El duelo como motor: la obra de Stephen King leída desde la pérdida
Detrás de los payasos, los vampiros y los autos poseídos, hay un tema que King viene escribiendo hace cuarenta años sin descanso: qué le hace a una persona perder a alguien. Cuatro novelas donde el monstruo verdadero es el duelo.

A Stephen King se lo suele resumir por su bestiario: el payaso, el auto celoso, el perro rabioso, el hotel que respira. Pero si uno ordena su obra por lo que verdaderamente la sostiene, el catálogo de monstruos pasa a segundo plano. Lo que aparece una y otra vez, con una insistencia casi obsesiva, es una pregunta mucho menos espectacular y bastante más difícil de mirar de frente: qué le pasa a una persona cuando pierde a alguien y no consigue aceptarlo.
El terror, en esos libros, no es el aparato sobrenatural. Es la excusa que le permite a King poner sobre la mesa algo que la literatura realista suele tratar con más pudor: la parte del duelo que no es noble. La que negocia, la que regatea, la que estaría dispuesta a cualquier cosa con tal de deshacer lo que ya pasó.
«Pet Sematary»: el libro que lo asustó a él
El origen de esta novela es tan doméstico que da escalofríos. En 1979, King era escritor residente en la Universidad de Maine en Orono y alquilaba una casa en el pueblo vecino de Orrington, pegada a una ruta de camiones que se cobraba con regularidad la vida de los perros y gatos del barrio. En el bosque de atrás, los chicos del lugar habían improvisado un cementerio de mascotas con sus propias lápidas y su propio cartel mal escrito. Cuando Smucky, el gato de su hija Naomi, murió atropellado, lo enterraron ahí. Al tercer día del entierro, King tenía la novela en la cabeza.
Faltaba el segundo ingrediente, y llegó solo: su hijo Owen, todavía muy chico, salió corriendo hacia esa misma ruta y King alcanzó a agarrarlo a tiempo. Sobre ese susto —el que sí terminó bien— construyó el que no. La estructura la tomó prestada de «La pata de mono», el cuento de W. W. Jacobs donde un deseo concedido vuelve espantosamente deformado. King ha dicho que, de todas las novelas que escribió, esta es la que genuinamente más lo asustó a él mismo. Se entiende: Louis Creed no hace nada que un padre no entendería. Hace exactamente lo que cualquiera haría si tuviera la posibilidad, y eso es lo insoportable.
«Bag of Bones»: el viudo que no puede escribir
Publicada en 1998, es la novela más explícitamente sobre el duelo de toda su obra, y también la más deliberadamente literaria. Mike Noonan es un novelista de éxito que perdió a su esposa Johanna de golpe y, cuatro años después, sigue sin poder escribir una línea. King organiza el libro como un romance gótico —Noonan cita a cada rato «Rebeca» de Daphne du Maurier, que es el molde declarado— y lo instala en Sara Laughs, la casa del lago en el oeste de Maine adonde el protagonista vuelve empujado por sus pesadillas.
El hallazgo del libro es cómo enlaza el duelo privado con una trama de custodia: mientras Noonan intenta averiguar qué le esconde su propia casa, se mete a defender a una madre joven y viuda de un millonario que quiere arrancarle la hija. Es una novela sobre alguien que sale del pozo no porque haya elaborado su pérdida, sino porque se ve obligado a proteger a otro. King ha escrito pocas veces algo tan cercano a una tesis sobre cómo se sigue viviendo.
«Lisey's Story»: imaginar el mundo sin uno
Esta es la más personal, y su origen está documentado con una precisión inusual. En noviembre de 2003, King cayó con neumonía: el daño en su pulmón derecho, secuela no detectada del accidente de 1999 en el que lo atropelló una camioneta, había derivado en una infección seria. Pasó una semana internado. Mientras tanto, Tabitha aprovechó para reformarle el estudio.
Cuando volvió a casa, la puerta estaba cerrada y la obra sin terminar: los libros y los papeles embalados, los estantes desnudos. King ya había pasado por vaciar la casa de su madre después de su muerte, y reconoció la escena de inmediato. Eso era lo que iba a ver su esposa el día que a él le tocara, y esa limpieza final le iba a tocar a ella. De ahí salió la novela de 2006: no la historia de un escritor famoso, sino la de la mujer que le sobrevive y tiene que ordenar lo que quedó. Es significativo que King, que podía haberse puesto en el centro, eligiera contarla desde el otro lado de la cama.
«Revival»: la pregunta sin respuesta
Si las anteriores son sobre el duelo, la de 2014 es sobre lo que el duelo le hace a la fe. King, criado en una familia metodista, arma el libro alrededor del reverendo Charles Jacobs, un pastor querido por su comunidad que pierde a su mujer y a su hijo en un accidente de auto y responde con un sermón donde denuncia a Dios y a toda forma de religión. Lo que viene después —décadas de obsesión con la electricidad, con Jamie Morton como testigo— es la deriva de un hombre que ya no quiere consuelo: quiere pruebas.
Es también el libro donde King se permite ser más cruel con el lector, porque se niega a la salida piadosa. La pregunta de qué hay del otro lado recibe una respuesta, y es peor que el silencio.
Por qué King no consuela
Puestas en fila, estas cuatro novelas dibujan una posición bastante coherente. King no escribe sobre el duelo para tranquilizar a nadie. En su obra, el que intenta revertir una muerte siempre paga, y paga más caro que la pérdida original: lo que vuelve del cementerio micmac no es el hijo, y el pastor que exige respuestas obtiene una que lo destruye. La única salida que sus libros conceden es lateral y poco heroica —Noonan se salva cuidando a otro, Lisey se salva ordenando papeles—, y consiste en aceptar que la puerta no se abre para atrás.
Ahí está, quizás, la razón por la que estos libros envejecen tan bien y por la que lectores que no toleran el terror los recomiendan igual. El monstruo se puede negociar; el duelo, no. King lo sabe desde una casa alquilada frente a una ruta en Orrington, y lleva cuarenta años escribiéndolo de todas las maneras posibles.
Si llegaste hasta acá
Te va a gustar el resto del archivo. Un correo cada quince días con lo nuevo.