Carrie: libro vs. película

De Palma le hizo dos cambios grandes a la novela: le sacó los informes y recortes con los que King contaba la historia, y encogió la catástrofe. En el libro arde un pueblo con 440 víctimas; en la película, el gimnasio.

Gimnasio de instituto vacío después de un baile, con sillas volcadas y luz cruda

Brian De Palma estrenó Carrie en noviembre de 1976, dos años y medio después de la novela, y le hizo dos cambios grandes de los que se desprende todo lo demás: le sacó el andamiaje de documentos con el que King contaba la historia, y encogió la catástrofe. En el libro arde un pueblo entero y hay 440 víctimas; en la película, la desgracia no sale del gimnasio, del coche de Chris y de la casa de los White.

Las dos versiones son excelentes y las dos cuentan lo mismo. Pero no son la misma clase de historia, y la diferencia se ve mejor si se empieza por la forma.

El libro es un expediente; la película, una historia

Carrie se publicó el 5 de abril de 1974 en Doubleday, con 199 páginas y una tirada de 30.000 ejemplares. Es una novela corta y no está contada de corrido: alterna la narración con recortes, informes y fragmentos de libros inventados por King —documentos con el tono de revistas como Esquire o Reader's Digest— que reconstruyen los hechos después de que ocurrieran, desde varios narradores y en orden aproximadamente cronológico.

Ese montaje no es un adorno. Hace dos cosas a la vez. La primera, práctica: King necesitaba llegar a la extensión de una novela y los documentos le dieron páginas. La segunda es la que importa: al ponerte a leer informes que intentan explicar a Carrie —comisiones, científicos, testigos, académicos—, la novela te deja claro que ninguno lo consigue. La conclusión no la saca un personaje, la sacás vos al ver que todas las explicaciones disponibles se quedan cortas.

Hay además una comisión del Congreso investigando qué pasó de verdad en Chamberlain, y ese detalle marca el tono de todo el libro: lo que leés no es una historia que alguien te está contando, es material acumulado alrededor de un agujero. La novela sabe desde la primera página cómo termina y se dedica a preguntarse quién dejó que terminara así.

Una película no puede hacer eso sin volverse un documental falso, y en 1976 eso todavía no era un género. Lawrence D. Cohen escribió un guion lineal, en presente, y De Palma lo filmó como lo que es: una tragedia de instituto que se ve venir. Ganás inmediatez y perdés el coro de voces. Es un intercambio limpio, no una pérdida.

Y lo que no cambia es el arranque, que en las dos versiones es el mismo y sigue siendo insoportable: Carrie tiene su primera menstruación en las duchas del vestuario, no sabe lo que le está pasando porque nadie se lo explicó nunca, y sus compañeras le tiran tampones y compresas. Todo lo demás sale de ahí.

En el libro arde el pueblo; en la película, el gimnasio

La otra diferencia es de escala y casi nadie la tiene presente. En la novela, lo que pasa después del baile —la «noche negra» de Chamberlain— deja 440 víctimas contabilizadas, la mayoría de la promoción que se graduaba, y arrasa el centro del pueblo con explosiones de gas y cables de alta tensión caídos. Carrie White no destruye un salón: destruye una ciudad.

En la película, no. Carrie sella las salidas del gimnasio y lo que ocurre ocurre ahí dentro; después vuelca el coche de Chris y Billy en la carretera, y después mata a su madre y tira la casa abajo. No hay recuento de víctimas ni noticieros contando lo que pasó en el pueblo. La cámara se queda pegada a ella todo el rato.

El resultado es que la película tiene una protagonista y el libro tiene un caso. En la película mirás a una chica de dieciséis años a la que le hicieron algo imperdonable; en la novela mirás un desastre civil del que Margaret White, el instituto, el pueblo y una comisión oficial son coautores. Los dos enfoques son duros; el segundo reparte la culpa mucho más lejos.

La pantalla partida hace lo que hacían los documentos

Vale la pena mirar cómo resuelve De Palma el baile, porque ahí la película encuentra por su cuenta un equivalente de lo que había perdido. La secuencia dura unos once minutos y usa de todo: un travelling largo, montaje cruzado, cámara lenta y, cuando empieza la destrucción, pantalla partida —dos imágenes a la vez, Carrie en una mitad y lo que Carrie está haciendo en la otra.

Se puede leer como el mismo gesto que los informes del libro traducido al cine: en las dos versiones el clímax llega fragmentado, imposible de mirar de una sola vez y desde un solo sitio. King te obliga a reconstruirlo con recortes; De Palma te obliga a repartir la mirada entre dos encuadres. No creo que sea deliberado, pero el efecto se parece bastante: en ninguna de las dos obras se te permite tener el desastre entero delante.

Dos finales que parecen el mismo y dicen lo contrario

Los dos cierres avisan de que la cosa no terminó, y usan mecanismos opuestos. La novela termina con documentos: Sue Snell escribiendo su versión de lo que pasó, y una carta sobre una nena de los Apalaches que empieza a mover cosas sin tocarlas. O sea: lo de Carrie no fue un monstruo, fue un fenómeno, y los fenómenos se repiten.

La película termina con la mano. Sue deja flores donde estuvo la casa, un brazo ensangrentado sale de los escombros y la agarra — y Sue se despierta gritando en su cama, con su madre consolándola. No era el mundo: era su cabeza. De Palma cambia una advertencia sociológica por una psicológica, y de paso inventa uno de los sustos finales más copiados de la historia del cine. La secuencia se rodó al revés para darle esa textura de sueño, y la actriz que sale de la tierra es Sissy Spacek, que no quiso doble.

Si tuviera que señalar un solo momento donde las dos obras se separan de verdad, sería ese. Todo lo anterior es la misma historia contada con distintas herramientas; el final ya es otra idea de qué significa lo que acabás de ver.

Los números, que en este caso cuentan algo

La película costó 1,8 millones de dólares y recaudó unos 33,8. Le valió dos nominaciones al Óscar —Sissy Spacek como actriz protagonista y Piper Laurie como actriz de reparto—, y no ganó ninguna. En el reparto están además Amy Irving, Nancy Allen, William Katt, Betty Buckley y un John Travolta al que todavía no conocía nadie.

El libro tiene su propia historia de dinero, y es la que le cambió la vida a King. Doubleday le pagó 2.500 dólares de adelanto. Cuando New American Library compró los derechos de bolsillo por 400.000, a él le tocaron 200.000: con eso dejó de dar clases y se puso a escribir a tiempo completo. La novela más corta y más barata de su carrera es la que le compró todas las demás.

¿Por cuál empezar?

Por la película, si querés una sola de las dos. Son 98 minutos, no envejeció, y funciona igual de bien sabiendo el final que sin saberlo —cosa rarísima en una historia con un giro tan famoso. Después, si te quedaste con ganas, el libro te va a dar una versión mucho más fría y más amplia del mismo desastre. Sobre eso escribimos aparte, en la reseña de la novela.

Y si lo que te interesa es este ejercicio —qué pasa cuando una adaptación se aparta del libro—, el caso opuesto está en La niebla, donde el cambio no está en la estructura sino justo en la última escena. El resto de las versiones de King para cine y televisión están en el listado de adaptaciones, ordenado de la primera a la última.

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