Las mujeres de King: de víctimas del terror a sus personajes más complejos
Carrie fue la primera. Después vinieron Annie Wilkes, Dolores Claiborne, Jessie Burlingame, Beverly Marsh y Holly Gibney. La relación de Stephen King con los personajes femeninos no es simple: arrancó desde el miedo a la madre y fue evolucionando, a lo largo de cincuenta años, hacia algunos de sus retratos más ricos y complejos.

Si hay un lugar común sobre Stephen King que resiste el análisis es este: King no sabe escribir mujeres. La afirmación tiene algo de verdad histórica —sus primeras novelas están pobladas de personajes femeninos que existen en función de los hombres o como fuentes de terror— pero ignora que, a lo largo de cincuenta años, King ha producido también algunos de los retratos femeninos más complejos de la literatura de género americana. Entender esa evolución requiere mirar el arco completo, desde Carrie White hasta Holly Gibney, y aceptar que la relación de King con los personajes femeninos es contradictoria, incómoda y mucho más interesante que cualquiera de las dos versiones simples.
Carrie y Margaret White: el miedo en la madre
Carrie (1974) es el punto de partida, y ya contiene la contradicción. Carrie White es una víctima: de su madre fundamentalista, de sus compañeras de clase, de un mundo que no le da lugar. King la escribió desde la empatía de alguien que también fue un niño inadaptado, y esa empatía se lee. Pero Margaret White, la madre de Carrie, es otra cosa: una figura de terror puro, cuya religiosidad delirante y cuya sexofobia compulsiva la convierten en el monstruo más perturbador de la novela. King admitió años después que la imagen de Margaret White vino de madres reales que conoció durante su infancia, mujeres cuya religión era una forma de violencia doméstica.
Lo que hace interesante a Carrie es que tanto víctima como monstruo son mujeres, y el sistema que las produce —la escuela, la familia, la iglesia— es un sistema de control específicamente orientado hacia el cuerpo y la sexualidad femeninos. La sangre menstrual que abre la novela no es un detalle gratuito: es el disparador de todo el horror, la señal de que Carrie ha entrado en una etapa de su vida que el entorno intenta sistemáticamente suprimir. King no lo formuló así en 1974, pero la lectura feminista de Carrie no es anacrónica: está en el texto.
Annie Wilkes: la fan como amo y señor
Misery (1987) es, en la superficie, la historia de un escritor secuestrado por una fan obsesiva. Pero Annie Wilkes es uno de los personajes más psicológicamente ricos que King ha escrito, de cualquier género. Annie no es simplemente una lunática: es una mujer inteligente, con criterio literario propio, con una historia de trauma que la novela no necesita explicar para hacerse sentir. Su relación con Paul Sheldon, el escritor al que mantiene cautivo, no es solo violencia: es una negociación de poder entre alguien que tiene el cuerpo y alguien que tiene la voz.
King ha dicho que Annie Wilkes es su metáfora de la cocaína, y la interpretación metafórica es legítima. Pero Annie también es un retrato de cómo la cultura popular produce lectoras que se apropian de los personajes de ficción como si fueran suyos, y de lo que ocurre cuando ese vínculo se rompe. Kathy Bates ganó el Oscar por la adaptación de Rob Reiner en 1990, y su interpretación dejó a Annie tan grabada en el imaginario colectivo que a veces oscurece la complejidad del personaje en la novela.
Dolores Claiborne y Gerald's Game: el cuerpo como campo de batalla
Dolores Claiborne (1992) y Gerald's Game (1992) son las dos novelas que King publicó el mismo año y que representan, con diferencia, su incursión más sostenida en la perspectiva femenina. Dolores es una mujer mayor del Maine rural que ha pasado su vida entera en servicio doméstico y que, al final de esa vida, tiene que responder por la muerte de su empleadora. La novela entera es su voz: un monólogo en primera persona que King sostiene durante cuatrocientas páginas con una precisión lingüística y una consistencia de carácter que desmiente cualquier argumento sobre su incapacidad para construir personajes femeninos.
Gerald's Game, publicada el mismo año, es aún más radical: Jessie Burlingame pasa casi toda la novela esposada a una cama, sola, después de que su marido muera de un ataque al corazón durante un juego sexual. Lo que sigue es una exploración del trauma sexual infantil —Jessie fue abusada por su padre durante un eclipse de sol cuando era niña— que King narra con una franqueza que incomodó a muchos lectores de 1992. Mike Flanagan adaptó la novela en 2017 para Netflix con una fidelidad que incluía entender que la historia no era de terror sobrenatural sino de recuperación de una memoria que el cuerpo nunca olvidó.
Beverly Marsh y Holly Gibney: el arco que cierra
Beverly Marsh, la única chica del Club de los Perdedores en It (1986), es el personaje femenino más discutido de toda la obra de King. Su rol en la novela —incluyendo una secuencia sexual que King incluyó como metáfora del paso de la infancia a la adultez y que la adaptación de 2019 eliminó acertadamente— ha generado décadas de debate sobre si Beverly es un personaje con agencia propia o un objeto narrativo. La respuesta honesta es que es ambas cosas a la vez, y que esa ambigüedad dice tanto sobre King como sobre el momento en que escribió la novela.
Holly Gibney es la respuesta de un King más viejo y más consciente a todas esas preguntas. Introducida como personaje secundario en Mr. Mercedes (2014), Holly ha crecido a lo largo de cuatro novelas hasta convertirse en el personaje más completamente realizado de toda la saga Bill Hodges, y probablemente el más interesante que King ha creado en los últimos veinte años. Holly tiene ansiedad, rituales compulsivos, dificultades sociales que la novela nunca presenta como defectos sino como rasgos de alguien que ha tenido que construir su propio sistema para sobrevivir en un mundo que no fue diseñado para ella. En Never Flinch (2025), la cuarta novela centrada en ella, Holly investiga una serie de crímenes mientras protege a una activista feminista amenazada. Es el personaje femenino más complejo que King ha escrito, y el que más claramente demuestra que el arco que empezó con Carrie White no fue nunca lineal, pero sí fue hacia adelante.