. Y al otro lado de esa puerta no hay cielo. Lo que Jacobs y Jamie ven es el Null, una dimensión infernal y caótica donde las almas de los muertos son atormentadas por criaturas con forma de hormiga. Esas criaturas no mandan: son sirvientas de unos seres dementes, de escala cósmica, y la más poderosa de todos ellos se llama Mother —la Madre.
Mother ocupa el cuerpo de Mary Fay, lo transforma en un monstruo y trata de matar a Jacobs. Jamie le dispara con el arma del propio Jacobs y consigue que abandone el cuerpo de Mary, con lo que la puerta se cierra. Ese es todo el clímax: no hay batalla, no hay victoria, no hay siquiera un intento de derrotar a Mother. Lo único que hacen los protagonistas es cerrar de un portazo algo que nunca debieron abrir, y aun así llegan tarde, porque la información ya salió.
Conviene subrayar lo que este final implica, porque es lo que lo separa de casi cualquier otro de King: se puede leer como que el horror no está en que exista un monstruo, sino en que ese monstruo sea el destino garantizado de todos los seres humanos, incluidos los buenos, incluidos los que uno quiere. La revelación no se desactiva matando a nadie. Es una verdad, y las verdades no se derrotan.
Cómo muere Charles Jacobs y qué hace Jamie con el cuerpo
Jacobs no sobrevive a lo que ve. Horrorizado, sufre un derrame cerebral fulminante ahí mismo, en el laboratorio, con la respuesta que llevaba cincuenta años buscando ya en la mano. Es el castigo más limpio que King podía escribirle: no lo mata la criatura, lo mata el conocimiento.
Jamie, que queda solo en una escena imposible de explicarle a nadie, hace lo único práctico que se le ocurre: coloca el cuerpo de Jacobs de manera que parezca que fue él quien disparó a Mary Fay. Después huye. Se instala en Hawái, donde vive su hermano Con.
El verdadero final está en el epílogo
Si el libro terminara en la montaña, sería una novela de horror cósmico correcta y poco más. Lo que lo convierte en otra cosa son las últimas páginas, donde King cobra todas las facturas que fue dejando abiertas durante trescientas.
Con el tiempo, muchas de las personas curadas por Jacobs enloquecen y matan —a otros y a sí mismas—. Entre ellas están Hugh Yates, el jefe que le dio trabajo a Jamie y que había recuperado la audición, y Astrid, la mujer a la que Jamie salvó del cáncer vendiéndole su ayuda a Jacobs. Es decir: la persona por la que Jamie aceptó participar en el experimento muere igual, y a causa del mismo hombre que la curó.
Jamie es uno de los pocos tratados por Jacobs que sigue en pie. Vive en Kauaʻi, muy medicado con antidepresivos y en un estado que la propia novela describe como nihilista. Le cuenta su visión del Null a un psiquiatra, que no le cree, y él se agarra a ese descreimiento como a un clavo ardiendo: quizá lo que vio fueran mentiras. Es el único consuelo que le queda, y da la impresión de que ni él mismo se lo cree.
El libro cierra con Jamie yendo a visitar a Con, que lleva dos años internado en un hospital psiquiátrico después de atacar a su pareja —probablemente, sugiere la novela, por aquel cinturón de bajo voltaje que le devolvió la voz cuando eran chicos, cinco décadas atrás. Al salir, Jamie tiene una visión: una puerta que lo llama por su nombre. Y entiende lo que en el fondo ya sabía: que un día, como Jacobs y como todos los que murieron antes que él, va a terminar del otro lado, bajo el yugo de Mother.
De dónde sale este final: Machen, Frankenstein y una idea de la adolescencia
El final de Revival no es una ocurrencia de última hora. En una entrevista con Rolling Stone en 2014, King contó que la novela está inspirada en El gran dios Pan, de Arthur Machen, y en el Frankenstein de Mary Shelley, y que —como le pasa con varias de sus novelas de esos años— tenía la idea dando vueltas desde chico. Ahí explicó de dónde le venía: leyó a Machen en el instituto, y la escena de unos personajes esperando a ver si una mujer podía volver de la muerte se le quedó grabada durante décadas.
Que King admire ese relato no es ningún secreto. En su propio sitio, en una autoentrevista publicada el 4 de septiembre de 2008, lo describió como uno de los mejores relatos de terror jamás escritos, y añadió que quizá sea el mejor en lengua inglesa. Quien haya leído El gran dios Pan reconoce la estructura de inmediato: un experimento sobre el cerebro de una mujer que le abre la percepción a otro mundo, y un narrador que reconstruye el desastre años después juntando testimonios. La deuda con los maestros que formaron a King rara vez es tan literal como acá.
De Frankenstein viene lo otro: la idea de que el pecado no está en crear vida, sino en negarse a aceptar la muerte. Jacobs se puede leer como un Victor Frankenstein con pararrayos, y King no disimula el paralelismo. La crítica de la época lo leyó en la misma clave: Elizabeth Hand escribió en The Washington Post que la prosa contenida de King estalla en un final que mezcla realismo contemporáneo con horror cósmico a lo Lovecraft, y lo emparentó con la película Quatermass and the Pit.
Por qué este final divide a los lectores
Revival es de esos libros donde el desacuerdo no va sobre la calidad general, sino exactamente sobre las últimas páginas. Danielle Trussoni lo reseñó con entusiasmo en The New York Times y lo describió como King en estado puro, un maestro contando una historia y pasándoselo en grande. En la vereda de enfrente, Ben East escribió en The Guardian que el arranque es de lo mejor que King ha escrito nunca, pero que el final le resultó «un poco raro» y que el libro se va hacia lo ridículo en cuanto abandona la infancia del protagonista. Tasha Robinson, en The A.V. Club, apuntó a la estructura: casi todo Revival es una construcción lenta que por momentos parece un chiste larguísimo del que se sospecha que no tiene remate.
Las tres lecturas describen el mismo objeto. La discusión de fondo es si trescientas páginas de vida cotidiana —un pueblo de Maine, una banda de bar, una adicción, un amor de adolescencia— son el andamio necesario para que el horror de las últimas cien funcione, o si son un rodeo que ese horror no llega a justificar. Es, además, una queja que persigue a King desde hace cuarenta años y que no siempre es justa: la desarmamos en El problema de los finales.
Lo que cuesta discutir es que acá el final no parece un tropiezo de oficio, sino el punto entero del libro. King no cierra mal una novela sobre la fe: escribe una novela sobre la fe cuyo desenlace consiste en confirmar a la vez el peor miedo del creyente y el del ateo. Que exista algo después. Y que sea eso.
¿Se puede ver el final en alguna adaptación?
No, y llama la atención tratándose de King. Revival lleva una década en el limbo. En febrero de 2016 se anunció que Josh Boone había escrito un guion mientras trabajaba en su adaptación de Apocalipsis, y en diciembre de ese año Boone anunció que Russell Crowe se había sumado como protagonista. No pasó nada.
El segundo intento fue el más prometedor: en mayo de 2020, Deadline confirmó que Mike Flanagan adaptaría la novela junto a Intrepid Pictures. Ese julio, Flanagan dijo que ya tenía terminado un primer borrador, que King lo había aprobado y que su versión iba a ser cruda y despiadada, pero también expresó dudas de que Warner Bros. fuera a darle luz verde. Tenía razón: el 23 de diciembre de 2020 confirmó que el proyecto ya no estaba en desarrollo. Lo habló con Boone en el podcast The Company of the Mad, donde resumió que había pisado exactamente la misma mina y acabado exactamente en el mismo sitio, y que el obstáculo fue el presupuesto. Aun así aclaró que el libro le encantaba. Si hay un director capaz de filmar el Null, es él, y sobre por qué lo pensamos escribimos Mike Flanagan y Stephen King; mientras tanto, el resto del catálogo ya filmado está en adaptaciones.
Hasta que alguien resuelva cómo poner en pantalla una montaña de hormigas y una madre de escala cósmica sin que dé risa, el final de Revival sigue siendo un final que solo se puede leer. Que, viniendo de un libro sobre lo que no deberíamos ver, tiene su gracia.
Si llegaste hasta acá
Te va a gustar el resto del archivo. Un correo cada quince días con lo nuevo.


